Relato de un secuestro: siete meses y 10 días como rehén de los talibán

Un periodista de The New York Times fue capturado en noviembre pasado y liberado en junio.
El motor del auto bramaba mientras el terrorista apretaba el acelerador y atravesábamos el desierto afgano. Yo iba sentado detrás, entre dos colegas afganos que me acompañaban en un viaje periodístico, cuando hombres armados rodearon nuestro auto y nos tomaron de rehenes. Otro hombre armado en el asiento del acompañante iba mirando para atrás y apuntándonos con su Kalashnikov. Eché un vistazo al desteñido paisaje -suelo rojizo y rocas negras hasta donde llegaba la vista- y pensé que moriríamos en pocos minutos. Eso fue el 10 de noviembre, y yo me dirigía a una reunión con un comandante talibán junto con un periodista afgano, Tahir Luddin, y nuestro chofer, Asad Mangal. El comandante nos había invitado a entrevistarlo en las afueras de Kabul para un informe que yo estaba haciendo sobre Afganistán y Pakistán.

Pensé en mi mujer y en mi familia y me dio vergüenza. Una entrevista que parecía crucial unas horas antes ahora parecía absurda e irreflexiva. Había arriesgado las vidas de Tahir y Asad, y también la mía. Llegamos a un lecho de río seco y el auto se detuvo. "Van a matarnos", susurró Tahir.

A Tahir y Asad les ordenaron salir del auto. Terroristas de un segundo vehículo comenzaron a golpearlos con las culatas de sus rifles y se los llevaron. A mí me dijeron que saliera del auto y subiera por la pendiente cubierta de arena. Mientras un guardia me apuntaba con su Kalashnikov, el otro me quitó los anteojos, la notebook, la lapicera y la cámara. Me taparon los ojos, me ataron las manos en la espalda. Mi corazón se aceleró. El sudor me corría por la piel.

"Habarnigar", dije, usando un término Dari que significa periodista. "Salaam", dije, paz en árabe. Esperé el ruido del disparo. Sabía que podía morir pero me mantenía extrañamente calmo. Enseguida, sentí que una mano me empujaba hacia el auto y me obligaba a acostarme en el asiento trasero. Subieron dos hombres armados y cerraron las puertas. El auto arrancó. Tahir y Asad ya no estaban, probablemente los habían matado, pensé. Después de unas dos horas de viaje, el auto frenó. Unos guardias me quitaron la venda y me hicieron pasar por la puerta de una casa de ladrillos de barro, en el medio de una barranca. Me metieron en una especie de lavadero. A los pocos minutos, los guardias abrieron la puerta y empujaron a Tahir y Asad.

A los 20 minutos, más o menos, un guardia abrió la puerta y nos hizo señas para que saliéramos al pasillo. "No disparar", dijo, "no disparar".

Nos miramos aliviados. Por primera vez en el día, pensé que podíamos salvarnos. El guardia nos llevó a un living decorado con alfombras oscuras y almohadones rojos. Media docena de hombres estaban sentados contra dos paredes de la habitación, cada uno con su rifle Kalashnikov al costado. Yo me senté frente a un hombre corpulento con un patu - el echarpe tradicional afgano - envuelto alrededor de la cara. Los anteojos de sol le tapaban los ojos y llevaba una gorra de invierno negra, barata. En la frente tenía bordada la palabra "Rock" en inglés. "Soy un comandante talibán", se presentó. "Mi nombre es Mullah Atiqullah".

Durante los siguientes siete meses y 10 días, Atiqullah y sus hombres nos mantuvieron a los tres como rehenes. Estuvimos en Afganistán durante una semana, y luego nos llevaron a las zonas tribales de Pakistán, donde se cree que está oculto Osama bin Laden. Atiqullah trabajó con Sirajuddin Haqqani, el líder de una de las facciones más duras de los Talibán. Los Haqqanis y sus aliados nos mantendrían en territorio controlado por ellos en Waziristán norte y sur.

