Retroceso en los meses de Cristina

La Presidenta ganó las elecciones con una prioridad: reinsertar a la Argentina en el mundo. En ese sentido no hubo ningún avance. En otros tampoco. La forma de lanzar la reestatización de las jubilaciones aumentó la incredulidad. Hay pocos socios en la región.Por: Eduardo van der Kooy
La economía empieza a sufrir como no sufrió nunca en la era kirchnerista. La industria automotriz ha desacelerado su producción y comenzado con un plan de suspensión de trabajadores. Se trata de un reflejo de lo que sucede en Brasil y en el mundo: las empresas brasileñas del sector prevén seis meses de fuerte retracción y lanzaron en la última semana un plan de licencias colectivas. La caída del empleo en la construcción también causa alarma: desde principios de año las cifras oficiales se duplicaron y escalan hoy hasta los 100 mil obreros. La fabricación de autos y la construcción resultaron motores de la resurrección argentina de estos años.

El jefe de Gabinete, Sergio Massa, estuvo revisando días pasados un informe sobre la economía internacional para el 2009 que le produjo escalofríos. Las empresas multinacionales instruyeron a sus filiales —muchas de ellas instaladas en la Argentina y Brasil— sobre un fuerte recorte presupuestario. Las partidas salariales deberían bajar alrededor de un 14%. Eso no significaría una disminución de sueldos. Significarían cesantías. Hay gobernadores que alzaron la voz de alarma: uno de los primeros fue Hermes Binner. Al socialista lo cerca la crisis del sector automotriz, pero además señales poco tranquilizadoras de empresas ligadas al agro. El campo y el Gobierno se estarán preguntando, luego del viraje de la economía del mundo, por qué motivo pelearon tres meses y por qué debilitaron la posición argentina.

El mundo continúa en un derrotero de volatilidad e incertidumbre aunque la semana pasada pareció menos dramática, en términos financieros, que las anteriores. Pero se empezaron a conocer datos desalentadores sobre la economía de Estados Unidos. Datos que prenuncian recesión. Sobre Estados Unidos converge toda la atención para ver si la política produce alguna certidumbre que ayude a la economía: el martes, de no mediar algún imprevisto, se sabrá si la ruinosa herencia de George Bush será recogida por su heredero, John McCain o por el demócrata Barack Obama.

Cristina y Néstor Kirchner, después de fantasear con el paraíso, parecen haber empezado a tomar nota de que un infierno, breve o prolongado, podría acompañar sus días futuros en el poder. Con la misma obcecación que defendieron sus argumentos durante el conflicto con el campo defienden ahora la reestatización del sistema de jubilaciones. La Presidenta ocupó tiempo de un foro internacional, la Cumbre Iberoamericana en El Salvador, para explicar las bondades de una repentina decisión que el mundo no alcanza a comprender.

La cuestión es siempre la misma. No caben reparos a la posibilidad de un cambio, aunque se trate de un cambio estructural y complejo. Se objeta la manera discrecional con que el matrimonio presidencial adopta sus decisiones. Un mecanismo similar sucedió cuando detonó el conflicto con el campo que terminó desangrando al Gobierno. La derrota dibujó un espejismo: Cristina varió su estilo y alentó las esperanzas también en el terreno institucional y político. Fue una ráfaga.

Queda la sensación ahora que aquel giro presidencial, como otros, surgió como producto de la necesidad antes que de la convicción. Respondió a un espasmo. También su proclamada voluntad por la comunicación con la prensa, que se está circunscribiendo a algunos artículos que Cristina escribe en diarios del interior. Idea que fogoneó su portavoz, Miguel Núñez, y que sorprendió a los especialistas oficiales.

El arrebato del matrimonio presidencial sobre las jubilaciones fue el que alentó los temores de aquí y afuera. La primera conjetura resultó casi unánime: el Gobierno quiere apropiarse de fondos excepcionales (15 mil millones de pesos anuales) para afrontar un próximo año con durísimas obligaciones externas y la demanda electoral. La mirada de los economistas empieza a incorporar matices: la mitad de los vencimientos (18 mil millones de dólares en total) serían prorrogables; aún cuando las negociaciones con el Club de París y con los bonistas quedaran en la nada el país dispondría de recursos para afrontar la mitad restante. Hay casi 6 mil millones de dólares de ahorro de organismos del Estado. Figuran en los cómputos de Kirchner.

