Reflejo de la Argentina que más queremos

Por Julio María Sanguinetti

Para un uruguayo, la Argentina es algo extrañísimo que se lleva adentro. Es la familia, aunque su parte siempre conflictiva; es la admiración a Buenos Aires trenzada con el recelo a su poderío, a su influencia, hasta al contagio de sus gustos; es un encaje sutil de sentimientos muchas veces contradictorios pero siempre poderosos.

Esas corrientes cruzadas se desvanecen, sin embargo, en la dimensión humana, en la que la Argentina supera sus desencuentros colectivos y le ofrece a nuestra civilización el ejemplo admirable de gente rutilante.

En esa longitud de onda hemos vivido por años nuestro sentimiento hacia Raúl Alfonsín, para nosotros un amigo entrañable, expresión pura de la Argentina que más queremos, la de los hijos de inmigrantes que hicieron su grandeza, la de esa clase media atenta al mundo que siempre mira hacia arriba buscando calidad, la fundadora de familias sólidas arraigadas en el cariño, la que hace culto de que la mano amiga nunca falle en la hora de la adversidad.

Es la Argentina de las escuelas de Sarmiento y la democracia de Alberdi, la mejor síntesis de esa larga polémica nunca acabada.

De esa estirpe era Raúl. Sensible, bueno, corajudo, luchador, honrado por donde se le buscara. Su voluntad lo lanzaba a la pelea, su razón le exigía el largo discurso razonado o aun el libro que siempre tenía en proyecto.

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Más allá de su peripecia política, sin fisuras en su convicción democrática, sin repliegues en su conducta, en este momento de tránsito se agranda más que nunca el ejemplar humano, al que -como todo agonista político- la mirada distante le suele nublar en su real naturaleza, escondida detrás del ruido de los episodios.

Cuando Raúl pronunciaba el célebre prefacio de la Constitución argentina y con su inconfundible voz comenzaba su rezo: "Nos, los representantes del pueblo de la Nación Argentina?", vibraba de emoción. No era gesto, era vivencia profunda, la razón de ser de su vida política.

Nunca fue un técnico del Estado, pese a que le gustó teorizar sobre él y su último esfuerzo intelectual a él se volcó. Así lo conocimos, aún diputado, en tiempos de lucha por los derechos humanos, bajo la dictadura militar, en que también nos alentaba a nosotros con la esperanza de la restauración democrática.

Así lo vimos, cuando en la inolvidable mañana del 10 de diciembre de 1983 le oímos decir su memorable discurso de posesión de la Presidencia. Nosotros estábamos junto a Juan Pivel Devoto, el gran historiador uruguayo, que iba acotando sus frases y me repetía, "es un discurso alberdiano, vea esta frase, mire esta palabra, pero el tono sobre todo"?

Vivimos juntos, más tarde, horas de lucha y de esperanza. Lo sentí orgulloso cuando mandó juzgar a los montoneros y a las juntas militares, a los que condenaba por igual. Lo vi sufrir amargamente cuando las circunstancias le impusieron la ley de punto final y de obediencia debida. En largas jornadas de avión, en las que él amablemente nos llevaba a mí y a nuestro canciller Enrique Iglesias, discurríamos sobre esos temas. No siempre coincidíamos, pero debatíamos apasionadamente sobre la consolidación de las instituciones.

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Lo entusiasmaba la vida internacional, en la clave de América latina. Cuando firmamos el Acta de Alvorada, en 1988, Sarney, él y yo, desbordaba de alegría, pensando que estábamos fundando lo que poco después sería el Mercosur. Estaba convencido de que si no se superaban las desconfianzas con Brasil nada era posible y encontró en Sarney el interlocutor exacto para despejar antiguas nubes de recelo.

Con el Grupo de Apoyo a Contadora, juntos vivimos la crisis de América Central, mancomunados en la gran causa de la paz. Con el de Cartagena, que enfrentó el tema de la deuda externa, se insuflaba de rebeldía frente a un mundo financiero cuyas constricciones siempre le molestaron.

Su formación era convencidamente antirrosista y antiperonista, pero con el tiempo había moderado esas pasiones de la juventud. Así fue que un día pactó en Olivos con Menem, para aceptar la reelección -en la que creía- con el balanceo de reformas que sentía fundamentales para democratizar la vida del país. Muchos no lo entendieron, pero puedo testimoniar la apasionada honestidad de su búsqueda, su convicción de que la Argentina precisaba entendimientos y un régimen más parlamentario.

En el gobierno, el tema militar y la inflación fueron su tormento. No siempre asumió los límites que le imponían y más de una vez podrán sus críticos decir que erró el camino. Pero nadie podrá dudar de que todos sus actos, aun los más discutibles, estaban inspirados en una profunda fe democrática y en la más honrada convicción de que era lo mejor para una Argentina a la que amaba profundamente y sin reservas, pese a que tantas veces se rebelaba contra las veleidades de su opinión pública.

No se podrá escribir la historia de la democracia argentina sin su figura y su lucha, sin su oratoria implacable contra los violentos y los prepotentes.

Esa perspectiva vendrá, inevitablemente. Hoy, sin embargo, lo sentimos en esa otra dimensión con la que comienzan estas líneas. La del hermano entrañable. La del amigo fiel, que queda vivo para el recuerdo. Cuando discutíamos, el me "acusaba" de italiano, por mi actitud de buscar atajos políticos para alcanzar un resultado, yo le replicaba con su condición de "gallego", empecinado y peleador. Empecinado y peleador, sí. Pero con una autenticidad poco común en estos tiempos de tanta gente "light" y tanta "imagen" sin sustancia.

El autor fue presidente de Uruguay en dos períodos constitucionales

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