El retorno de la polarización

Por: Ricardo Kirschbaum

Kirchner tiene un esquema muy simple y antinómico de la política. Y no es un dirigente que ponga en discusión su táctica. Es, en ese sentido, un verticalista a ultranza e impone así la disciplina que él cree necesaria para el desarrollo de la campaña. La ausencia de debate es un camino pavimentado para el éxito rutilante o para el fracaso más estruendoso. Si no hay contención o límites para esa táctica, como parece hoy que no lo hay, esa ecuación se resuelve de manera drástica.

Así pueden explicarse las razones del abandono de la táctica del susurro para volver al grito pelado y a la polarización con Francisco De Narváez.

La división opositora en Buenos Aires, el distrito estratégico que pretende ganar el oficialismo porque en los otros grandes parece no tener posibilidades, coloca a Kirchner en una posición favorable.

La vuelta a la táctica de la polarización con De Narváez permite varias especulaciones: 1) Kirchner está convencido de que el ataque frontal al PJ disidente le dará al oficialismo una victoria más holgada y obtendrá más diputados; 2) Para el oficialismo, la Coalición Cívica ya no es un fuerte factor de división del voto opositor, como se suponía que lo sería. Se dice que Kirchner llamó personalmente a una encuestadora para decirle que revise su metodología porque, según sus números, Stolbizer debía estar mejor de lo que la medición indicaba. El voto opositor se estaría concentrando, entonces, en los peronistas que desafían a Kirchner. Eso habría motivado el ataque a fondo contra el empresario para evitar el fenómeno del "voto útil" contra el Gobierno.

Lo que hasta ahora ha logrado es convertir a De Narváez en un desafiante homologado. Sólo quien olfatea el peligro puede tomar esos riesgos.

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