Al rescate de los Reyes Magos

Por: Osvaldo Pepe

Esta es una historia real, ocurrida, digamos, 30, 40, 50 años atrás, en cualquier barriada popular del país, ritual durante una década al menos de cada generación que asomaba a la vida. Y ocurría siempre en una noche mágica como la de esta noche, la Noche de Reyes.

Un día antes, los padres de esas cofradías barriales organizaban junto a los demás vecinos la ceremonia de recepción. Agua y pasto para los camellos no podían faltar. Tanto como la cartita con caligrafía recién erguida, que las madres ayudaban a redactar con un puñado de reclamos para jugar a los sueños. A veces, aquel texto languidecía por el cruce de mensajes callejeros entre ellas mismas, que eran como ramalazos del desencanto: "¿Le parece que pasarán los Reyes este año, vecina?

Yo no sé, por acá no se portaron bien", parloteaban casi en un grito sermones nunca cumplidos. Es que los tres tipos, los Magos de Oriente, los Reyes de la ilusión primera de la vida, no fallaban jamás, ni aun en las barriadas de padres laburantes: tan generosos eran éstos, que ayudaban a los Reyes y enflaquecían sus bolsillos ya escasos para que esa mañana ninguno de los pibes se quedara sin ese despertar con gusto a milagro tibiecito, recién salido del horno. En la noche previa, los relatos florecían bajo los gigantescos árboles paraíso, nombre bíblico a medida. Los más chicos apenas si conteníamos la exaltación de la vigilia, mientras dejábamos los zapatos a la intemperie en los patios chorizo. Y no faltaba quien recordara que "el año pasado yo los vi cuando se iban". Hasta que un día se fueron para siempre. Y comprendimos que habíamos crecido. Con cada enero, nos llega la revancha. Hagamos campaña para que hoy vuelvan con nuestros hijos o nietos. Sólo hay que animarse esta noche y por un ratito, a ser pibes otra vez.

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