Regalado.

ARGENTINOS 1 – INDEPENDIENTE 1: El Rojo estaba casi perdido, avanzaba a los ponchazos tras ser dominado por el rival, hasta que a Torrico se le escabulló la pelota ante un zurdazo de Montenegro.
Independiente andaba regalado en el juego cuando de última le cayó un regalo del cielo.

Entre el hambre de uno y las ganas de comer del otro -por rendimientos futboleros en el torneo- el destino le tiró un hueso al Rojo con su empate milagrero. Fue con un zurdazo de Montenegro, cazada la pelota de un pique, y que se le resbaló al arquero Torrico como si tuviera manteca en sus manos.

Se vivía una voluntarista pero inocua -hasta entonces- reacción de Independiente, motorizada por su vergüenza deportiva y la inyección de algunos cambios. Enfrente se daba una riesgosa autoregulación de Argentinos en su desarrollo ofensivo. Porque casi todo el partido (salvo los 10 minutos iniciales), la propuesta del Bicho fue más ganadora. Se trasuntaba en el 1-0 parcial, y no era más abultado porque Bogado pegó un pelotazo en un poste, entre otras llegadas con pimienta. Con esa perspectiva, el rival con uno menos y sin llegada, parecía más fácil que se forzara un eventual 2-0 que el 1-1 final.

En esa última media hora se dieron dos situaciones contrapuestas: Argentinos trató de defenderse con la pelota, pero retrasado, sin presionar tanto adelante, como antes. Y los cambios de Gallego fueron de corte ofensivo, con audacia, como debe ser. Lo patentizó la entrada de Patito Rodríguez por Viola, quien por entonces, ya era volante derecho, tras la expulsión de Godoy, y atrás quedaba el trío Gioda-Tuzzio-Rodríguez. Además, ya había agregado a Sosa, con Montenegro en tres cuartos de cancha para acompañar los arranques del Patito.

Lo dejó venir Argentinos, y trató de afinar sus contraataques a las espaldas de los volantes visitantes. Pero se esfumaron sus definiciones, por culpas propias o coberturas del fondo rival.

Ya no era el Bicho que mandó media cancha con sociedades, sentido colectivo, decisión y convicción, aunque no acertara al arco. Igual, parecía que el resultado le alcanzaba. No había fuertes sospechas de lo que estaba por suceder. Al menos, los centrales sacaban todo de arriba, Ortigoza ya no tenía a Ríos que le peleara el sector, y sólo lo mantenían alertas algunos intentos esforzados por los costados, de Patito y de Centurión. Al Bicho cauteloso, autoretenido, sólo le llegaban centros muy pasados o a la cabeza de Caruzzo-Sabia, ante el irresoluto Nuñez. Hasta que Montenegro igualó de la manera menos pensada. Ahí pagó por no ser perseverante en ataque.

Independiente, vía Gallego, anda en una etapa de reformas compulsivas, a pura tachadura y búsquedas de perlitas. Le va a servir para el futuro, pero por ahora va de pena en pena, atenuada ayer por la curiosidad del caso Montenegro-Torrico. Al menos acierta con las cambios de coyuntura, para remendar la formación inicial. Y además de la contribución ajena, contó con ese aura que emana de no darse por vencido ni aún vencido.

Comentá la nota