El retorno de la guaranguería política

Por Fernando Laborda

La controvertida votación sobre el proyecto oficial de blanqueo y repatriación de capitales en la Cámara de Diputados demostró dos cosas: las dificultades del kirchnerismo para aprobar todo lo que se proponga y nuestra inmadurez en materia institucional, paradójicamente en momentos en que se cumplen 25 años de vida democrática ininterrumpida.

Pocas veces el oficialismo sufrió tanto en la Cámara baja para lograr el quórum. En la medida que se acentúe el desgaste del poder kirchnerista en la opinión pública y se acerque el proceso electoral, cada vez le resultará más costoso a la fracción gobernante obtener los apoyos indispensables para sancionar las leyes. Especialmente cuando se trate de iniciativas claramente polémicas.

El llamado plan anticrisis se aprobó en general con 131 votos, apenas dos más que la mayoría absoluta exigida por la Constitución en estos casos. Pero el título referido al blanqueo de capitales sólo recibió 128 votos a favor. Según la oposición y no pocos constitucionalistas, no se llegó al número necesario (129), aunque el presidente de la Cámara dio por aprobado el proyecto en particular.

Llaman la atención estas discusiones, impropias de democracias consolidadas, aunque aparentemente no tan insólitas en países acostumbrados a reinterpretar permanentemente un texto constitucional en función de los intereses del gobierno de turno.

Siempre existieron y existirán, aun en las democracias más avanzadas, las chicanas políticas, pero cuando éstas se hacen sobre la base de poner en duda a la propia Constitución se está, sin duda, ante un peligroso retroceso y frente a una degradación de la cultura política.

Cuando eso se produce, y cuando el oficialismo de turno impone su particular criterio sorteando las instituciones, como si fueran un obstáculo que obstruye la gobernabilidad antes que un legítimo límite al poder, nada bueno puede esperarse.

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Aun sin llegar al escándalo que en los años 90 significó sentar en una banca de legislador a un simple empleado parlamentario, el tristemente recordado "diputrucho", para que garantizara el quórum, la mediocridad argentina, con ese particular toque de "guaranguería" con el que nos distinguiera José Ortega y Gasset, se hizo otra vez presente en la política nacional.

Quizá no sorprenda demasiado en una sociedad acostumbrada a casos como el "valijagate" o el de la bolsa con dinero encontrada en el baño del Ministerio de Economía.

Debería, sin embargo, ser un llamado de atención para las autoridades, en tiempos en que la percepción de corrupción que hoy existe en la opinión pública ya comienza a parecerse a la que imperaba en los años 90. Y en que el desprecio que mostró muchas veces el menemismo por las instituciones, especialmente cuando quiso imponer la segunda reelección, tiene actualmente algo más que buenos imitadores.

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