Reforma previsional: María Eugenia Vidal-Horacio Rodríguez Larreta-Marcos Peña: 17 horas de tensión, encerrados en un despacho

Reforma previsional: María Eugenia Vidal-Horacio Rodríguez Larreta-Marcos Peña: 17 horas de tensión, encerrados en un despacho

Armaron un búnker en las oficinas de Monzó. Cómo siguieron los incidentes. Los llamados de Macri. Los mimos a Carrió. Y la apuesta a sacar la ley sí o sí.  

El celular de Marcos Peña sonó a las 5 de la mañana. Horacio Rodríguez Larreta y María Eugenia Vidal deben haberse dado cuenta de que el que llamaba era el Presidente. Ya había ocurrido varias veces durante el día. El jefe de Gabinete se apartaba para poder caminar mientras hablaba.

-Decime si te puedo ayudar en algo. ¿Querés que llame a algún gobernador?- preguntó Mauricio Macri desde la residencia de Olivos.

Peña lo tranquilizó. La votación venía bien y en la calle ya nada podía ser peor que la rebelión de la tarde anterior, en la Plaza de los dos Congresos. Después de transitar varias horas en un estado de máxima tensión por los piedrazos, los policías heridos, los manifestantes detenidos y las corridas por los gases lacrimógenos y las balas de goma que tiraron las fuerzas de seguridad, ahora los macristas estaban en una suerte de efímero estado zen. Parecían tener los votos, pero aún faltaban dos horas para la votación. Persistía un fantasma del que preferían no hablar: que muchos diputados se levantaran de sus bancas a la hora de votar y que Cambiemos se quedara sin quórum. Ese fantasma se agigantó cuando Martín Lousteau les anticipó que no contaran con él ni con sus legisladores si eran indispensables para llegar a los 129 legisladores.

El trío Vidal-Larreta-Peña volvió a enfurecerse con el economista, que entró al despacho de Emilio Monzó para ir al baño y blanqueó sus intenciones. El trío había copado desde las 12 del mediodía del lunes las amplias oficinas del presidente de la Cámara baja. El lugar se convirtió en un búnker desde el que daban órdenes, recibían diputados y asesores y presionaban a los opositores. Fue una experiencia inédita para ellos. Convivieron allí durante 17 horas seguidas, como si fuera una casa, con el televisor encendido en todo momento. Seguían los incidentes en vivo, debajo de un enorme cuadro de Benito Quinquela Martín.

La tensión por lo que sucedía afuera empezó a expandirse apenas llegaron al Congreso. “El objetivo de estos tipos es tirar las vallas. Si tiran las vallas entran al recinto y termina todo con escándalo”, aseguraban. Los informes de la Policía de la Ciudad alertaban que el clima iba a ir in crescendo. El que tomó la voz cantante -y así lo haría durante toda la hora nada- fue Rodríguez Larreta. Se mantenía en contacto con su ministro de Seguridad dad, Martín Ocampo, y con el secretario, Marcelo D’alessandro. Diego Santilli también iba y venía por el despacho de Monzó. La orden del jefe de Gobierno y de su vice era que les transmitieran cualquier novedad en tiempo real. En paralelo con el accionar policial, el ministro del Interior, Rogelio Frigerio, su segundo, Sebastián García de Luca, y el diputado Nicolás Massot -los tres tenían un reservado en el despacho de Monzó- hablaban con gobernadores para supervisar que los que se habían comprometido a apoyar la iniciativa no se dieran vuelta. Lo volvieron a hacer en plena madrugada.

El oficialismo estuvo durante buena parte de la sesión sometido a un doble juego. Por un lado, lo que pasaba afuera del recinto y, por otro, cómo repercutían los incidentes en las bancas. Los kirchneristas Mayra Mendoza, Carlos Castagneto, Adrián Grana y Agustín Rossi se turnaban para acercarse a Monzó. Le pasaban sus celulares con videos que circulaban en Twitter con agresiones de la Policía a los manifestantes. “Hacé algo, hay que parar la sesión. Afuera se están matando”, le proponían. Monzó abandonaba su lugar y volvía presuroso al despacho. “¿Qué hacemos?”, preguntaba. Larreta lo tranquilizaba: “No es cierto lo que te cuentan. Tranquilo. Los que agreden son las manifestantes”. La preocupación regresó a la bancada de Cambiemos cuando en un canal de TV se dijo que había un policía muerto. Peña ordenó desinstalar esa falsa versión.

