Réquiem

La muerte por asesinato de Luis Severiens, taxista, casado con tres hijos, sacó una vez más lo peor de la sociedad contemporánea a la superficie. Todo se tiñó de blanco y azul, la bandera argentina en distintos formatos flameó, se exhibió ante todos en largas columnas los días 4 y 5 de noviembre en Mar del Plata. La enorme cantidad de policías que se vio tanto en el cortejo interminable hacia el cementerio “Los Robles” como en la columna de más de 24 cuadras por todo el ancho de la avenida Colón hasta el palacio de Tribunales, no inquietó a la gente; por el contrario, la relación entre policías y dirigentes presentes (Daniel Domínguez de UTA, Donato Cirone de SUPETAX, Juan Carlos Havid) fue más que cordial.
Pero la cordialidad se terminó cuando a las puertas de los Tribunales, enterados de que sólo se permitiría ingresar a una pequeña comitiva para entregar un petitorio, comenzaron a escucharse cánticos, silbidos e insultos dirigidos principalmente al fiscal general Fabián Uriel Fernández Garello y al presidente de la Cámara Criminal Marcelo Madina.

Y digo que ha salido a la superficie lo peor porque otra vez comenzamos con la politiquería berreta. Ante la comunidad aterrorizada de la Escuela Municipal nº 9, el Fiscal General adujo que los problemas son consecuencia de que faltan 20.000 policías en la provincia, que no hay manera de encartar a sujetos de probada conducta criminal por la pasividad ante el delito de los jueces de garantías, etc. Palabras.

Y si de palabras se trata, el intendente Gustavo Arnaldo Pulti volvió a demostrar su pasión irrefrenable por ser el más neto discípulo del marqués de Perogrullo. Dijo, frente al impacto social y político de esta muerte, que “los delincuentes deben estar presos”. Sí, chocolate por la noticia. Habría que avisarle al sistema de administración de justicia.

Pulti está tan ocupado en lo fútil que no atina con lo esencial. No hace nada de lo que reclamó a sus antecesores por 18 años: involucrarse efectivamente en el tema seguridad. Recordemos que GAP proponía la municipalización de la policía para Mar del Plata; tal desiderátum significaría hoy que este Intendente sería en los hechos el jefe policial.

En la ciudad hay que dar espacio a un amplio movimiento social que reclame cambios urgentes, no para aceptar pasivamente, como sugiere la Asociación de Magistrados -“más temprano o más tarde los que cometieron delitos saldrán de la cárcel”-, sino para que de una vez por todas el sistema judicial se alinee con la ciudadanía de bien, con la gente común.

En la marcha del miércoles 5, la misma unidad fúnebre que llevó los restos de Severiens lucía dos enormes coronas florales con una leyenda escalofriante: “derechos humanos de las víctimas, ¿dónde están?”. En Mar del Plata, para integrar el Poder Judicial, hoy controlado por sujetos como Roberto Atilio Falcone o Marcelo Madina, hay que ser literalmente abolicionista del derecho penal. O actuar como la jueza de Menores Patricia Gutiérrez, que al liberar a un joven de 17 años que se había iniciado en el delito a los 13, ordenó a las fuerzas de seguridad no informar a los medios de comunicación, actitud antidemocrática e inconstitucional si las hay. El menor había asaltado una pesquera en San Salvador y José Hernández, tiroteándose con la custodia del lugar, que lo dejó herido, por lo que fue internado por varios días en el Regional. De allí partió al Centro de Contención de Menores de Batán por 3 días, y de ahí a casita, con los papis. A cumplir con la Convención de los Derechos del Niño.

El menor, que lleva en el delito cuatro intensos años, está en la calle. El asesino de Severiens, a quien la justicia de garantías le transformó la aprehensión en detención, ha cumplido 18 años, y tiene un historial criminal que demandaría mucho más que este espacio detallar. Cuando la comisión policial lo abordó, apeló a su salvoconducto: “soy menor, llamen a la jueza”. Pero esta vez no le sirvió, porque el paso del tiempo hizo al fin su trabajo y pasó de ser un joven víctima de la sociedad a un victimario cruel y sin conciencia del valor de la vida, ese derecho humano esencial que la Justicia y una maliciosa visión política contemporánea han degradado hasta el asco.

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