Rehecha la ley

Por M. Caparrós.

Ayer, tras tanta tinta, tanta cháchara chocha, tanto tonto tanteando al tuntún, la Honorable Cámara de Diputados de la Nación –Argentina– terminó votando a favor de la ley más debatida de los últimos tiempos.

Ayer, tras tanta tinta, tanta cháchara chocha, tanto tonto tanteando al tuntún, la Honorable Cámara de Diputados de la Nación –Argentina– terminó votando a favor de la ley más debatida de los últimos tiempos porque el gobierno había cambiado algunos de sus artículos. ¿Puedo decir que ese proceso de negociación que Morales Solá en La Nación definió como "un gesto desesperado", Susana Viau en Crítica de la Argentina como "un mamarracho mezquino", Clarín en Clarín como "una marcha atrás" y Macri como "fachista" en todos lados, me pareció un gran momento democrático? O, por decirlo de un modo menos precioso y más preciso, un ejemplo infrecuente de funcionamiento de los mecanismos de la democracia de delegación.

Digo: un gobierno pretende sancionar una ley para regular una cuestión que visiblemente le importa mucho, y la presenta a la consideración de los legisladores; los oficialistas, faltaba más, dicen que la votan, pero una cantidad de diputados de otros partidos dice que así no porque tal, porque cual. Entonces el gobierno, que por supuesto quiere que aprueben su ley, la cambia para conseguir el apoyo y el consenso –el famoso consenso– necesarios y, al fin, gracias a esos cambios, logra la media sanción más complicada.

Si esto no es lo que pensaban los que inventaron el sistema parlamentario, que vengan y me expliquen cómo era. Todos los demócratas que le reprochaban flamígeros al gobierno su tozudez, su obcecación, su caprichonería, su autismo y, por supuesto, su autoritarismo ahora lo acusan de haber modificado su proyecto para ganar los votos que necesitaba. Lo acusan de haber cooptado a ciertos opositores: cuando socialistas, solanistas y otros explicaron por qué se oponían, el gobierno medio satifizo sus demandas y les permitió –los obligó– a votar a favor. Fue una maniobra –perfectamente democrática– bien hecha y ahora estos opositores tienen que explicarles a muchos de sus votantes, que los votaban por opositores, por qué votaron a favor de una ley del gobierno –en un asunto que sale del blanco o negro fácil y pasa al gris, siempre más complicado de traducir en un minuto de televisión o tres de radio.

Los demócrata-reprochistas acusan al gobierno, además, de haber apurado el trámite –después de haberlo acusado antes, durante meses, de darle largas–, e incluso se retiraron de la sesión alegando que empezó media hora tarde. Mientras tanto, los grandes medios, abroquelados como nunca, insisten en su defensa acérrima de la libertad oíd mortales. Ya escribí hace quince días aquí mismo lo que pienso cuando veo a Clarín, La Nación y otros buenos muchachos enarbolando la "libertad de prensa"; también lo escribió aquí mismo ayer, mucho mejor, Reynaldo Sietecase.

Insisto: me sorprende que hoy nadie salga a hablar de democracia. La democracia no es mi fetiche favorito pero ustedes, estimados, que se llenan la boca con democracia, se hacen gárgaras de democracia a la mañana, buches de democ rac i a después de las comidas, lavativas de democracia tras las deposiciones, deberían festejar alborozados. Señores Pro, señoras Acuerdo, señoritas coberas, señores y señoras etcétera y etcétera, ¿no deberían proclamar su felicidad porque el congreso por fin ha servido para algo, los mecanismos democráticos para algo, para algo los debates de un proyecto?

Por supuesto que nada de eso hace olvidar que la ley de Medios está llena de aspectos poco claros, ni que las razones del kirchnerismo para impulsarla ahora –tras seis años de gobierno en alianza con sus neoenemigos– se mantienen oscuras, ni que sigue siendo muy sospechoso de querer usarla –como ha usado la mayoría de sus medidas– para su beneficio político y personal. Ni, sobre todo, el hecho de que nos hemos pasado semanas envueltos en un manto de neblina –a.k.a. Nube de Pedos– en que pareciera que nada nos importa tanto como la propiedad de las radios y las televisiones. Semanas en que los medios no hablaban de otra cosa –salvo cuando perdían Boca y Argentina o ganaba Del Potro. Semanas en que se consagró, sin más rivales, la sociedad virtual, donde lo que importa son los medios, el país son los medios, nuestras vidas son medios o medias, todos somos Mirta Marcelo y Susana planos y borrosos. Si todos –gobierno, diputados, medios, ciudadanos– dedicáramos el mismo interés, la misma energía, el mismo hambre a discutir cómo solucionar ciertas cosas mucho más urgentes, quizá terminaríamos por notar que los medios son sólo una pequeña parte de ese todo. O que hay muchas personas a las que los medios les importan –dicho sea con el debido respeto– no más de dos carajos y dos tercios, porque es difícil mirar la tele con la panza vacía y la certeza de que no sabés cómo hacer para llenarla.

Hay azares. Ayer salió, más o menos chiquita en los diarios, hundida bajo la marejada de invectivas, una de esas cifras que, cada tanto, alguna organización internacional descubre y lanza: que el planeta llegará, este año, a un record mundial de mil millones de hambrientos. La efectividad mediática de esas cifras descansa, por supuesto, en nuestra nabidad: ¿por qué mil millones de personas con hambre en el mundo sería peor que 997,3 millones de personas con hambre en el mundo? Pero el golpe –leve, breve– funciona leve y brevemente y sirve para que usted señor, usted señora, piensen durante ocho segundos tres quintos en el hecho de que hay personas –mil millones, decimos– que no comen lo que deberían. Y también para que la maquinaria mediática pare de hablar de sí misma durante 4000 caracteres –la mitad de esta nota demasiado larga– y para que el gobierno y los diputados y la sociedad no le hagan ningún caso a la parte que nos corresponde.

Digo, señores K, ya que están lanzados, enhiestos, dispuestos a la lid: ¿por qué no tratan de convencernos de que no son lo que lamentablemente muchos creemos que son y dedican estos pocos meses de mayoría parlamentaria que les quedan a una ofensiva contra el hambre y la pobreza en la Argentina? Se me ocurre una idea y se las regalo, porque no hay nada más barato que una idea: quizá recuerden que, en un país donde se pagan cada vez más impuestos –donde los empleados pagamos impuestos, los productores agropecuarios pagan impuestos, los comerciantes pagan impuestos, los industriales pagan impuestos, cualquier comprador de un litro de leche paga muchos impuestos– los únicos que no pagan impuestos son los zánganos rentistas de la Bolsa y otros especuladores financieros. ¿No les suena? ¿No les parece suavemente intolerable? ¿No se imaginan que podrían matar dos pájaros de un tiro: proponer una ley que grave las transacciones financieras y –para no repetir el error de la 125– destine, explícita y obligatoriamente, esa recaudación a combatir el hambre? Y que, para que no tengamos que creer que se la van a guardar o la van a repartir con sus amigos o la van a usar para comprar votos, la ley defina desde el principio qué organizaciones no gubernamentales van a recibir todo el producido de ese impuesto justísimo para que, sin gastos burocráticos, sin especulaciones clientelistas, la usen para dar comida a los millones de argentinos que forman parte de esos mil millones. O, mejor: para organizar actividades productivas –cooperativas, autogestiones varias– que hagan que esos millones de argentinos no sigan dependiendo del Estado y de la caridad para comer de vez en cuando. Y después, si quieren, podemos seguir hablando –en serio– de redistribución o, incluso, de mejorar la sociedad argentina.

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