Una relación basada en debilidades mutuas

Siempre se dijo que los Kirchner no querían a Hugo Moyano y Hugo Moyano los sostenía como la soga al ahorcado. Era verosímil: la historia del primero arranca en Mar del Plata, con la Juventud Sindical Peronista y el Comando de Organización, la de los Kirchner registra una breve etapa filomontonera, sobreactuada, eso sí, en cada una de las arengas públicas. Pero esos viejos resquemores se subordinaron sin dificultad al pragmatismo y el resultado fue una relación basada en debilidades mutuas.
El ex presidente quería huir de la telaraña de los “gordos” y se valió del camionero; Moyano, para mantenerse al frente del movimiento obrero, necesitó de los Kirchner. La pugna por la jefatura del edificio de Azopardo se desarrolló en paralelo con el conflicto del campo. Moyano, sin suicidarse, se disciplinó al Gobierno. Así, su candidatura contó con el respaldo de Julio De Vido y Néstor Kirchner. Del lado opuesto estaban los ahijados de Cristina Fernández y el ex jefe de Gabinete –Gerardo Martínez (construcción), Antonio Caló (UOM)Andrés Rodríguez (UPCN)–, que reclamaron su parte y lograron imponer al adjunto, Juan Belén. Con Belén, Caló marcaba el territorio metalúrgico mientras esperaba su turno, replegado, como reserva estratégica.

En ese minué de aproximaciones y alejamientos, favores y desconfianzas, Moyano jugó un rol insustituible para los Kirchner: fue el hombre que clavó los aumentos salariales en un tope del 19 y 20 por ciento. Su gente, entre tanto, conseguía perforar el techo que regulaba la vida de los demás gremios. Los subsidios oficiales ayudaban a las patronales del sector a financiar esas diferencias. El líder de los “truckers” obtuvo otros beneficios: la investigación del asesinato de su compañero y amigo Abel Beroiz duerme aún el sueño de los justos. Moyano se abstiene de exigir el esclarecimiento y es obvio por qué: el crimen involucra a personajes de su sindicato y no es recomendable quedar enfangado en la crónica policial. La designación de Juan Rinaldi, ex abogado de Camioneros, en la Adminitración de Programas Especiales (APE), área que maneja 700 millones anuales, es otra muestra de los lazos contradictorios y privilegiados que mantiene con el Poder Ejecutivo. El reciente ascenso de Rinaldi al tope de la Superintendencia de Salud tampoco es ajeno a los vaivenes de esa relación. Aunque Moyano lo niegue y los voceros de Graciela Ocaña pretendan mostrarla como un triunfo de la ministra en su lucha denodada contra la corrupción, la designación no deja de ser un guiño del kirchnerismo para compensar el fallo de la Corte que pone fin al absolutismo sindical. Pero nunca llueve al gusto de todos y la manta de la SSS no alcanza a cubrir de la intemperie al resto de los gremios nucleados en la CGT. El consejo directivo está nervioso. Moyano lo sabe y se pone al frente del malestar blanqueando los mismos despidos y suspensiones que había negado hasta hace unos días. Para frenarlos, asegura, pedirá una suma fija de 500 pesos y el retorno de la doble indemnización. Quizás el anuncio no pase de ser un saludo a la bandera: el proyecto de doble indemnización está en aguas de borrajas, las sesiones ordinarias terminan el 29 y nadie cree que el Poder Ejecutivo tenga intenciones de incluirlo en las extraordinarias. Es nada más que una posibilidad, porque las certezas quedaron sepultadas por los cascotes de la crisis. Es probable que las turbulencias sociales obliguen a moyanistas y kirchneristas a reconocer que los márgenes de maniobra se agotan. Las danzas y contradanzas con que juguetearon estos años pueden estar tocando a su fin.

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