Religión, la única coincidencia entre los bandos de Honduras

Cristianos, católicos o evangelistas, la fé aparece justificando el golpe o del lado de la Constitución.
Desde que en el siglo 16 llegó la cruz tras la espada hasta hoy mismo -en las misas de la Catedral o las iglesias San Francisco, La Merced y tantas más-, la religión tiene un peso relevante en Honduras. En la cosmogonía precolombina era lo mismo, claro. Pero, aunque se sabe del fervor de millones en Latinoamérica por la fe cristiana, igual asombra.

El presidente de facto, Roberto Micheletti, termina una cita con Clarín y al darle la mano le dice "que Dios te bendiga". Dios está omnipresente en su discurso. Su canciller Carlos López inicia un diálogo de domingo con periodistas con "esperanza de que hayan podido ir a misa". En marchas zelayistas, que buscan restituir al presidente depuesto Manuel Zelaya, o en las de apoyo al golpe, si hay una coincidencia, ésas son las plegarias. En radio y tv, los programas religiosos, muchos evangelistas, miden muy bien. Y los periodistas que debimos llegar aquí por tierra por el toque de queda, desde El Salvador, Guatemala o Nicaragua, todos cruzamos en el camino coloridas procesiones de la Virgen.

Figura clave de la negociación que busca destrabar este embrollo es el obispo de Tegucigalpa, Juan Pineda. Y en las protestas a favor del golpe también pesa la Iglesia Evangélica, que ya marchaba antes de la caída de Zelaya, como pidiéndola. Defenestrado Zelaya, el Pastor Reyes, en San Pedro Sula, pidió que "Mel" no vuelva para no hacer "más daño". Sus fieles gritaban "Honduras será para Cristo", informó ¡Amén-Amén! Noticias.

La Iglesia se hizo oír siempre aquí desde que llegó Colón y luego Cortés inició la conquista y la evangelización. Los españoles avanzaron contra tawahkas, tolupanes, lencas y otros pueblos y completaron el dominio al matar en 1537 al líder lenca, Lempira, héroe nacional que da nombre a la moneda criolla. Dos años después llegó el primer obispo colonial, Cristóbal de Pedraza,

Su tarea dejó huella: 5 siglos más tarde se vio en la visita de Juan Pablo II en 1983, seguida por multitudes hondamente creyentes. Se salía de una dictadura feroz y la represión interna seguía por la "contrarrevolución" a la vecina Nicaragua. En ese gobierno, del liberal Suazo Córdova, hubo 328 muertos y desaparecidos y 2 mil presos. Y es éste uno de los países más pobres del área. Pero Juan Pablo habló sólo de fe.

El cardenal Rodríguez Maradiaga, papable y visto como figura progresista en Centroamérica, se vio envuelto en una polémica tras el golpe de junio. Desde Argentina, el Nobel de la Paz Adolfo Pérez Esquivel le dijo que "el camino que has elegido de ser cómplice de la dictadura militar no es el del Evangelio". Pero él negó enfáticamente, ante el enviado de Clarín aquí de julio, haber apoyado el golpe, aunque criticó duro a Zelaya.

Hubo otras desmentidas. La hizo Cáritas. Su titular Germán Cálix, quien ahora dice que, pese a errores del líder derrocado, serían buenos los plebiscitos o "su Ley de Participación Ciudadana (que) permitan consultar al pueblo en asuntos de mayor importancia". Micheletti le dijo a Clarín en la entrevista que esa ley de Zelaya era "una farza". Y el obispo de Santa Rosa de Copán, Luis Santos, que firmó el texto Episcopal de junio que decía "sucesión constitucional", ayer sostuvo otra opinión. "Fue un golpe -indicó-; me engañaron con la orden de captura de Zelaya".

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