Reflexiones sobre la elección de mañana.

Por Tomas Abraham.

El debate de la semana pasada en el programa A dos voces sorprendió a casi todos por la pobreza de propuestas y la débil argumentación demostrada por los candidatos de la Ciudad de Buenos Aires.

Los más flojos fueron los liberales Michetti y Prat-Gay. La ex vicejefa no tiene preparación para discutir política. No basta con la buena onda. No tuvo respuesta ante el escándalo que significa cumplir con el 100% de las pautas presupuestarias para el bacheo de las calles, y la gravísima subejecución del plan de salud pública que apenas supera el 50%. Nada pudo argumentar ante la imagen de una nueva UCD vestida de PRO más interesada en la decoración vial que en los cuerpos de los "vecinos" pobres.

El candidato de la Coalición Cívica no conoce el terreno que pisa. Se lo ve mejor en una reunión del consejo de administración de alguna corporación que en los debates mediáticos.

Prat-Gay no tiene la mínima dosis de agresividad que exige la contienda política. Imaginemos a un economista o político convencido de las leyes del mercado debatiendo con la izquierda sobre la relación con el FMI o de la necesidad de bajar impuestos al trabajo; no se mostraría tan desconcertado como el desprevenido candidato. Prat-Gay no supo qué decirle a Heller cuando mostraba cartelitos de Clarín que titulaban su deseo de reingresar al organismo financiero.

Heller lo denunciaba como agente imperial por haber pertenecido a la Banca Morgan. El economista ni sabe ni se le habría ocurrido replicar que es peor haber apoyado a Videla como lo hizo el partido de Heller para beneficiar el exitoso intercambio comercial que programaba Martinez de Hoz con la URSS. Ese tipo de chicanas y buchoneos –que antes los empleaba la extrema derecha para descubrir y perseguir "subversivos"– se adecuan mejor a la izquierda sectaria.

Los dos candidatos de la izquierda se desempeñaron mejor. Están habituados a la discusión ideológica y al devaneo discursivo. Un comunista como Heller y un peronista histórico como Solanas entienden la política como un arte polémico. Conocen el tono de la lucha de facciones y el del vocinglerío del estado de asamblea.

Solanas quiere un Estado moderno administrado por los trabajadores. Pero su pensamiento remite a un país que no existe. Es un exponente puro del idealismo peronista. Hay un platonismo peronista. Evoca una Idea que nunca se hizo realidad por la supuesta traición de todos los gobiernos. En su alegoría, un sol llamado Perón brilla fuera de la Caverna de Platón en la que vivimos nosotros confundidos por las sombras neoliberales.

La escena estaría mejor filmada por Favio que por Solanas, que delira cifras y se apoya en la ideología espontánea de los argentinos: el caudillismo popular que oficia de dignidad nacional. Algunas de sus denuncias deberían investigarse con seriedad; en ese sentido tiene un talento denunciativo comparable al de Lilita, con quien además coincide en una misma voluntad utópica, la que remite al Estado junto al pueblo y su Jefe, o a una sociedad civil unida por un contrato moral.

Elisa Carrió estuvo el otro día en el programa televisivo conducido por Alfredo Leuco. Es la más culta de los candidatos. Habló de la pobreza de lenguaje en la discusión política acotada a un vocabulario que se hace consigna, y, no es para sorprenderse, de un pensamiento de consignas al fanatismo hay poco trecho.

Luego dijo que los partidos políticos tradicionales no tienen la flexibilidad que exige nuestra época. Citó a autores que analizan estas estructuras partidarias nacidas en el siglo XIX como formadoras de oligarquías. Esta calcificación dirigencial la transmiten a la sociedad.

Remitió al ejemplo de la Coalición Cívica en la que un espacio en red conecta partidos políticos con la mesa de intelectuales y otras organizaciones. Sin embargo, tan buena teoría no se condice con su modo de dirigir grupos organizados ni con la pésima elección de sus cabezas de serie en las listas de la Capital.

Pero creo que lo que sucederá en la provincia de Santa Fe y en la provincia de Buenos Aires tiene más importancia para el futuro del país que lo que puede acontecer en la Capital Federal. Scioli reconoció los méritos de Duhalde y Menem. No hace más que adelantar su próxima estrategia política en vistas a sus ambiciones presidenciales. Intentará alejar a Duhalde de De Narváez y fundamentalmente de Macri, atraer al peronismo provincial dialogando con los Rodríguez Saá, y reconvertir la política de trincheras de un kirchnerismo debilitado con su exitosa pose de hombre amable dispuesto al diálogo y a la reconciliación entre los argentinos.

A esto le agregará un acercamiento obstaculizado por peripecias de campaña con la Mesa de Enlace. Pero lo más importante es que existe la posibilidad de que asuma como diputado para mantener su postura de hombre sencillo y sincero. De ser así hará lo mismo que Ruckauf con Solá y le dejará a Balestrini el paquete de déficit e inseguridad de la provincia.

Reutemann hará lo mismo con alguna diferencia de matices. No tiene pensamiento político salvo el que lo favorezca en la escena nacional. Vacilará, se desdecirá, se unirá y separará de quien sea, y durante unos años más estará en el Senado.

Los dos, Scioli y Reutemann, intentarán reestablecer el tejido justicialista urdido por el menemismo del que provienen, con alianzas con el duhaldismo, para de este modo ofrecerse como una alternativa de peso a los que hoy gobiernan.

Pero si el socialismo gana en Santa Fe y De Narváez triunfa en la región bonaerense, las fichas del tablero cambian sin que se alteren necesariamente ni la mentalidad ni los proyectos. Respecto de De Narváez, una buena elección lo confrontará con Macri, e intentará hacer lo mismo que Scioli y Reutemann. Mezclará más retórica de seguridad, más mercado y estructura justicialista. Nada nuevo en este sentido. Los tres podrían estar en la misma boleta.

Si el socialismo gana en Santa Fe, la figura de Binner crecerá en desmedro de la de Cobos, que por ahora aspira a liderar a la oposición. El problema es que Binner no se desvive por ser presidente. Tiene sus ambiciones y sus preocupaciones nacionales, claro, pero le importa más una vida pública que comenzó como director de un hospital, concejal rosarino, una trayectoria de labores en el servicio público que pretende completar con una gobernación que se inscriba en la memoria de los santafesinos con la misma fuerza que sus dos intendencias de Rosario.

No tiene la menor intención de ser un nuevo jefe de una alianza que flota a la deriva sin una fuerza social de peso que lo sostenga, sin un acuerdo de organizaciones que compartan una estrategia para el país con vistas a los próximos veinte años, y sin equipos sólidos que trabajen en una reforma del Estado que lo haga "amigable", eficiente, y confiable.

Comentá la nota