Una refacción interminable

La pregunta del millón sigue siendo la misma: ¿se llega al 25 de mayo del 2010 o no con un Teatro Colón medianamente terminado? Desde el Ministerio de Desarrollo Urbano se afirma que sí, que llegan y enumeran los trabajos prometidos: la Sala Principal, el Foyer, el Salón Dorado, todas las fachadas y la Plaza Estado del Vaticano. Ante tanta promesa cabe preguntarse: ¿están las obras a tiro para llegar a tiempo y con el agravante de que la Sala Principal debe estar tres meses antes para ensayar?
El tiempo corre y sólo hay una cosa segura: desde la actual gestión no se cuestiona el accionar técnico de las dos anteriores, Ibarra-Telerman, y lo demuestran desde la permanencia casi completa de los técnicos y asesores de aquella época en la oficina actual. La innovación del macrismo reside en haber constituido una Unidad de Proyectos Especiales dirigida por el ingeniero Sebastián Maronese y en la incorporación de la empresa Syasa como gerenciadora, seleccionada por concurso.

Y es que la crítica del gobierno a todo lo actuado se centra en la mala coordinación de las obras y la completa desfinanciación que llevaron a recibir un Colón completamente parado y con un presupuesto absolutamente irreal. Ahora, se deposita la confianza en la nueva gerenciadora, subcontratada a un valor inédito y con una seguidilla de conflictos gremiales y críticas que no parece tener fin.

Por otro lado, el mayor engorro es la renegociación de contratos con la redeterminación de precios y lucros cesantes de todos los colores, ya que con argumentos netamente políticos el gobierno de la ciudad dejó de pagar durante meses. A esto, hay que sumar un punto clave. La actual gestión no se resigna a terminar las obras empezadas por otros, también quiere innovar y para eso pretende ampliar las obras, a costa de aumentar el presupuesto y para eso necesita que la Legislatura apruebe nuevos trabajos. Proyectos no faltan: no terminan de aceptar que los subsuelos sean destinados a talleres y punto, y ahí empiezan los nuevos requerimientos. Más camarines, espacios de apoyo, etc.

Por eso, esta obra que empezó tímidamente intentando aggiornar el máximo teatro de nuestro país, está terminando en una gran obra de costos económicos, políticos y gremiales impensados. Algunos enfocan también sus críticas a la gestión de Silvia Fajre que atomizó las obras del teatro en múltiples contratos. Lo cierto es que hoy se están pagando las consecuencias de tener que lidiar con múltiples actores, y con cada uno de ellos echándose culpas unos a otros.

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