"Redistribuir genera oposición"

El italiano Giovanni Andrea Cornia vino al país de la mano de Flacso y PNUD. En esta entrevista con Página/12, repasa las razones que llevaron a una caída de la desigualdad en Argentina y la región y las dificultades para profundizar el proceso.
Entre 2002 y 2007, la distribución del ingreso en América latina mejoró en forma generalizada. Para el economista italiano Giovanni Andrea Cornia, se trató de "un proceso de redistribución prudente con crecimiento". Sin embargo, el especialista advierte sobre los obstáculos políticos y económicos que enfrentan los gobiernos de la región. Contra el recetario neoliberal, Cornia remarca que crecer no es suficiente para reducir la desigualdad. Para lograr ese objetivo son necesarias reformas en el mercado laboral, en la política social y en el frente fiscal. El italiano, que visitó el país invitado por Flacso y PNUD, estima que el impacto de la crisis financiera internacional sobre la distribución del ingreso es limitado y confía que un posible cambio en la orientación política de los gobiernos de la región no logrará revertir las mejoras en materia distributiva de la segunda mitad de la década.

–En los últimos años mejoró la distribución del ingreso en América latina, ¿considera que esa tendencia está agotada?

–No. La evolución de la desigualdad dependerá de la habilidad de los gobiernos para sostener las políticas implementadas en los últimos años en materia laboral, impositiva y gasto social. Las mejoras en la distribución del ingreso se estancaron el año pasado y en 2009 empeorarán entre dos y tres puntos por el impacto de la crisis financiera internacional. También subirá la pobreza. Un escenario muy similar se observa en Argentina. Más allá de la crisis global y pese a los avances registrados, los países latinoamericanos enfrentan grandes obstáculos para profundizar las reformas.

–¿Cuáles reformas y qué obstáculos?

–La reconstrucción de un Estado de Bienestar que ofrezca cobertura universal sin caer en los altos costos del modelo europeo. En este punto, es muy importante la universalización de las asignaciones familiares. También, es necesario diversificar el origen de los ingresos fiscales necesarios para financiar el gasto social. Además, como se ha visto recientemente en Argentina y Bolivia, las políticas redistributivas de los gobiernos enfrentan una importante oposición política de parte de algunos grupos. Por otro lado, el impacto de la crisis financiera internacional crea en algunos países brechas entre las respuestas esperadas y lo que pueden hacer en un escenario recesivo, erosionando así el apoyo electoral.

–¿Cómo se enfrenta en el corto plazo el impacto distributivo que puede tener la crisis financiera internacional?

–Las políticas fiscales contracíclicas que llevaron adelante durante la primera parte de la década la mayoría de los países permite sostener ahora los distintos planes de cobertura social y preservar las mejoras en la distribución del ingreso conseguidas. Los países se encuentran ahora con una situación para hacer frente al impacto de la crisis durante uno o dos años, además ya hay signos de recuperación. Incurrir en un déficit fiscal en este momento no sería un pecado. No es algo malo en sí mismo. No se puede tener una situación deficitaria toda la vida, es insostenible, pero en tiempos de crisis es necesario tener una política fiscal más expansiva.

–Cree que un advenimiento de la derecha en la región puede revertir los avances en materia de distribución del ingreso.

–No lo creo. Pueden ralentar la tendencia. Pero yo considero que las mejoras son en gran parte permanentes. El problema con los gobiernos democráticos de centroizquierda está en el largo plazo. Se puede vivir de la soja 10, 15 años más, pero es un proceso que se agota. El desarrollo económico no es un proceso sencillo y demora tiempo, pero hay que tomar decisiones.

–¿Cómo explica el proceso de caída en la desigualdad registrado entre 2002 y 2007 en América latina?

–Los gobiernos de la nueva izquierda latinoamericana, y algunos de derecha, aprovechando las condiciones externas introdujeron una serie de reformas económicas inspiradas en un paradigma de "redistribución prudente con crecimiento". No se trató de reformas radicales, sino que privilegiaron los objetivos macroeconómicos ortodoxos aunque con una clara diferenciación de las políticas impulsadas en los ’90 por el Consenso de Washington. Mejoró la distribución del ingreso porque los distintos gobiernos produjeron políticas con ese objetivo. La caída promedio en el coeficiente de Gini fue de entre 2 y 3 puntos, aunque en los países gobernados por gobiernos de centroizquierda como Argentina, Brasil y Venezuela, fue más pronunciada.

–¿Cuáles fueron las políticas que llevaron adelante para conseguir esos resultados?

–Las políticas fiscal y monetaria fueron muy prudentes y ortodoxas. Se acumularon reservas, que sirvieron para enfrentar salida de capitales, y se redujo la carga de la deuda pública. Se preservó un tipo de cambio competitivo y estable y se llevaron a cabo ciertas reivindicaciones en el mercado de trabajo: se subió el salario mínimo, creció la protección social, mejoraron las jubilaciones, se fortaleció a los sindicatos y se incentivó la formalización, aunque los niveles de informalidad siguen siendo elevados. Se empezaron a reconstruir Estados de Bienestar.

–¿Cuál fue la relevancia de las condiciones externas en ese proceso?

–No es tan significativa. Las condiciones externas mejoraron. El shock más fuerte vino por el lado de las materias primas. Es cierto que esto ayudó, pero para nosotros no fue tan relevante.

–¿Por qué?

–Los beneficiarios de la bonanza son los propietarios de las tierras, entonces el efecto directo no es positivo. Indirectamente sí. Existe un efecto favorable sobre el crecimiento pero su impacto sobre la desigualdad no es tan claro. En otras épocas cuando mejoraron los términos de intercambio no pasó nada con la distribución del ingreso. Europa oriental también experimentó altas tasas de crecimiento pero sus condiciones distributivas no mejoraron. Es más, empeoraron. Tampoco mejoró en los motores del crecimiento mundial como India y China, donde siguió creciendo la desigualdad.

Comentá la nota