En el reino del revés

Por: Susana Viau.

El matrimonio presidencial padece el síndrome de la suerte invertida: hasta lo que hacen bien les sale mal. Y no hay "éxito" que esconda la debilidad del esquema de poder K. A contramano de lo que prometía la era Cristina, hasta el progresismo se "moyaniza". Los perdedores e impresentables ganan espacio en un Gobierno dado vuelta.

Un principio no escrito de la política asegura que cuando un gobierno se encuentra en estado de gracia sale bien incluso lo que hace mal pero al acercarse el ocaso la ecuación se invierte y sale mal hasta lo que hace bien. En esa segunda fase parece haber ingresado la administración de Cristina Fernández, cuya decisión de recibir en la residencia de Olivos a la plana mayor de las corporaciones empresarias pasó sin pena ni gloria. El mensaje de la Presidenta se esforzó en mostrar temperancia y como contrapartida tampoco recibió reclamos perentorios. En la mesa que Julio De Vido compartió con una mayoría de hombres procedentes del negocio energético se habló de la indispensable actualización de tarifas, pero no hubo cortocircuitos: el ministro comparte ese diagnóstico y la coincidencia lo convierte en un aliado del sector. La convocatoria fue amplia y acudieron todos (nadie da plantones a un jefe de Estado), los que se sienten perseguidos por el gobierno, los que se consideran amigos del gobierno y, por supuesto, los que han ganado mucho dinero gracias al gobierno. Sólo un dato evidenció que a los Kirchner les cuesta cambiar de registro: la invitación incluyó a La Nación y dejó fuera al Grupo Clarín, el multimedios más poderoso del país. De todos modos, pese a los pronósticos de buenaventuranza de la Presidenta nadie se retiró de la calle Villate con el fervor de invertir. El gesto amistoso de Cristina Fernández se había demorado tanto que sus resultados fueron prácticamente intrascendentes.

Por el contrario, el oficialismo eligió que el Congreso del PJ bonaerese se tramitara sin demasiado despliegue informativo. No obstante lo que aconteció tuvo una importancia sustancial para quienes saben leer los códices del peronismo. Kirchner debió emplearse a fondo para imponer como titular del máximo órgano del justicialismo provincial a su candidato, el nicoleño José María Díaz Bancalari, contra el deseo de la gran mayoría de los caciques comunales que propiciaban a Horacio González, presidente de la Legislatura bonaerense. Es que González, por su cargo, representa para los intendentes un cierto margen de independencia del Ejecutivo provincial y en esta etapa también de la Casa Rosada; Díaz Bancalari, hoy híper "K", sufrió en las legislativas de junio un sonoro fracaso en su distrito a manos del felipista Ismael Passaglia. Desde esas fechas el justicialismo provincial sólo designa derrotados para dirigirlo. El resentimiento de los jefes municipales se evidenció en las ausencias. Aún los más disciplinados admiten que del número total de delegados (907) apenas se hizo presente un 30 por ciento y el quórum (la mitad más uno) se logró a fuerza de buena voluntad y lapicera ¿Qué había pasado para que de los 15 punteros del cacique de José C. Paz Mario Ishii, sólo concurrieran 6? ¿ O que no estuvieron visibles sino 5 de los 28 representantes de Lanús, donde pisa fuerte José Pampuro? Más lógicos eran los números de San Martín –territorio de Graciela Camaño– envió 8 de los 36 que tiene acreditados. El faltazo de la primera (norte) y tercera (sur) fue el más notable, pero a excepción del vicegobernador Eduardo Balestrini, ni siquiera los cuadros peronistas del gobierno de Daniel Scioli se acercaron a Tres de Febrero. Era la primera gran rebelión del conurbano. Kirchner debería haber tomado nota de que el fastidio, el hastío y el temor por el futuro está ganado el aparato sobre el que quiere hacer descansar su destino y para el que se ha convertido en un peso muerto.

No es fácil que lo haga. El esposo de la Presidenta no sabe retroceder ni corregir el rumbo. Por eso, cuando llama a "profundizar el modelo" lo que pide, en realidad, es aumentar la presión. Lejos quedó la promesa implícita que Cristina Fernández hizo en diciembre de 2007. Nada del otro mundo: detener el desgaste de las instituciones, realizar una acción civilizatoria respecto del esquema de poder que su marido había construido, moderar el rostro brutal que imprimían a la gestión personajes como el secretario de Comercio Interior Guillermo Moreno, el ministro del Interior Aníbal Fernández, el piquetero Luis D’Elía o el secretario general de la CGT Hugo Moyano. Sucedió lo contrario. En cambio, el progresismo que rodeó al matrimonio santacruceño se "moyanizó". En esa trampa cayeron funcionarios de la cultura, divulgadores filosóficos y hasta dirigentes de derechos humanos, forzados a defender de mala manera lo que quizás en el fondo les resulte inaceptable. Por lo demas, lo que los patagónicos entienden por transparencia quedó reflejado en el reciente fallo del juez Norberto Oyarbide, que entre gallos y medianoche y con la ayuda del contador personal del matrimonio, determinó que su crecimiento patrimonial estaba dentro de los parámetros normales. Salvo que el kirchnerismo tenga un ejército de militantes dispuestos a la inmolación, es improbable que Oyarbide pueda repetir la performance del 11 de septiembre de 2001, cuando la Comisión parlamentaria de Juicio Político, en una sesión de no más de 45 minutos y con la defensa del menemista Augusto Alasino, obró el milagro de salvarlo de la destitución. Entonces, el argumento que cundió entre los diputados del oficialismo que sostenían su inocencia fue que la acusación podía rozar la esfera privada. En verdad, únicamente un magistrado con pasado y sin futuro podía haber cumplido la misión de absolver los balances del matrimonio .

Fueron pocas las voces que se hicieron escuchar para justificar el escándalo. La más estentórea, como siempre, la de Aníbal Fernández, amenazado él mismo por las vinculaciones quilmeñas de la causa del triple crimen. El jefe de Gabinete , que tiene una alta compatibilidad con el estilo de su jefe, también se especializa en soluciones drásticas y en fugas hacia adelante. Requerido su auxilio desde Olivos, no ha tenido reparos en interferir medidas judiciales, opinar sobre el estado mental de los magistrados que las dictan o producir cortocircuitos con la Corte Suprema. El ejercicio desgasta a Fernández a pasos agigantados, pero es el perfil que se impone. Mucho más parecido al de una patrulla perdida que al de un equipo de gobierno. No deja de ser preocupante que los resortes del Estado estén en manos de un conjunto de hombres que tienen poco para perder.

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