El foco de los economistas enfila hacia otro lado. El matrimonio presidencial necesitaría recursos para otro par de cosas. La reanimación de la obra pública que, en general, tiene ya ritmo cansino y que podría compensar, en alguna medida, los efectos de un parate económico que resultará ineludible. El fortalecimiento de la caja para el tiempo electoral que, a la distancia, está plagado de enigmas para el oficialismo. Esa caja tiene que pasar dos pruebas parlamentarias que nadie sabe si podrá pasar en la medida en que el Gobierno consagre a su antojo la reestatización de la jubilaciones: el impuesto al cheque y la emergencia económica.

Kirchner no quiere variaciones en el proyecto oficial como no los quiso al principio de la confrontación con el campo. Cedió cuando era tarde. Las circunstancias políticas no son iguales. La demanda del campo tuvo desde el arranque una amplia permeabilidad en la sociedad que llegó a picos de aceptación del 80%. Sobre la conveniencia de reestatizar las jubilaciones existe una mayor diversidad: una encuesta oficial marca que un 63% de la población la aprueba; una encuesta no oficial divide las preferencias en partes casi simétricas.

La dirigencia agraria, aunque se esfuerza, no forma parte de esta nueva pelea. Ese frente se astilló después del último frustrante paro. Esa fragmentación melló también las energías de la oposición. Elisa Carrió plantea una intransigencia que no deja hendija para la negociación. Aunque advierte, con razón, sobre la combinación explosiva que podría representar la caja abultada de los Kirchner con el ejercicio de los superpoderes. Alfonso Prat-Gay, su candidato a diputado, ofrece un discurso menos guerrero pero con aristas que enriquecerían el debate en el Congreso.

Los socialistas están de acuerdo con la reestatización pero reclaman que de los nuevos fondos a los que accederá el Gobierno una parte sea coparticipable con las provincias. Por ahora el kirchnerismo se resiste. Los radicales fueron los únicos que lograron elaborar una propuesta alternativa que Kirchner también desestima. "Por lo menos tres artículos de esa propuesta podrían incorporarse sin problemas al proyecto oficial. Si así fuera muchos radicales estarían dispuestos a acompañarnos", confesaba un ministro desalentado por la cerrazón del Gobierno.

Kirchner pretende que el proyecto de reestatización sea consagrado el jueves en Diputados. Puntea los votos a cada rato y dice contar con una base segura de 140. Suficiente para la victoria. Ha empezado a preguntar qué actitud tendrá Carlos Reutemann en el Senado. El santafecino está esquivo. Su conducta suele ser influyente en el bloque oficial. Amado Boudou es el nuevo berretín del ex presidente. Le encanta cómo el titular de la ANSeS defiende el plan jubilatorio. Boudou llegó a la ANSeS a instancias de Massa.

Cristina viajó a la Cumbre Iberoamericana para defender el mismo plan y para brindarle garantías a José Luis Rodríguez Zapatero que las inversiones españolas no corren riesgo en la Argentina. El socialista tolera todo porque su debilidad es ahora acentuada. La crisis económica lo está golpeando feo. Esa debilidad se trasunta también en que nuestro propio país y Brasil son los puntales para que España sea incorporado de una vez al Grupo de los 20.

España es, pese a todo, la única puerta abierta en Europa que dispone la administración kirchnerista. Eso explica, tal vez, que la próxima excursión de la Presidenta esté rumbeada hacia Africa. La sensación de soledad tiene registro además en la región. Ahora se sabe que el veto que Tabaré Vázquez impuso a la candidatura de Kirchner como jefe de la UNASUR (Unión de Naciones Suramericanas) contó con algún acicate de Chile. Y que Perú y Colombia recibieron aquel veto con indisimulada satisfacción.

Cristina tenía pensado concurrir al coloquio empresario de Mar del Plata pero desistió de hacerlo cuando se enteró de la invitación cursada a Julio Cobos. Ningún ministro pudo asistir. Preguntó desde El Salvador cómo se había comportado el vicepresidente. La Presidenta cumplió un año de su rotunda victoria electoral que estuvo precedida de promesas sobre la calidad institucional, de la apertura del debate, del deseo de reinsertar a la Argentina en el mundo. Nada de eso sucedió en estos diez meses.

Ese primer aniversario presidencial coincidió con los 25 años de la recuperación de la democracia. Coincidió también con la consolidación de Raúl Alfonsín como símbolo de aquella recuperación, incluso para otras naciones de América latina. No se trata de ninguna apología. En el huerto del líder radical hubo de todo: aciertos y desatinos. Pero nunca, ni siquiera en su atardecer, un renunciamiento al diálogo, a la convivencia y al reencuentro.

Contrastes de una democracia joven, precaria y aún empobrecida.

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