Durante el tiempo que fuimos rehenes, traté de razonar con nuestros captores. Les dije que éramos periodistas que estábamos ahí para oír el lado talibán de la historia. Todos mis esfuerzos fueron vanos.

A lo largo de esos meses, llegué a una simple conclusión. Después de siete años haciendo periodismo en la región, no sabía lo extremistas que se habían vuelto muchos Talibán. Antes del secuestro, yo veía a la organización como una forma de "Al Qaeda light", un movimiento con una motivación religiosa que apuntaba sobre todo a controlar Afganistán.

Viviendo codo a codo con los seguidores de Haqqanis, descubrí que el objetivo de los Talibán duros era mucho más ambicioso. El contacto con militantes extranjeros en las zonas tribales parecía haber afectado profundamente a muchos combatientes Talibán jóvenes. Querían crear un emirato islámico fundamentalista con Al Qaeda que extendiera el mundo musulmán.

Yo había escrito sobre los vínculos entre los servicios de inteligencia paquistaníes y los Talibán mientras cubría la región para The New York Times. Sabía que Pakistán hacía la vista gorda con muchas de sus actividades. Pero me sorprendió lo que encontré: un mini-Estado Talibán que florecía abiertamente y con impunidad. El gobierno Talibán que supuestamente había sido eliminado por la invasión de Afganistán en 2001 estaba vivo y en pleno crecimiento.

Al principio, nuestros guardias me impresionaron. Prometieron seguir los principios del Islam que imponen el buen trato a los prisioneros. En mi caso, indiscutiblemente lo hicieron. Me dieron agua embotellada, me dejaron caminar cada día en un pequeño patio y nunca me golpearon.

Mis captores se habían llevado muchas desilusiones con los occidentales. Pero yo también constaté que algunas de las consecuencias de las políticas antiterroristas de Washington habían impulsado a los Talibán.

Durante nuestro cautiverio, cometí numerosos errores. En un esfuerzo por salvar nuestras vidas en los primeros días, exageré lo que los Talibán podían recibir por nosotros como rescate. En respuesta a esto, mis captores hicieron demandas irracionales, pidiendo en un momento US$ 25 millones y la liberación de prisioneros afganos del centro de detención estadounidense en Guantánamo, Cuba. Cuando mi familia y los editores dijeron que no, mis captores se quejaron de que yo "no valía nada".

Con Tahir y Asad eran menos considerados todavía. Los guardias les recriminaban incesantemente que trabajaran con periodistas extranjeros y los amenazaban con matarlos. La dinámica no era nueva. En un secuestro anterior a un periodista italiano y sus colegas afganos, los Talibán habían ejecutado al chofer afgano para presionar al gobierno italiano.

Pese al peligro, Tahir luchó como un león. En una oportunidad usó la amenaza de venganza de su poderosa tribu afgana para impedir que los Talibán nos hicieran daño.

Nos hicimos amigos. A veces también nos peleamos. En todo momento, una verdad horrible flotaba sobre los tres. Asad y Tahir serían los primeros en morir. En Afganistán y Pakistán post 11/9, todavía no todas las vidas son creadas iguales.

A medida que fueron pasando los meses, llegué a detestar a mis captores. Ellos se describían como los verdaderos seguidores del Islam pero exhibían una capacidad asombrosa para la deshonestidad y la codicia. Nuestra traición máxima vendría del propio Atiqullah, cuyo "nom de guerre" significa "regalo de Dios".

Nuestro tiempo como prisioneros fue apabullante. Dos llamadas telefónicas y una carta de mi mujer me sostuvieron. Me decía a mí mismo - y a Tahir y Asad - constantemente que debíamos ser pacientes y esperar.

Para junio, ya nuestro séptimo mes en cautiverio, nos resultó obvio que nuestros captores no estaban negociando seriamente nuestra liberación. Su arrogancia y su hipocresía se habían vuelto infinitas, su deshonestidad constante.

Nos parecía que un intento de huida era un acto imprudente y un último recurso con escasas posibilidades de éxito. Pero de todos modos queríamos intentarlo. Y para nuestra sorpresa, funcionó.

Comentá la nota