Las reservas, entre Kirchner y la excepción

Por Nicolás Salvatore

El Fondo del Bicentenario podría ser una medida razonable, de carácter acotado, si estuviera sujeta a dos restricciones: la eficiencia social en la asignación del mayor gasto público y un plan antiinflacionario.

¿Pagar deuda con reservas es una buena medida de política macroeconómica? Esta cuestión de fondo no ha sido aún abordada con rigurosidad en el debate, debido a que ha sido relegada a un segundo plano por la cuestión de forma, un gravísimo e inédito conflicto institucional. Peor aún, mientras la defensa oficial esconde el real objetivo de la medida, la crítica recurre frecuentemente al estante de la biblioteca que no es. Por momentos, este vertiginoso debate luce dantesco.

Empecemos por una parte de la biblioteca. Reservas internacionales "excedentes". Aun tomando en cuenta que el BCRA engrosó las reservas en u$s 15.000 millones, violando el más elemental principio contable (activo distinto de pasivo), el nivel de reservas actual, sumado al balance de divisas esperado para 2010 (fuertemente superavitario, más de u$s 15.000 millones), permite asumir razonablemente que la oferta de divisas (stock acumulado de reservas) será mucho más que suficiente para atender la eventual demanda de divisas esperada para 2010 y disponer además de u$s 6.500 millones para el Fondo del Bicentenario, en tanto medida "excepcional". (Nota: la mera comparación entre pasivos en pesos y activos en dólares del balance del BCRA, muy frecuente en el debate, no permite inferir el nivel de reservas "excedentes"; menos aún bajo un régimen de tipo de cambio flotante.)

La otra parte de la biblioteca. La independencia del BCRA. Es tan saludable para la macroeconomía que el Banco Central posea un carácter autónomo como que esta autonomía no sea entendida "en sentido estricto". El beneficio de la coordinación entre las políticas macroeconómicas del Gobierno y el BCRA son largamente superiores a su costo, dado por la pérdida de "grados de libertad" del BCRA al implementar las políticas monetaria y cambiaria. Claro está, "pérdida de grados de libertad" no suele leerse en las sociedades modernas como "subordinación total", tal como parece interpretar, ahora, el Gobierno.

La tercera parte de la biblioteca. Utilizar reservas para recomprar deuda pública. Es sencillo demostrar que si esta política fuera implementada en forma permanente, sería macroeconómicamente inconsistente y, por ende, las reservas "excedentes" estarían limitadas por una cota superior. No obstante, en tanto medida excepcional, la medida podría ser eficiente. Se cancelaría deuda que rinde 12% en dólares utilizando un activo líquido que rinde cerca de 0%, lo que contribuiría transitoriamente a liberar recursos fiscales, mejoraría la capacidad de pago de corto plazo del Gobierno, disminuyendo en consecuencia el riesgo (país) asociado a la deuda pública y, por ende, mejorando el acceso tanto del Gobierno como del sector privado a los mercados voluntarios de deuda a tasas de interés más bajas. Finalmente, la medida le permitiría al Gobierno en el mediano plazo refinanciar periódicamente el capital de la deuda pública (roll-over), debiendo atender periódicamente con superávit fiscal sólo sus intereses. Suena razonable.

Hasta aquí, la biblioteca nos dice que la medida, de carácter excepcional (símil pago al FMI en 2005), y acotada a cierto nivel de reservas "excedentes", podría ser una eficiente política macroeconómica de corto plazo per se. Entonces, ¿por qué no?

El principal problema no está en estos stands de la biblioteca. Para atender evidentes urgencias fiscales, el Gobierno intentó primero apropiarse de parte de la renta extraordinaria de la "oligarquía agropecuaria" (más de 5 hectáreas en adelante), luego estatizó el régimen jubilatorio y finalmente creó el Fondo del Bicentenario. Pese a la retórica de épica progresista que el Gobierno pretendió imprimirles a tales medidas, las tres responden a otro tipo de práctica política: "hacer caja" para ejecutar el gasto público en forma discrecional, atendiendo tanto al objetivo electoral como a la subordinación política de diferentes instituciones del Estado. En el actual debate, la cuestión de fondo no es otra que la cuestión del poder, en la forma en que éste es concebido por el kirchnerismo.

Si bien éste es, a mi entender, el problema más relevante, no es el único. Volvamos a la biblioteca económica. Sin Fondo del Bicentenario, se espera que el PBI crezca al 4 o 5% y la inflación alcance el 20% en 2010 (luego de una caída del PBI de 3% con inflación de 15% en 2009). En este escenario, una inyección adicional de demanda de u$s 6.500 millones logrará disminuir muy poco el desempleo, aunque acelerará más aún la inflación, hasta un entorno del 25 o 30 por ciento. Esta disyuntiva entre desempleo e inflación es una de las más añejas de la teoría económica, conocida como Curva de Phillips. Normalmente, desde la política macroeconómica se procura alcanzar ambos objetivos en forma simultánea, es decir, lograr una tasa de crecimiento del PBI tal que sea sustentable y, a la vez, no acelere (mucho) la inflación. De manera incomprensible, este Gobierno dejó de lado en los últimos cuatro años esta añeja y elemental pieza de la literatura.

En estas condiciones, no es aconsejable que se constituya el Fondo del Bicentenario. Podría, en cambio, ser una medida razonable, de carácter acotado y excepcional, si estuviera sujeta a dos restricciones: a) la eficiencia social en la asignación del mayor gasto público, junto a b) un plan antiinflacionario explícito de corto y mediano plazo, que retorne la macroeconomía a un "corredor" de normalidad, y contribuya a disminuir la pobreza y mejorar la distribución del ingreso. Es decir, un programa macroeconómico progresista, incompatible con la lógica de poder de Néstor Kirchner.

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