Reservas: una cláusula clave en la negociación con las provincias

Por: Alcadio Oña

Martín Redrado ya fue, pero el costo que el caso le acarreó al kirchnerismo queda. Y se agrega a lo que había antes: el agujero fiscal de la Nación y las provincias, más una curva inflacionaria que va en ascenso.

Por el camino de las urgencias financieras compartidas se arriba a las reservas. Y la apuesta de Olivos es que los gobernadores hagan valer sus necesidades al menos en el Senado, pues basta con que una de las dos cámaras ratifique el decreto de necesidad y urgencia para que el Fondo del Bicentenario quede en pie.

El riesgo está en el método, o sea, que el Gobierno reciba un cheque en blanco. Y que luego pueda manejar los recursos a su gusto, bajo el conocido sistema de premios y castigos según sean los alineamientos a sus propuestas y su proyecto político. La caja de siempre.

"Kirchner no es un buen pagador", dice un mandatario del interior. Se sabe de sobra, y puede atestiguarlo Felipe Solá. En 2005, como gobernador, se batió contra Eduardo Duhalde y contribuyó al triundo de Cristina K ante Chiche D. El "premio", ya diputado, llegó en 2007: le ofrecieron presidir una comisión de segundo orden, que naturalmente rechazó.

La salida a la vista es un acuerdo, firme y explícito, sobre el reparto de las reservas o la asignación de los recursos fiscales excedentes. O una cláusula igual de rigurosa. Algo muy distinto al plan original, donde se pagaba deuda externa con activos del Banco Central. Y los fondos previstos para ese fin, liberados, eran manejados al arbitrio de Olivos.

Así iba a ser o puede ser, si no se establece una fórmula de distribución en una nueva ley. Conocido el paño, no alcanza con que Olivos prometa volcar recursos para obras esenciales en el interior o auxiliar a las provincias en apremios financieros.

En realidad, ambas cosas ya están puestas en el Presupuesto de 2010. Sólo que con un par de condiciones: que el Estado Nacional tenga plata y caso por caso. Si esto no es un sistema de premios y castigos, se le parece bastante.

Un sistema posible consiste en crear algo semejante al Fondo de la Soja, que por decreto gira a las provincias el 30 % de la recaudación que aportan las retenciones. Pero uno bien remachado, porque un decreto puede ser anulado por otro decreto.

Una alternativa asoma en la reforma a la Carta Orgánica del Banco Central que comienza a impulsar el oficialismo, aunque no está claro si ésto también incluirá el uso de las reservas.

Es de todos modos un paso con riesgos, si como tantas otras veces no se calibran acertadamente los efectos.

El dólar pegó ayer un brinco, que puede ser atribuido a la desconfianza, al efecto Redrado o a la decisión de mejorar el tipo de cambio. O quizás sea un recurso conocido: dejarlo subir y luego pegarle un bajón para castigar a los especuladores. En cualquier caso, al Central le sobra poder de fuego como para regular la cotización del dólar.

Vuelta al Fondo del Bicentenario. Si todo se hiciera en regla, habría que reformar el Presupuesto votado en 2009.

Es obvio que el cálculo de recursos no contempló sacar 6.569 millones de dólares de las reservas. Tampoco, los gastos que demandarán el aumento de las asignaciones familiares y el Plan Hijos. Presupuesto, o cartón pintado por donde se lo mire.

El ministro de Economía repite, todo el tiempo, que los 6.569 millones irán al pago de la deuda externa. Como si allí no hubiese una discusión y dando por sentado que sus palabras mejorarán las chances del canje con los bonistas.

Por ahora, eso está tal cual se ve. Igual al proceso inflacionario, del que tardíamente parecen haber tomado nota Amado Boudou y el Gobierno, enfrascados en la pelea con Redrado, Julio Cobos, la Justicia, la oposición.

El precio de la carne empezó a volar a partir de diciembre y muchos otros subían desde el último trimestre del año pasado. Algunos consultores ya arriesgan una inflación anual superior al 20 % y un aumento de la Canasta Alimentaria Básica, en enero, del 5 % promedio.

De nada vale que en sus mediciones el INDEC reemplace a la carne por productos más baratos. Ni que así intente maquillar la realidad, como hace desde que fue intervenido en 2007.

Entonces, la inflación también venía empinada. Y creyeron que, dibujándola, era posible afeitar el deterioro de los ingresos y acotar las demandas salarial: el resultado fue igual al que se verá pronto.

Es una apuesta que el manejo de la caja y el gasto público sostenido, por encima de las posibilidades que da la recaudación impositiva, mejoran las chances electorales. Está comprobado, en cambio, el poder destructivo de la inflación.

Sin el equipaje del pasado y con el peso de los costos, el kirchnerismo enfrenta el tiempo de los sinsabores. Por más que busque cargar culpas propias en otros.

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