Con rezos a "El Niño", Domínguez llega por Cheppi

• Será ministro de Agricultura bajo el aura K. Medidas, precios, Dios y la máquina de hacer llover
En épocas de fugas y sangrías, Julián Andrés Domínguez -contra la corriente, como un salmón- entró de a poco, sigilosamente, a Olivos, apareció en el radar de Néstor Kirchner y sembró lo que cosechará en los próximos días: un lugar en el gabinete de Cristina de Kirchner.

Ex intendente de Chacabuco, alguna vez responsable de Juventud de Carlos Menem, primer ruckaufista bonaerense -fue su ministro de Obras Públicas- y multirreelecto diputado provincial, Domínguez encarna, como muchos, los vaivenes y las contradicciones del PJ de Buenos Aires.

De hecho, en 2005 batalló contra los Kirchner cuando, al igual que José María Díaz Bancalari y Baldomero «Cacho» Álvarez, por citar a otras estrellas de la cosmogonía K, se encolumnó detrás de Eduardo y Chiche Duhalde en el fallido desafío a los patagónicos.

Consagración

En estas horas -si no es mañana, será cuando Cristina de Kirchner regrese de su gira de una semana por Estados Unidos y Venezuela-, reemplazará a Carlos Cheppi en la Subsecretaría de Agricultura de la Nación, sillón que será elevado a rango de ministerio.

Socio de Aníbal Fernández y duelista histórico de Florencio Randazzo, Domínguez es un auténtico exponente del peronismo del interior bonaerense, más cerca del conservadurismo que del progresismo, combinado con pinceladas católicas, que expresa como devoto ferviente.

La caída de Cheppi, prenunciada, le ofrece la oportunidad perfecta para despegar de su banca de diputado donde ayer, alineado, hizo el que puede ser su último servicio a Daniel Scioli: contribuyó a un quórum ajustado para que se apruebe un incremento de hasta un 128% del Inmobiliario Rural.

No es, podría sospecharse, la mejor manera de debutar como «ministro» de Agricultura. Sí lo es, en cambio, para reforzar el compromiso con «el proyecto nacional» que refrendó en dos charlas, el miércoles de la semana pasada con Cristina de Kirchner y, anteayer, con Néstor.

Postales de vidas paralelas: otro peronista del interior bonaerense y también diputado, el ex ministro de Asuntos Agrarios de la provincia Emilio Monzó, expulsado hace dos semanas por Scioli por presión de Kirchner, votó en contra del aumento del impuesto.

Hábil, negociador compulsivo -sus colegas lo llaman amablemente «el Canciller»-, Domínguez confía en un mix de fortuna y perspicacia. Esa conjunción le permitirá lograr lo que no consiguieron fieles de Kirchner, como Javier de Urquiza: que Agricultura se eleve de subsecretaría a ministerio.

Pero la matriz esencial es que Julián, como se lo conoce entre la cofradía de los peronistas, parece llegar a un cargo electrificado cuando un puñado de factores exógenos le permite fantasear con que su paso por Agricultura, en vez de lapidarlo, puede ensalzarlo.

Elogios

En Gobierno, los que lo quieren lo elogian con toda la boca y anticipan un buen desempeño. Tendría, para arrancar, un paquete de medidas destinadas al campo que le permitirían arrancar con buen pie en la relación con los productores y lograr un crédito de la Mesa de Enlace.

¿Habrá, a días de asumir, una medida para bajar las retenciones al trigo? En ningún borrador, ni siquiera en el más estrafalario, aparece la posibilidad de que se incluya una reducción a la soja.

Su empatía con Aníbal F. lo dota de un don especial: podría tener, a diferencia de los subsecretarios que pasaron y de varios ministros anteriores y actuales, autoridad para discutir, negociar y acordar con el campo. Nunca la tuvo, por caso, Cheppi.

¿Desplegará, en tándem con el jefe de Gabinete, un operativo para extender su influencia también a la ONCCA, oficina que tiene embolsados 2.000 millones de pesos para subsidios y que por eso -pero no sólo por eso- es imprescindible para montar una política agropecuaria?

De afuera -otra vez, la suerte o la oportunidad- también asoman buenos augurios en torno a la llegada de Domínguez: el precio internacional de la leche en polvo empezó a recuperarse, al igual que el de la carne, producto de una leve reactivación de la economía mundial.

No es todo. Los cielos, parece, le dan la bienvenida: tras años de sequías, que se agudizaron al extremo en los últimos dos años, comenzó a desplegarse el fenómeno climático de «El Niño», que anticipa un ciclo de lluvias para los próximos tiempos, factor de festejo para el chacarero.

Con precios internacionales en alza, «fierros», bendición K y buen pronóstico, Domínguez no necesitará, siquiera, emular a Juan Baigorri, el argentino que inventó la máquina de hacer llover. Sí, seguro, otros milagros.

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