Reflexiones entre La Doce, Grondona y algún monopolio

Por Pablo Alabarces.

Muchos periodistas, especialmente muchos medios de comunicación, se escudan en "la realidad" y en "la gente" para hacer barrabasadas ideológicas.

Hacer crítica sociocultural en este país es un trabajo complejo. La crítica no se hace en el vacío: significa combinar una serie de saberes y conocimientos con determinadas posiciones ideológicas. Algo parecido al periodismo "independiente": la diferencia es que los críticos asumimos nuestras posiciones, hablamos siempre desde algún lado, no nos refugiamos en una objetividad mítica y falaz. Muchos periodistas y especialmente muchos medios de comunicación se escudan en "la realidad" y en "la gente" para hacer barrabasadas ideológicas, encubiertas en la peor de las ideologías: la ausencia de ellas. En fin: Carrió, Macri o De Narváez hacen lo mismo, y para colmo dicen que hacen política…

Pero yo no hago política –no profesionalmente– ni periodismo. Hago sociología de la cultura. Y la hago lo mejor que puedo, pero también convencido de que es una crítica de izquierda, una crítica que parte del presupuesto de que esta es una sociedad de clases y radicalmente injusta, ordenada por jerarquías y estratificaciones, muy poco democrática. Se me dirá: eso se llama prejuicio. Y no es así: no, al menos, mientras alguien no demuestre que mi punto de partida es falso. Sobre esa base se ordenan otras: por ejemplo, estoy convencido de que el peronismo es una de las trampas más fenomenales que ha inventado este país para vender cortinas de humo. Un invento fantástico y poderoso, atractivo y seductor –digámoslo así: conozco el infierno por dentro. Desde esos presupuestos, hacer crítica significa comerse todos los palos: a juzgar por los comentarios de los lectores, soy una bestia amorfa pagada a veces por el oro kirchnerista y otras por el de Moscú o de la CIA. Sin ir más lejos, cuando hace poco quise defender a los colegas de Carta Abierta de las insinuaciones groseras de Noticias, el peor ataque no vino de Fontevecchia sino de José Pablo Feinmann y de Horacio González, que descendieron de sus alturas olímpicas para descerrajar anatemas sobre este pobre escriba. Y yo que pensaba que estaban para cosas mayores.

Lo cierto es que la crítica no significa ecuanimidad. No hay justo medio, salvo en las lecturas rápidas de Aristóteles que sigue haciendo Mariano Grondona. Uno tiene que pararse en algún lugar, aunque sea tan incómodo como la izquierda. Desde allí, la aparición de las famosas banderas "antimonopólicas" en las hinchadas de River y Boca el pasado superclásico exigen algo más que una condena: exigen leer a todos los involucrados. Nadie, salvo Aníbal Fernández, desconoce que ningún trapo ocupa el centro de una hinchada sin una decisión de su núcleo más duro, la llamada "barra brava". Y nadie desconoce que esas decisiones tienen dos posibilidades: o la ideológica –por ejemplo, las tomas de posición sobre Maradona o sobre Passarella, digamos– o la económica –un intercambio de bienes: la bandera, una mercancía al fin y al cabo, por dinero. Como las hinchadas son muy poco afectas a las posiciones ideológicas –son básicamente hinchas de sí mismas–, es difícil suponer que decidieron tomar partido por una ley antimonopólica: es muy fácil afirmar, en cambio, que volvieron a venderse al mejor postor.

Hasta allí, el análisis es sencillo. Pero esa sencillez escamotea un dato más amplio: justamente, que las hinchadas financian sus actividades y generan su plusvalía con este tipo de mecanismos. Y que –vengo diciendo esto inútilmente desde hace diez años– para las hinchadas esto es simplemente reclamar su parte del dinero corrupto y clandestino que genera el fútbol. Más aún: en última instancia, el gesto de La Doce y de los Borrachos del Tablón es similar al de Canal 13 en la transmisión del partido Argentina-Venezuela. Llevo semanas preguntándome cuál fue la razón periodística o espectacular que los llevó a enfocar cuatro veces a De Narváez durante el partido, único asistente entre 40 mil en recibir ese privilegio. Y todo lo que se me ocurre es otro intercambio de bienes.

Caerles a las hinchadas y al Gobierno por este hecho fácilmente identificable como delictivo –¿habrán entregado factura?– desplaza la atención del nudo de las cosas. Hace un año y medio que los incidentes reiterados en los estadios llevaron a los genios del fútbol a prohibir o restringir a las hinchadas visitantes. El resultado no fue el decrecimiento del fenómeno, sino la transmisión de todos los partidos por TyC. La presunta línea delgada que conecta a las barras con la política, la AFA y el monopolio mediático asociado es, para mí, un trazo gruesísimo, visible para quien quiera verlo. Y el centro de esta trama se llama Julio Grondona. Ni este Gobierno –ni ningún otro– ha tratado de echarlo, ni Clarín le ha enfocado jamás su poder de fuego.

Para desgarrarse las vestiduras hay que estar afuera de esa red. Para hacer crítica de izquierda hay que aprender a mirarla en su conjunto.

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