El regreso de los muertos vivos

Por: Jorge Elías.

El Bicentenario no nos encuentra unidos ni dominados, sino peleados con el espejo.

El Pacífico no es tan pacífico como parece: da nombre a la guerra que, entre 1879 y 1883, libran Chile, Perú y Bolivia. Esa guerra deja tantos muertos como cicatrices. Cada tanto afloran los traumas. Bolivia, privada de mar, observa cómo Chile y Perú, privados de diálogo, aún mantienen un contencioso por la frontera marítima en la Corte Internacional de Justicia de La Haya. En el máximo tribunal de las Naciones Unidas, también dirimen sus entuertos la Argentina contra Uruguay; Nicaragua contra Colombia, y Ecuador contra Colombia. En 2007, Honduras y Nicaragua resuelven en ese ámbito sus disputas territoriales.

La hermandad latinoamericana, más creíble en la voz de Mercedes Sosa que en la coherencia de sus gobiernos, no suelda políticas comunes; amontona voluntades esporádicas. Evo Morales ve a Alan García "muy gordo y poco antiimperialista". García sospecha que Morales ha suscripto "un acuerdo bajo la mesa" con Michelle Bachelet para obtener la salida al mar. Bachelet, a punto de coronar su presidencia, lidia con García por un escándalo de espionaje atribuido a un suboficial de la fuerza aérea peruana, presunto colaborador a sueldo del servicio secreto chileno.

García, cuyo índice de adhesión popular dista mucho del alcanzado por Bachelet en su presidencia, deja que se le inflame la vena nacionalista: denuncia "actos repulsivos que no corresponden a un país democrático". Las secuelas de la discordante Guerra del Pacífico brotan, un siglo largo después, en improperios contra Chile, tachada de "republiqueta" que se siente "envidiosa". Es tan exagerada la reacción que se acerca más al arrebato de un marido despechado que a una proclama gubernamental.

Morales, a su vez, se recarga o se recicla a sí mismo hasta 2015 tras ser reelegido al amparo de la nueva Constitución de Bolivia, de corte indigenista, en un país cuya población es mayoritariamente indígena; la fórmula opositora está integrada por Manfred Reyes Villa, ex prefecto (gobernador) de Cochabamba, acusado de corrupción, y Leopoldo Fernández, ex prefecto de Pando, procesado por la matanza de 13 campesinos en 2007.

No sólo entre los países, sino dentro de algunos de ellos priman la crispación y la desconfianza. En vísperas del Bicentenario, América latina no está unida ni dominada, sino zurcida a garrotazos.

Entre Venezuela y Colombia, los chisporroteos son continuos. Detrás de todo, según Hugo Chávez, están los servicios de inteligencia de Colombia y, tras el permiso de Alvaro Uribe para el desembarco de soldados norteamericanos en sus bases, el gobierno de los Estados Unidos. La CIA, cuya única obsesión parece ser tumbarlo, monta "operaciones basura", según la fina expresión de Cristina Kirchner, para enlodarlo después de ser generoso con los bonos adquiridos a la Argentina con menos burocracia y más interés que el Fondo Monetario.

En la región ni los muertos descansan en paz. Uno ha vuelto de la tumba para complicarle la vida al presidente en Guatemala, Alvaro Colom; lo acusa el difunto abogado Rodrigo Rosenberg, en un video póstumo, de planear su asesinato. Cerca, en Honduras, el regreso de los muertos vivos ha ejecutado un golpe de Estado. Es la ocurrente fórmula de "sucesión constitucional" que supervisa el supuesto presidente, Roberto Micheletti, para evitar que Manuel Zelaya, refugiado en la embajada de Brasil en su propio país, convoque a un referéndum para validar en forma ilegal su reelección, alentada por Chávez. En el ínterin, con la crisis en ebullición, Porfirio Lobo pasa a ser el presidente electo, bendecido por los Estados Unidos, Costa Rica, Panamá, Perú, Colombia y México.

Con ellos discrepa, entre otros, Luiz Inacio Lula da Silva, el gran fenómeno de 2009. Lo han adoptado como modelo el presidente electo de Uruguay, José "Pepe" Mujica, y los candidatos chilenos sin distinción. Los actuales mandatarios, Tabaré Vázquez y Bachelet, gozan de una alta aceptación y no por ello, o quizá por ello, se rehúsan a dejarse tentar con reformas constitucionales para ser reelegidos. Ese recurso, probado en la década del noventa, requiere un presidente alienado, un oficialismo alineado y una oposición desaliñada. Con él coquetea por segunda vez Uribe sin reparar en la advertencia de Bolívar que Chávez también soslaya: "La continuación de un mismo individuo frecuentemente ha sido el término de los gobiernos democráticos".

Dos siglos después de ese aviso, las repúblicas caudillistas sin cultura democrática que teme legar la mayoría de los próceres son, en ocasiones, democracias electorales sin cultura republicana, más concentradas en el rédito interno de sus disputas que en el beneficio externo de sus potencialidades. En ellas, desprovistas del espíritu de soberanía compartida que guía la Unión Europea, cada tanto afloran los traumas. Cada tanto, entre reforma y reforma, cobran subsidios y votan en las elecciones los muertos y hasta se atreven a enseñarles las uñas a los vivos. No está en discusión la democracia, sino su calidad. Entonces, el Pacífico no es tan pacífico como parece y el futuro amenaza con conjugarse en tiempo pretérito.

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