Es la República, señores Guillermo E. Alchouron

Cuando, en diciembre de 2011, concluya la era kirchnerista, el país afrontará una grave situación económica. Para ese entonces, por la nefasta política agropecuaria en vigor, habremos dilapidado una verdadera fortuna que ya nunca podrá recobrarse, porque lo perdido se habrá perdido para siempre.
Si tomamos solamente los cuatro años que habrán transcurrido entre 2007 y 2011, habremos perdido de cosechar más de cien millones de toneladas de granos, de criar diez millones de terneros, de producir doce mil millones de litros de leche y quién sabe cuántos miles y miles de metros cuadrados de superficie cubierta no se habrán construido nunca.

Habrá que agregar las cifras supermillonarias de salarios que no cobraron los trabajadores por falta de actividad económica normal y la consecuente pérdida de ingresos tributarios, lo que impide la construcción de escuelas, hospitales y caminos que el país necesita. Y así sucesivamente, en todos los otros rubros de la actividad del país.

También habremos bajado los últimos siete escalones del índice de confiabilidad interna y externa que, según las estadísticas publicadas en septiembre por el Foro Mundial Económico, experimenta la Argentina. Desde el puesto 126, hemos caído al 133, que es el último piso antes del abismo. Y, de paso, habremos seguido provocando el rechazo y la censura que ha despertado nuestro país en el concierto de las naciones, que miran atónitas nuestra actitud de indiferencia hacia más de mil millones de habitantes del planeta que padecen hambre y que necesitan que la Argentina produzca alimentos, porque son más fáciles de producir aquí que en otros lugares del orbe.

¿Qué puede hacer la dirigencia política ante la recomposición de fuerzas legislativas resultante de las elecciones del 28 de junio?

El primer paso será, a partir del 10 de diciembre, tratar de sancionar toda la legislación necesaria para destrabar la producción y las exportaciones argentinas, al eliminar todas las normas y resoluciones que han venido desalentando a los productores agropecuarios y a las empresas industriales, cualquiera sea su tamaño.

En segundo lugar, deberá recuperarse la confianza internacional para invertir en la Argentina. Este objetivo implica, por lo pronto, restablecer la seguridad jurídica y personal, combatir con eficacia el delito común, el tráfico de drogas y la corrupción, y erradicar todo tipo de violencia.

Los dos pasos anteriores exigen importantes alineamientos de todas las fuerzas políticas democráticas y republicanas, a través de un explícito acuerdo sobre el contenido de la agenda legislativa, que debe instrumentarse de inmediato para acceder a los objetivos buscados. En realidad, algo parecido o igual a lo ya plasmado en el Acta del Consenso Republicano firmado el 19 de mayo último por más de un centenar de legisladores y ex legisladores, miembros de la casi totalidad del arco opositor, y que sólo necesita la aprobación de los cuerpos orgánicos partidarios y de los líderes respectivos para su efectiva ejecución.

Como tercer paso, este Consenso debe extenderse en todo lo posible en materia de gobernabilidad, para asegurar el éxito de quienes asuman el Poder Ejecutivo el 10 de diciembre de 2011, los que, obviamente, no serán parte del oficialismo actual.

Debemos admitir que el período 2011-2015 estará plagado de dificultades para recuperar el funcionamiento institucional y productivo del país y el deseo de vivir en un país gobernado por la moderación, hoy ausente.

Recordamos la famosa expresión de Winston Churchill cuando, a principios de la Segunda Guerra Mundial, les prometió a los ingleses sólo sangre, sudor y lágrimas. Nosotros podremos evitar la sangre y las lágrimas, pero no el sudor: hay una ciclópea tarea por cumplir, con la nada agradable sensación de apretarse el cinturón más que de costumbre.

Será entonces cuando todos los partidos políticos, vencedores o vencidos, deberán ayudar y respaldar al gobierno que sobrevenga, durante todo el tiempo indispensable para volver a poner a la Argentina en carrera.

Sólo cuando el país se normalice y coseche los frutos de todos los esfuerzos reparadores, la dirigencia política podrá dar rienda suelta al planteo de los objetivos de cada partido en particular. Sólo entonces se pondrá en marcha una respetuosa competencia para demostrar que alguno tiene más para darle al país que otro, y viceversa.

Y así, todos comprometidos en busca de un objetivo común, reencontraremos el país extraviado y el bienestar del pueblo que lo habita.

Como se ha venido diciendo respecto de la economía y de la educación en otros lugares de la Tierra, nosotros debemos afirmar aquí: es la República, señores.

El autor, ex diputado nacional, es presidente de Consenso Republicano

Comentá la nota