Reescrituras

Por Horacio Verbitsky

Mañana, el municipio de Florencio Varela rebautizará Rodolfo J. Walsh a la Escuela de Educación Técnica N° 2, que se llamaba Pedro Eugenio Aramburu. La provincia de Buenos Aires resolvió que ninguna llevara el nombre de funcionarios de gobiernos dictatoriales y que cada comunidad educativa decidiera el reemplazo. En la Técnica N° 2 el 82 por ciento votó por Rodolfo J. Walsh. Buena manera de volver a cruzarse con Aramburu.

Walsh comenzó a publicar su incomparable Operación Masacre en lo que llamó suburbios remotos del periodismo, muy poco después del precursor fusilamiento clandestino ordenado por Aramburu en 1956. Desde esas páginas desafiaba a los asesinos, con la única protección de un escondite en el Tigre, un ridículo revólver de caño largo y una cédula falsa. La primera edición como libro es de 1957, cuando los responsables seguían en lo más alto del poder. En las reediciones de los quince años siguientes no alteró el relato de los hechos pero, además de los sutiles aligeramientos de estilo que muestran su maduración como gran escritor, le agregó cada vez su visión del país, que también se modificó con el tiempo.

Cada reescritura coincidió con algún punto de inflexión en el país y en su vida. La primera es de 1964 y la emprendió al terminar su cuento maestro, “Esa mujer”. Agregó que había perdido las ilusiones en la justicia y la democracia al ver que los muertos estaban bien muertos, “y los asesinos, probados, pero sueltos”. No le interesaba averiguar si estaba escribiendo una investigación periodística, un ensayo político o una obra literaria. Cuando un intelectual de revista le dijo que para que lo entendiera un lector francés debería modificar “Esa Mujer”, Walsh contestó: “No sé si quiero que se traduzca al francés”. El canon y la academia retrocedían en su lista de prioridades, igual que los personajes del nuevo periodismo burgués y de la nueva literatura de la década del sesenta (los derrotados de las clases medias, en un país donde la posesión de la tierra es la del poder, según la aguda observación de Aníbal Ford).

Comenzó la reescritura de 1969 en cuanto publicó ¿Quién mató a Rosendo?, de nuevo clandestino, por el cierre de la CGT de los Argentinos y la detención de sus principales dirigentes. Añade un “Retrato de la oligarquía dominante” en el que afirma que “dentro del sistema no hay justicia” y dice: “Que esa clase esté temperamentalmente inclinada al asesinato, es una connotación importante que deberá tenerse en cuenta cada vez que se encare la lucha contra ella. No para duplicar sus hazañas, sino para no dejarse conmover por las sagradas ideas, los sagrados principios y, en general, las bellas almas de los verdugos”.

En 1972, el año del regreso de Perón y de la pugna con Lanusse por el propósito y la conducción del Gran Acuerdo Nacional, sustituyó aquel retrato de la oligarquía por “Aramburu y el juicio histórico”. Como volvería a hacer en su póstuma “Carta Abierta a la Junta Militar”, además de la perversidad de la represión examinó su objeto: “Encarceló a millares de trabajadores, reprimió cada huelga, arrasó la organización sindical. La tortura se masificó y se extendió a todo el país con Aramburu. Su gobierno modela la segunda década infame, aparecen los Alsogaray, los Krieger, los Verrier que van a anudar prolijamente los lazos de la dependencia desatados durante el gobierno de Perón”. Enumera los esenciales: el endeudamiento externo y la desnacionalización de los depósitos, para que la banca internacional pueda “controlar el crédito, estrangular a la pequeña industria y preparar el ingreso masivo de los grandes monopolios”. Su balance es también escueto: “Un país dependiente y estancado, una clase obrera sumergida, una rebeldía que estalla por todas partes. Esa rebeldía alcanza finalmente a Aramburu, lo enfrenta con sus actos, paraliza la mano que firmaba empréstitos, proscripciones y fusilamientos”. Ya estaba encuadrado en las Fuerzas Armadas Peronistas, que consideraron la ejecución del ex presidente de facto como una medida más apropiada para la culminación que para la apertura de un proceso revolucionario. Walsh no la celebra, pero la explica como nadie.

También describe la creación de un prócer. “Los doctores liberales, la prensa, los herederos políticos canonizaron a Aramburu mediante el uso irrestricto del ditirambo y la elegía. Paladín de la democracia, soldado de la libertad, dilecto hijo de la patria, militar forjado en el molde clásico de la tradición sanmartiniana, gobernante sencillo y probo que rehuía por temperamento los excesos de autoridad, son algunos de los conjuros que escamotean a la historia el perfil verdadero de Aramburu.” Pero sabe que “no todos los partidarios de Aramburu eran tan necios como para consumir esa imagen”. Para quienes “con más inteligencia reconocían las causas del odio popular”, el Aramburu de 1970 no era el de 1956 y “colocado en las mismas circunstancias no habría fusilado, perseguido ni proscripto”. Como Lavalle, asesino de Dorrego, se habría arrepentido, consumando “un enigmático acercamiento a su tierra y a su pueblo”. Conjeturó que Aramburu llegaría a merecer “la cantata expiatoria de un Sábato futuro”. Para Walsh, “esa metamorfosis carece de importancia aun en el caso de que fuese verdadera”, porque “las perplejidades de Aramburu, ya lejos del poder, apenas si iluminan el desfasaje entre los ideales abstractos y los actos concretos de los miembros de esa clase: el mal que hizo fueron los hechos y el bien que pensó, un estremecimiento tardío de la conciencia burguesa”.

El miércoles se cumplirán 32 años de la desaparición forzada de Walsh. El grupo de tareas de la ESMA también se llevó su obra inédita. En cada relectura de la que llegó a publicar impresionan su lealtad al pueblo, su capacidad de análisis y de predicción, su conocimiento profundo del país, de sus conflictos y sus personajes. Si alguien le hubiera vaticinado el acto en Florencio Varela hubiera sonreído en silencio, como hago al evocarlo.

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