Un regreso que no tuvo clamor y que desnuda la crisis del partido

Por: Eduardo van der Kooy

Kirchner se refugia en el PJ y en la CGT de Moyano. Le teme al clima social que se viene instalando.

Pareció haber mucha más resignación que euforia. Se escucharon sólo las voces de los incondicionales. Esa atmósfera alcanzaría a reflejar, tal vez, el pobre e incierto sentido político que encierra el regreso de Néstor Kirchner a la conducción del Partido Justicialista.

De allí había salido, con el juramento de no volver, el pasado 28 de junio, un día después de la derrota electoral. Pero ni esa derrota, que tuvo sus expresiones notables en Buenos Aires y Santa Cruz, logró arrancar al peronismo de la siesta en que lo fue sumiendo el ex presidente en los últimos años.

Kirchner fue mas cuestionado en corrillos que en público por los dirigentes peronistas que lo responsabilizaron de la derrota. El ex presidente tuvo la astucia de esterilizar enseguida a quienes podían convertirse en competidores de riesgo. Maniató a Daniel Scioli en la administración de Buenos Aires, pendiente de los recursos financieros de la Nación. Lo ahuyentó a Carlos Reutemann. Le dejó al bonarense la tarea de reorganizar al PJ. Sabía que para el gobernador era una misión imposible.

¿Por qué razón? Porque Scioli también fue vencido en las legislativas. Porque, pese a su indiscutida pertenencia al PJ, no posee ningún predicamento entre los caudillos del interior. Tampoco lo tiene entre los intendentes del conurbano bonaerense. Al cabo de los primeros escarceos el mandatario se percató de todo.

Podría haber tomado ante el fracaso, quizás, otro rumbo. ¿Cuál? El de la renuncia para abrir un curso sucesorio en el partido. Pero ese gesto hubiera podido significar la apertura de un debate inconveniente para el ex presidente. Scioli ha anudado, definitivamente, su futuro político al de Kirchner.

"Me hubiera suicidado", confesó con impotencia, días pasados, en una charla íntima. Tampoco está seguro que con la reposición de Kirchner en el PJ haya terminado de eludir aquella fatalidad.

Scioli montó el "operativo clamor" a instancias de su vicegobernador, Alberto Balestrini. Aquella maniobra fue adornada apenas por acólitos: Hugo Moyano, José Díaz Bancalari, Nicolás Fernández, Carlos Kunkel. Con excepción del gobernador de Buenos Aires, no hubo otro mandatario que celebrara el regreso del ex presidente. Jorge Capitanich, del Chaco, lo hizo con una indisimulada tibieza.

Varios de los que asistieron al cónclave de anoche en La Plata lo hicieron luego de ser conminados por teléfono. Hubo un emisario de Kirchner que, en las horas previas a la cumbre, visitó a Alberto Fernández en su domicilio. El ex jefe de Gabinete es secretario General del Consejo del PJ.

El ex jefe de Gabinete escuchó al mensajero que no supo explicarle las verdaderas razones del regreso de Kirchner al partido. Le dijo que no concurriría a la reunión porque prefería evitar su voto en contra del retorno. "Esto no tiene ningún sentido", le dijo al visitante antes de despedirlo.

Otros dos dirigentes aprovecharon la ocasión para acentuar la distancia que habían tomado antes. Mario Das Neves, el gobernador de Chubut, fue uno de ellos. Jorge Busti, el otro. El entrerriano se había ido del Consejo partidario un par de semanas después de la derrota.

Tal vez, sin proponérselo, Florencio Randazzo coincidió con aquella mirada escéptica de Alberto Fernández. El ministro del Interior manifestó que no era necesario que Kirchner volviera al PJ porque su deber político estaría por encima del partido. Randazzo pareció descubrir el dilema que enfrenta de cara al 2011 el ex presidente: el refugio en un PJ en crisis y vacío de convicción lo alejaría de la posibilidad de pensar en el armado de una fuerza política más amplia capaz de sostener su renovada esperanza presidencial.

Ese horizonte estaría todavía demasiado lejos para Kirchner. Las urgencias son ahora otras y tienen relación con el Gobierno de su esposa, Cristina. El viejo PJ y el sindicalismo de Moyano serían los puntales para sostenerlo en un tiempo plagado de acechanzas.

Una de ellas es el retorno militante de Eduardo Duhalde. Kirchner cree ver su mano en algunos focos de la agitación social de las últimas semanas. Pero le teme, además, a la posibilidad de que logre desgranar algo de un partido que se desgrana con facilidad

Las otras acechanzas ruedan por las calles. Son los piqueteros no kichneristas que marcharán hoy por la ciudad y son los pleitos sindicales -como la huelga de ayer en los subtes- que escapan al gremialismo tradicional.

Su propia legión piquetera ya parece insuficiente para controlar la calle. Por ese motivo, quizás, Moyano anunció una marcha para el viernes 20 de respaldo a los Kirchner. Moyano está como Scioli: condenado a la suerte del ex presidente.

Esa es la verdadera escena que asoma detrás del regreso de Kirchner al PJ. Una escena sin clamor, con demasiadas necesidades e incertidumbres.

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