Una relación contaminada

Por: Ricardo Roa.

Lo único que nos faltaba con Uruguay es que nos acuse de manipular sus informes técnicos en el pleito por Botnia. En realidad, ya lo había hecho al responder la presentación de la Argentina ante la Corte de la Haya.

La novedad es que eso que estaba en la trama jurídica, ahora sale a la superficie (Botnia: Uruguay denunció que la Argentina falseó datos en La Haya) En el último tramo del conflicto, el Gobierno argentino viró otra vez de política. Al comienzo se había abrazado al reclamo de los ambientalistas de Gualeguaychú y lo proclamó una causa nacional. Después tomó distancia: dijo que Botnia era un hecho irreversible y que era necesario esperar las pruebas de contaminación. Ahora, nuevo giro de 360 grados y vuelta al punto de partida: argumenta que la pastera "está contaminando" el ecosistema y que debe ser relocalizada.

Para eso, la Argentina mezcló a su gusto dos parámetros de un estudio oficial uruguayo y dibujó otro, según Montevideo. Por un lado, usó el indicador que mide la materia orgánica en el río como si fuera el del oxígeno disuelto en el agua y a la inversa. Así pudo alegar que había mucho de lo peor y poco de lo mejor. Y sobre el contenido de fósforo, eligió un promedio parcial alto en lugar del promedio general más bajo. Acá, la Cancillería no sólo insistió en que Botnia ya contamina sino que en su proceso de producción y limpieza emplea productos prohibidos en la Unión Europea y otras naciones. Y por si el clima con Uruguay no estuviera suficientemente enrarecido, Cristina Kirchner se mostró con una boleta del Frente Amplio. Lacalle, el rival de Mujica en el balotaje, lo aprovechó dos veces: denunció intromisión en cuestiones internas de su país y de paso pegó a Mujica con los K, que por muchas razones no son la mejor carta para conseguir votos al otro lado del río.

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