Una respuesta que no alcanza a interpretar la razón de la derrota

Por: Eduardo van der Kooy

El primer tramo de la parábola que recorrieron Cristina y Néstor Kirchner después de la paliza electoral, tuvo anoche un corolario casi perfecto. La Presidenta, en su rueda de prensa de la semana pasada, y el ex presidente, en una charla improvisada ante un grupo de intelectuales, intentaron limitar siempre el sentido del pronunciamiento popular del 28 de junio.

Por esa misma razón la cantidad de variantes en el Gabinete, que empezaron con la salida de Graciela Ocaña en Salud y Ricardo Jaime en Transporte y continuaron ayer con otros cinco relevos, no parecen guardar ninguna relación con la interpretación política del nuevo mapa que quedó esbozado en la Argentina.

Al fenómeno lo pueden explicar, sobre todo, dos circunstancias. Primero: la notable incapacidad del matrimonio Kirchner para no sesgar cada lectura política. Segundo: la debilidad en que ha quedado sumido este Gobierno luego de la caída y que acota, objetivamente, sus posibilidades de renovación.

Esa debilidad quedó de manifiesto cuando Kirchner intentó atraer al nuevo equipo de ministros a dos gobernadores del PJ. Ambos rechazaron la oferta. La jugada más audaz fue con Jorge Capitanich a quien tentaron para reemplazar a Sergio Massa en la Jefatura de Gabinete.

Capitanich ocupó ese cargo en la época de Eduardo Duhalde. Al gobernador del Chaco le costó un esfuerzo gigantesco la victoria electoral en su provincia. Sobrellevó la epidemia del dengue y desaguisados políticos de su administración. Contó para zafar con la asistencia de Ocaña y con la prescindencia de los Kirchner. Cristina había estado en Resistencia, por última vez, el 29 de diciembre.

La deserción de Capitanich le abrió las puertas a Aníbal Fernández. El todavía ministro de Justicia y Seguridad cumple, al fin, con un anhelo viejo. La Jefatura de Gabinete fue un sitio que deseó desde la renuncia de Alberto Fernandez, ocurrida a mitad del año pasado.

Si una virtud caracterizó a Aníbal Fernández ha sido la perseverancia. Siguió en el gobierno de Kirchner gracias a un acuerdo con Duhalde. Enfrentó decididamente al caudillo bonaerense en las legislativas del 2005 cuando se produjo la ruptura con el kirchnerismo. Estuvo a un paso de quedar afuera con la llegada de Cristina, pero su lealtad a Kirchner y la mano de Alberto Fernández lo salvaron. Arriba a la Jefatura de Gabinete en el peor momento político del Gobierno. Aún en este momento se animó a dar la cara que otros ministros ocultaron.

Fernández no se salvará, al parecer, de los mismos padecimientos de sus antecesores. ¿Qué padecimientos? El auténtico poder del nuevo Gabinete seguirá afincado en los hombres más antiguos. En aquellos que forman parte de las entrañas políticas de los Kirchner: Julio De Vido, el ministro de Planificación, y Guillermo Moreno, el secretario de Comercio.

Massa, el jefe de de Gabinete saliente, fue eclipsado por aquel tándem en menos de un mes. Alberto Fernández se fue por el mismo motivo. La onda expansiva hizo otros daños. Miguel Peirano se apartó de Economía cuando Cristina asumió la Presidencia para evitar una colisión. Martín Lousteau llegó dispuesto a ganar una batalla que rápido perdió. Carlos Fernández se contentó con hacer lo que hizo. Poquito. Ahora le toca el turno a Amado Boudou, que viene con todo el impulso que le concedió la ANSeS.

Boudou es un hombre de la misma generación y amistad de Massa. De la misma camada del nuevo director del organismo, Diego Bossio. ¿Le habrá advertido Massa a Boudou sobre la historia que le espera?

Las variantes anunciadas reflejan además otras flojedades políticas. Ni insinúan un regreso a la transversalidad, casi imposible a esta altura, ni atinan a tender nuevos puentes con un peronismo que recela al Gobierno y que todavía no ha logrado digerir la dura derrota.

Entre los nuevos designados hay sólo dos hombres en condiciones de hurgar en el PJ. Uno es Aníbal Fernández y, en mucha menor escala, Julio Alak, destinado al Ministerio de Justicia.

Ese paisaje confirmaría un aspecto que se acentuó desde que Cristina sustituyó a Kirchner: el aislamiento político, la esterilidad para abrir y construir espacios nuevos. Tal vez hay una excepción: la nueva decisión del matrimonio apunta a que no se le diluya la única alianza estratégica que conserva, que los vincula con la CGT de Hugo Moyano.

La derrota electoral del Gobierno también impactó en el líder camionero. Desde hace dos semanas se renovaron los cuestionamientos a su conducción. Moyano respondió con un fuerte reclamo de aumento salarial, con una posible movilización y terminó elevando a Duhalde como un factible candidato para presidir el PJ.

Esos gestos no pueden haber pasado inadvertidos para los Kirchner. Esta misma semana anunciaron un subsidio de 500 millones de pesos para que las empresas de transporte pueden afrontar los aumentos de salarios. Ayer colocaron a Mariano Recalde a cargo de Aerolíneas Argentinas. Es el hijo del diputado Héctor Recalde, ligado al líder camionero. El poder dejado por Jaime ya tiene nuevo dueño.

Daría la impresión de que la de ayer pudo haber sido la última respuesta política de los Kirchner a la reciente derrota. Habrá que ver cómo esa respuesta se derrama en el PJ, cómo llega a interpretarla la oposición y cómo termina calando en la opinión pública.

Aunque la primera impresión es que nunca la posibilidad de un cambio serio estuvo tan lejos como ahora.

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