En el Gobierno nacional siempre trabajaron bajo la premisa de que un sector de la oposición iba a querer impedir que se sesionara porque se veía venir la derrota. Más aun: de Macri para abajo sostienen que los incidentes en la Plaza estuvieron coordinados con varios referentes políticos que estaban en el Parlamento. Concretamente, aseguran que La Cámpora se movió en tándem con la izquierda dura para tratar de desestabilizar al Ejecutivo.

Tiene que haber sesión”, había dicho, como única orden, el Presidente. “La ley debe salir hoy”, se convenció Vidal. La gobernadora había recibido en su teléfono una serie de fotos de parte de Cristian Ritondo, en la que se reflejaban los elementos secuestrados en los colectivos que cruzaban la General Paz rumbo a Plaza Congreso. Eran artefactos de fabricación casera, con los que, presumiblemente, pensaban tirar las vallas que dividían la calle del Congreso. “Es todo una locura”, decían cerca de la mandataria.

El Presidente había quedado con mucha bronca el jueves de la semana anterior, cuando el tratamiento en Diputados fracasó. “Hoy ganaron los malos. Hacía mucho que no ganaban”, dijo entonces en la intimidad. “El lunes no puede volver a pasar lo mismo”, indicó.

La estrategia de la Ciudad fue distinta a la que había empleado Patricia Bullrich. La decisión pasó por intentar demostrar que en la masiva movilización en contra del proyecto jubilatorio había una columna de militantes “dispuesta a romper todo”. Los policías recibieron la consigna de no responder con gases ni balas de goma en las primeras horas. Esa actitud volvió a provocar una grieta en el macrismo. Desde la Nación les pareció inapropiado exponer a los efectivos a una lluvia de piedrazos. “Una cosa es resistir media hora para que se vea en TV quiénes son los que provocan y otra es someter a una agresión permanente a los policías. Tuvimos 88 heridos”, decía el jueves a Clarín un ministro que parecía transmitir una idea del propio Macri. “No podemos permitir que eso vuelva a ocurrir” afirmaba.

Macri también se mostró disgustado con algunos videos que le mostraron en los que la Policía se excedía frente a personas que nada tenían que ver con los que tiraban piedras. “Eso tampoco puede pasar”, dijeron en su entorno. No hay autocrítica, sin embargo, con el rol de los efectivos frente a Mayra Mendoza, la diputada kirchnerista a la que le tiraron gas pimienta en la cara. En el macrismo creen, sin vueltas, que la legisladora fue a provocar y que un diputado no tiene más privilegios que un militante anónimo. Es más: algún funcionario reprochó que Eduardo Amadeo haya pedido disculpas por decir que estaba “perfecto” lo que habían hecho los efectivos con la diputada.

La que siguió cosechando elogios internos por su cintura parlamentaria fue Elisa Carrió. La diputada fue otra de las que entró y salió del despacho de Monzó dando indicaciones. Y fue, también, la más mimada. El macrismo le cedió el despacho de honor, contiguo al que deliberaban Peña Larreta y Vidal. Carrió llegó incluso a caminar descalza entre un despacho y otro. Y en un intervalo aprovechó para comer una milanesa y tirarse a dormir en un sillón rojo. Para tener una idea de cómo cuidan a Carrió, un detalle: alguien le acercó una almohada para que pudiera descansar mejor. Fueron apenas unos momentos de relax. Peña también tuvo el suyo. Aprovechó la hora de la cena para hacerse una escapada a su casa. Era su aniversario de casado con Luciana Mantero.

“Se vota”, dijo, al fin, el presidente de la Cámara. Eran las 7.05. La reforma jubilatoria se aprobó con 128 votos a favor, 116 en contra y dos abstenciones. “Lo logramos” dijeron Vidal, Larreta y Peña. Se abrazaron. Y enseguida cada uno se retiró a su casa. Media hora más tarde, sonó el teléfono de Monzó. Era Macri. “Felicitaciones”, le dijo, contento pero sin euforia. Monzó apagó el celular y se fue a dormir.

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