La resistencia después de la derrota

Por: Eduardo van der Kooy

Kirchner intenta que el PJ no se balcanice. Pero su maniobra de colocar a Scioli en la cúpula tambalea. Cristina no explicó por qué razones ocurrió el derrumbe. El matrimonio pretende manejar sus tiempos políticos, pero la realidad apremia. Una fuerte presión contra Moreno.

Hay un poder político en la Argentina que después de la elección legislativa parece deambular. ¿Está en Olivos, donde Néstor Kirchner permanece taciturno? ¿Lo tiene Cristina, que simula no haber tomado nota de la reciente derrota? ¿Ha pasado al peronismo, estupefacto y dividido por el sopapo en Buenos Aires? ¿Lo atrapó la oposición, sorprendida todavía por la hazaña y tiesa por la responsabilidad que se avecina?

El tiempo después de las elecciones ha entregado una de las fotografías posibles y esperadas. El ciclo kirchnerista está terminado, pero no existe a la vista ninguna certeza sobre el período que le sucederá. Se advierte por ahora una comprobación solitaria: el poder ha escapado del puño de Kirchner y ha debilitado el hiperpresidencialismo de su época. El Congreso parece llamado a cumplir un papel tal vez inédito en estos 26 años de democracia. Por ser inédito será crucial: mucho tendrá que ver que la transición que viene se haga en orden, sin desbarros ni descontroles.

Kirchner sabe que no será nunca más el que fue. Le consumió sólo una hora del escrutinio del domingo pasado comprender lo sucedido. "Perdimos", disparó a Cristina, su mujer, la Presidenta, no bien recibió cifras sueltas de algunas zonas del conurbano. Luego se sumió en un largo desconsuelo, aunque ese lapso de aislamiento en la cima de un hotel céntrico le sirvió para maquinar algún escape.

El ex presidente entendió que debía dar el primer golpe en el mar de confusión política que inundó al peronismo después de la caída. Le comunicó a Daniel Scioli el mismo domingo a la noche la decisión de transferirle el timón del PJ que informó en público el lunes. No le puso condiciones, pero el gobernador tampoco se las pidió. La misma historia que cuando se vio forzado a ser candidato testimonial y cuando, además, supuso que iba a poder dirigir el rumbo de la campaña.

Scioli está enfrentando dos problemas. Varios de sus asesores -su hermano José- temen que haya entrado en una trampa que lo termine malquistando con el peronismo y coloque en riesgo su administración en Buenos Aires. Los intendentes están a la deriva después del naufragio de Kirchner. Algo peor: hay intendentes de peso que ya tendieron puentes con Francisco de Narváez. En verdad, los habían tendido antes del domingo anterior.

El otro problema fue la finta que le hizo Carlos Reutemann. El senador, aunque por una uña, fue el peronista de mayor renombre que venció. Venció además en una elección brava contra el socialismo de Hermes Binner en Santa Fe. Reutemann primero avaló la designación de Scioli, pero luego le hizo un desaire al descubrir detrás de la convocatoria del gobernador la sombra de Kirchner. Reutemann está convencido de que tres cosas cimentaron el triunfo: su militancia a favor de la causa del campo, el acentuamiento de su oposición a los Kirchner y la instalación en el imaginario colectivo provincial de su posibilidad de ser presidenciable.

Reutemann es sólo un fragmento grueso de la diáspora. Hay antiguos kirchneristas, como José Alperovich, que también empiezan a tomar distancia del matrimonio. Hay otros añejos, como Ramón Puerta y Juan Carlos Romero que pujan de nuevo por el primer plano. Están Eduardo Duhalde y Carlos Menem con ganas de ser lo que ya no son. Hay, incluso, peronistas que se apartaron hace poco, como Felipe Solá, que plantean renovar la conducción del partido con una elección interna. Solá bascula entre De Narváez y Mauricio Macri y su deseo incontenible de convertirse en un protagonista principal de la pelea en el PJ.

La revulsión peronista no atañe sólo a la suerte del partido. También y sobre todo al inmediato y futuro comportamiento del Congreso. Aquella diáspora promete desparramarse en Diputados y Senadores. Agustín Rossi, el jefe del bloque de diputados oficialistas, le aseguró a Cristina que rastrearía aquel campo minado para saber en qué condiciones está. Aunque casi lo sabe: podrá arrancar con unos 110 legisladores porque todos los de Entre Ríos y Córdoba se esfumarán.

Las pruebas previstas que se aproximan son tres. La primera son las facultades delegadas por el Congreso al Ejecutivo que vencen en agosto. Además, figuran las leyes de Presupuesto y de Administración Financiera. En ambas merodea el conflicto de los superpoderes. La oposición tiene ahora en agenda la prioridad de un proyecto para limitar las retenciones al campo.

