El día que Redrado amenazó con renunciar

El día que Redrado amenazó con renunciar
Ocurrió el 29 de diciembre. Fue para presionar al Gobierno a adoptar un cambio de postura sobre el Fondo del Bicentenario. Al fracasar se recostó en la oposición.
Martín Redrado masticaba bronca.

–Éste es mi límite. Me voy.

José Pampuro lo escuchaba estupefacto.

–En serio, es mi límite –insistía el titular del Banco Central.

En el lúgubre despacho del presidente provisional del Senado no volaba ni una mosca.

Redrado se presentó para entregar el balance anual del BCRA. Pero su preocupación era el decreto de necesidad y urgencia que le imponía la creación del controvertido Fondo del Bicentenario.

–En serio, no lo puedo bancar –repetía como una letanía buscando el auxilio de su interlocutor.

Pampuro respondía arqueando las cejas. Esta vez no cogoteaba hacia el televisor del rincón. Estaba apagado. Su única distracción era el café humeante sobre su escritorio.

Después de un sorbo largo le prometió hacer una gestión ante Aníbal Fernández para lograr un acercamiento. El jefe de Gabinete y Redrado se comunicaron. No llegaron a buen puerto.

En la entrevista a Gustavo Sylvestre, en el programa A dos voces, el repuesto presidente del Banco Central reconoció el contacto con el superministro K, evitó astutamente hablar de sus amenazas de dimisión y se quejó de la manera en que lo removieron del cargo, al entender que no tuvo derecho a defensa ni se cumplieron con los pasos legales.

Si bien ya lo había hecho en numerosas oportunidades, ese martes 29 de diciembre, en el despacho de Pampuro, fue la última vez que se escuchó hablar de renuncia al titular del Banco Central. Su propósito era ejercer presión para revertir la decisión de Néstor Kirchner, a quien apuntaba con sus críticas por la confección del DNU de la discordia.

Redrado dudaba de la legalidad del decreto y temía algún tipo de consecuencia jurídica. Aquel martes, con la misma excusa de hacer conocer el balance del BCRA, aprovechó su paso por el Congreso para que el senador y presidente del radicalismo, Ernesto Sanz, entre otros legisladores, se enterase de su verdadera preocupación.

El raid en busca de respaldo político –que formalmente recién obtuvo el miércoles 6 con la visita de Sanz y Gerardo Morales, presidente del bloque de senadores de la UCR– abonó la ira de la Casa Rosada. Por esas horas el conflicto todavía se mantenía soterrado. Kirchner no dio margen para una negociación. Nunca lo hace cuando le discuten poder en privado. Mucho menos cuando el diferendo toma estado público, como finalmente ocurrió.

La oposición arropó a Redrado, lo bendijo en su papel de víctima y, salvo algunas excepciones, evitó recordar su pasado en la ortodoxia menemista. Esta vez los Kirchner no pudieron blandir esa furia contra los 90 porque fueron promotores del ingreso del Golden Boy al Banco Central.

Para encontrar una definición dura sobre Redrado hay que remitirse a un artículo que el fallecido periodista Julio Nudler escribió el 16 de noviembre de 2004. "Es alguien denunciado incluso por Amalia Fortabat como coimero, y apañador de los Macri en una estafa a pequeños inversores por 34 millones de dólares, según comprobación de la Comisión Nacional de Valores", publicó quien durante años fuera jefe de la sección Economía de Página/12. Las dudas no se evacuaron ni siquiera después del cierre de las causas judiciales.

La evidente dificultad del oficialismo para centrar la discusión en la supuesta rebeldía de Redrado, y el endeble DNU que le permitía a la Casa Rosada disponer de 6.569 millones de dólares, corrieron el foco de atención hacia Julio Cobos.

Aníbal Fernández volvió con el inverosímil cuento de la conspiración cuando al vicepresidente nada le resulta más provechoso para su campaña que todos, incluso él, se mantengan en sus cargos. Al contrario, fue la Presidenta la que le hizo un flaco favor a la calidad institucional –tan declamada en sus actos proselitistas– al no explicar la urgencia del decreto. Sin vencimientos inmediatos a la vista, la razón de fondo no aparenta ser exclusivamente el pago de compromisos externos.

Cristina sí acierta cuando habla de la poca vocación que mostraron otros gobiernos para cuidar las reservas, pero eso no es óbice para convertir un organismo autárquico en una dependencia del Ejecutivo. En todo caso la modificación de la conservadora carta orgánica del Banco Central, hecha a medida para favorecer a la corporación financiera, es otra asignatura pendiente del kirchnerismo.

Si la Presidenta se sorprende por la acalorada reacción del arco opositor es que aún no calibró el efecto de las elecciones del 28 de junio. Aunque muestren entereza, los Kirchner son blancos débiles de la comunión discursiva de partidos que van de la derecha más reaccionaria a la izquierda combativa. Los intereses de las empresas periodísticas también asoman en ese escenario.

A menos de dos años del final del mandato, al matrimonio le urge un trabajo de introspección. La necedad para articular políticas, ya no sólo con dirigentes de otros colores políticos sino con sus propios funcionarios, presagia nuevos conflictos.

–¿El problema es tuyo? – suele indagar Néstor cada vez que desde su entorno procuran intermediar en un diferendo.

Antes de escuchar la respuesta, el ex presidente impone un remate censor.

–¿Entonces por qué te metés? –se despide, indulgente.

Se sabe, el santacruceño no es afecto al consenso. Exige encolumnamiento ciego, sin matices. Pampuro lo supo en la víspera de la reunión con Redrado, en aquellos días en los que se especulaba con su salida de la presidencia provisional de la Cámara alta. ¿Cuál fue el pecado? Dijo en radio Mitre, del archienemigo Grupo Clarín, que para 2011 el peronismo no tenía uno sino muchos candidatos en la gatera.

Lo reprendieron telefónicamente. Por unos días Pampuro dejó de ser Pampurito. El fiel senador que votó todas y cada una de las leyes fogoneadas por el Gobierno pasó las de Caín.

Cuando finalmente se encontró cara a cara con Kirchner, el peloteo fue inevitable.

–Escuchame, Pepe, nosotros somos un equipo –intentó tranquilizarlo el ex presidente.

–¿Equipo? Si a mí nunca me consultan nada –le reprochó el senador remarcando esa falta de sentido de pertenencia al que Néstor somete a ministros y secretarios.

Días después, Pampuro escuchó en su despacho cómo Redrado reproducía la misma queja. La diferencia es que el niño mimado del establishment, y hasta hace días del propio Gobierno, rompió definitivamente lanzas.

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