El remedio fue peor que la enfermedad

Para recuperar los Bajos Submeridionales como reservorio de humedad, el gobierno tapona los canales. Y reprocha el criterio de drenar campos para poder sembrar.
Mientras se reparten millones de litros de agua a la población, y contrarreloj se levantan albergues comunitarios para vacas famélicas y sedientas por el cachetazo final de una sequía que ya acumula 5 años, en el norte de Santa Fe –la zona que más la sufre– se abrió una etapa de revisión sobre el manejo que se hizo de los ecosistemas en los últimos 30 años. En particular, sucede con los Bajos Submeridionales, cuyas características ambientales resultaron siempre una barrera a la expansión de la frontera agropecuaria. La idea de “sanear” ese territorio a través de un infinito encadenamiento de canales, oficiales y clandestinos, para sacar los cíclicos excesos hídricos en sentido oeste-este hasta el río Paraná ya demostró que puede operar sobre la inundación, pero a costa de empeorar los otros datos centrales del ecosistema: la salinidad del suelo y la sequía. Claro que para llegar a estas conclusiones, el Estado invirtió por décadas recursos millonarios a través de presupuesto propio y endeudamiento externo, influenciado por lobbys de productores, inversores inmobiliarios y grandes jugadores en el mundo de los agronegocios y la agroexportación.

“Lo que aquí ocurrió es que por años se subordinaron las políticas de Estado a los intereses económicos”, afirmó el director de Programas Estratégicos del Ministerio de Aguas y Medio Ambiente, Miguel Fertonani.

“Se decía que el objetivo era buscar el saneamiento de excedentes (hídricos) para utilizar los Bajos para la agricultura. Ocurre que, pensado así, el agua sobra. Pretendieron adaptar los Bajos a un esquema productivo determinado, ni malo ni bueno, pero de otra zona”, objetó el funcionario.

ILUSIÓN DE PAMPA. Las primeras autocríticas llegaron en la segunda gestión Obeid, cuando la falta de agua en los Bajos obligó a intensificar la asistencia a través de trenes y camiones cisterna: “Está demostrado que hacer canales no es la solución”, admitió el ex gobernador en 2006. Sin embargo, el proyecto de fondo se mantuvo en pie: “El objetivo principal es la ganadería, pero no hay que descartar la agricultura, No es ningún despropósito pensar que muchos de cientos de miles de hectáreas algún día se van a poder usar para agricultura”, había dicho. Ese mismo día, su ministro Alberto Joaquín afirmaba que los Bajos “son la reserva más grande para zona ganadera que hay en el país”. Los productores aplaudieron a rabiar.

La paradoja es que la canalización de los Bajos se hizo carne en los actores sociales del norte provincial. “Fuerzas vivas” como la Comisión Regional del Norte Santafesino (Corenosa), sociedades rurales, municipios y comunas y legisladores reclamaron la realización de los grandes canales durante años. Abrir canales parece ser una solución muy arraigada en la zona. Fertonani mismo advirtió que “hay muchos panqueques, que ahora piden la entrega de agua por la sequía, y cuando pase van a ir a presionar para que hagamos canales. Pero que quede claro, estamos taponando los canales para restaurar la capacidad de que la región actúe como un humedal”.

BÚFALOS O ANTÍLOPES. Eduardo Pire, profesor de Ecología en Agronomía de Rosario e investigador del Conicet, está entre los que a contramano del discurso hegemónico sostuvieron que era un error vaciar los Bajos. Veinte años después insistió: “Hay que reservar toda el agua dulce que se pueda, almacenarla y utilizarla en épocas de seca”.

Pire y sus colegas desplegaron ideas para apuntalar la actividad ganadera: construir aguadas para aguantar la seca y alturas (terraplenes) para que el animal pueda dormir, alambrados, sombra artificial o vegetal, caminos, creación de reservas para ecoturismo, caza y conservación, y desarrollo poblacional en los límites de los Bajos. El científico sostiene que los Bajos Submeridionales están muy poco estudiados y que es necesario desarrollar investigación aplicada. Por eso, lanzó una idea singular: “Esto es un gran pantanal, entonces introduzcamos especies como búfalos o antílopes capaces de adaptarse a este ambiente con perspectiva productiva”, sorprendió al ser consultado por Crítica de Santa Fe.

El fin de un paradigma basado en una cultura económica extractiva está abriendo paso a otro modelo que aspira a poder desarrollar actividad económica adaptada a los ciclos naturales de los Bajos. Como sea, el modelo sojero presiona cada vez más. El mayor impacto se ha dado en estos años por la multiplicación de cabezas de ganado desplazadas de tierras fértiles, ahora dedicadas al agro.

Es entonces momento de poner en práctica la máxima de Fertonani: “La producción no puede poner las reglas de juego, tiene que ser parte de las reglas”.

Cuando el agua era mala palabra

La idea de secar los Bajos Submeridionales a través de canales llegó a la Legislatura provincial en los ‘70, pero las obras las inició la gestión Reutemann al abrirse la posibilidad de créditos internacionales. Este paradigma quedó plasmado en la ley de enero de 1992 que creó el Consejo Regional de Obras de Saneamiento de los Bajos Submeridionales. Ya el nombre daba la pauta de lo que se intentaba: algo así como curar de agua a esa región.

La ley coincidió en el tiempo con la revolución sojera, la multiplicación del polo agroexportador del Gran Rosario, mayor influencia de las Bolsas de Comercio de Rosario y Santa Fe en el Estado provincial, la hidrovía, concentración de tierras y expansión de la frontera agrícola. Los gobiernos santafesinos de la democracia fueron aliados de esa estrategia, y sus funcionarios repitieron un discurso hegemónico que relegó a segundo plano la desaparición de productores y el impacto ambiental.

Desde entonces, aumentaron las presiones sobre los Bajos Submeridionales. Empezaron a llegar jugadores de peso a la zona para combinar agricultura de alta tecnología y ganadería, como la familia Werthein (dueña de la aseguradora La Caja) en el departamento 9 de Julio, en cuya estancia de 12 mil hectáreas donde trabajan 12 personas Eduardo Duhalde intentó convencer a Reutemann de que fuera candidato. Y a medida que los precios aumentaban, la soja desplazó a la ganadería, que se refugió en las islas del Paraná y recargó los Bajos Submeridionales.

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