Existe otro lote de gobernadores peronistas que también recelan de la conducción de Scioli, aunque estiman imprescindible un acuerdo mínimo para darle gobernabilidad a esta transición. Se trata de Jorge Capitanich, de Chaco; Juan Carlos Urtubey, de Salta y Sergio Uribarri, de Entre Ríos. Los tres estuvieron la semana pasada cruzando ideas con Alberto Fernández, el ex jefe de Gabinete de Kirchner.

El ex presidente estaría ahora más pendiente de los deslizamientos y las intrigas peronistas que del Gobierno. Ese Gobierno quedó la semana pasada, enteramente, a disposición de Cristina. La Presidenta parece haber dramatizado menos la derrota que su marido. O quizá logró negarla más y mejor que él. Pero sus palabras o sus pensamientos sufren súbitamente transformaciones. El domingo funesto, Cristina repitió a quien quería oírla que el conflicto con el campo y la inseguridad, en especial, habían conducido a la derrota en Buenos Aires. Ni uno de esos aspectos se animó a insinuar en público cuando el lunes armó una inexplicable conferencia de prensa.

Ausente Kirchner del Gobierno, apareció Julio De Vido. El ministro de Planificación aprendió de su líder, el ex presidente, y llenó el poder de humo. Fue el segundo en poner a consideración de Cristina su renuncia después de Aníbal Fernández, el ministro de Justicia y Seguridad. La puso a consideración sabiendo que la Presidenta iba a rechazarla.

De Vido se presentó ante el matrimonio con un plan concreto para rehacer un sector del Gabinete que, a juicio suyo, tenía vinculación con la derrota. ¿Qué plan? La separación de Ricardo Jaime, el ya ex secretario de Transporte; de Guillermo Moreno, el secretario de Comercio y de José López, el secretario de Obras Públicas. Funcionarios que él mismo protegió alguna vez.

Jaime se fue por decisión propia aunque su apellido seguirá haciendo ruido mucho tiempo. López no parece tener monta para detonar una discusión. El problema es Moreno. O las políticas que aplicó. El secretario fue un hombre clave en cada una de las negociaciones fracasadas con el campo.

Cristina dijo que ese conflicto fue uno de los motivos del derrumbe. Otra cosa que la Presidenta no dijo la piensan Scioli y varios mandatarios del PJ: la inflación oculta perforó el salario y la confianza de amplias franjas del conurbano donde también se cristalizó la derrota.

Desplazar a Moreno plantea un auténtico dilema a los Kirchner. Por dos razones: cualquier cambio político suele ser traumático para el matrimonio. En especial cuando es acicateado por la oposición. Pero tampoco poseen seguridades sobre cómo seguir con una propuesta distinta a la del secretario. Le temen a un desmadre. Un empinado dirigente del PJ definió el cuadro: "O el Gobierno se moreniza todo o se moderniza", dijo.

El ex presidente hizo de las suyas para frenar una posible estampida. Aconsejó a Cristina designar al vicegobernador de Tucumán para ocupar el ministerio que dejó libre Graciela Ocaña. Juan Manzur es un médico con antecedentes destacados, pero una pieza importante, quizás, en el armado que imagina Kirchner para detener la rebelión del interior. Hasta ahora Alperovich no se dio por enterado.

El nuevo ministro de Salud lo primero que hizo fue incomodar a la Presidenta. Habló de 100 mil infectados. Se supone que de la gripe porcina. ¿No eran 2.400 los casos comprobados hasta la semana pasada? La desprolijidad parece grande y aquella cifra astronómica, tal vez, sea de presuntos enfermos. Ocaña había sido rigurosa con la información, pero su falta de respaldo político fue un déficit del último tiempo. Cristina le rechazó diez días antes de las elecciones un plan de siete medidas preventivas. Sucedió otra cosa: los últimos días de campaña fueron como un pesado telón que ocultaron la expansión de la epidemia.

Cristina apareció por primera vez ocupada por esta crisis. La desatención pudo ser la causa de decisiones tardías e improvisadas. La mayoría de las escuelas se cierran a partir de mañana pero se abren otros dramas: muchos chicos, sobre todo bonaerenses, comen en los colegios. Esos chicos podrán ir a retirar su ración siempre y cuando se actualice la deuda con los proveedores del Estado.

Los Kirchner parecen resistirse a aceptar la razón de la derrota. Hay una realidad más vigorosa y cruel que, de cualquier manera, terminará doblegando aquella resistencia.

Copyright Clarín 2009

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