Recuperar el alma de los números

Por: Norma Morandini

DIPUTADA NACIONAL, SENADORA ELECTA POR CORDOBA

Las urgencias económicas se nos impusieron como necesidad, mientras que la calidad democrática apareció como un artículo suntuoso. Tras décadas de crisis y urgencias, llegó el momento de construir una normalidad que nos trascienda.

Tal como Leonardo cinco siglos atrás, debiéramos pedir: "Matemáticos, corrijan el error. El espíritu no tiene voz". Hoy diríamos, el espíritu no tiene prensa.

La danza de números, cifras, porcentajes de la economía les robaron el alma a las cuestiones colectivas, o sea: la política. Hablamos del número de pobres, como si fueran una cosificación social y no una contingencia escandalosa sobre la que debiéramos trabajar. El hambre lastima el cuerpo y se cuantifica. La ignorancia, el autoritarismo y la mentira afectan al espíritu y no son escuchados porque no tienen voz.

Tal como sucede con el debate económico, dominado por las cifras sin que reparemos ni consideremos la vida que late detrás del número. O sea, la dignidad humana. Y ahora, como expresión patética de ese error de las estadísticas, entramos en otro falso debate que desnuda la superficialidad con la que encaramos nuestros desencuentros más profundos: el número de los presos-desaparecidos. Como si el número cancelara el despojo, el dolor, el miedo y la crueldad que entraña la tragedia de los presos-desaparecidos como bien debiéramos nombrar. Personas que fueron detenidas por fuerzas de seguridad y de las que se perdió todo rastro.

Un fenómeno desconocido que se conjuga en castellano y quedó simplificado en el número 30.000 desaparecidos. Una cifra símbolo por la que nunca nos preguntamos ya que la perversión del delito dominó toda la reconstrucción y castigo del terrorismo de Estado. Fue el carácter oculto, clandestino, el que nos obligó en todos estos años a poner nombres, reconstruir las vidas de aquellos que ya no están.

Yo misma pasé buena parte de estos años reconstruyendo lo que sucedió, preguntándome por qué nos pasó. Y ahora que me obsesiona saber qué vamos a hacer para crecer sobre ese oscuro pasado, debo regresar a mi tiempo de evocación para compartir un descubrimiento que, tal vez, explique el origen de la cifra 30.000.

Corrían los años noventa y como periodista de Todo Noticias, realicé numerosos pequeños documentales. En lugar de las grabaciones en el estudio prefería escenarios naturales como el de la Biblioteca Nacional. En el subsuelo donde se guarda el material sin clasificar, al azar, abrí uno de los diarios Crítica de Botana. En letras catástrofe que cruzaban toda la página de un diario tamaño sábana estaba escrito: 30 MIL PASARON POR LA TORTURA. La cifra se refería al número de torturados por el gobierno de Uriburu, el general que derrocó a Yrigoyen y donde comenzó la debacle institucional de nuestro país.

El descubrimiento me llamó la atención como si se tratara de un número mítico que permaneció en el inconciente colectivo.

Sin embargo, la coincidencia me importó más como anécdota que como indagación sobre ese tiempo en el que reconozco muchos de los males políticos que nos aquejan, el autoritarismo que dominó la mitad del siglo pasado, y al cancelar la dinámica social que sólo da la libertad, nos empantanaron políticamente, un atraso del que no sabemos cómo salir.

En lugar de evolucionar por el aprendizaje colectivo, los resentimientos corren sueltos y aquellos que ayer se abrazaron en el dolor hoy se miran con desconfianza. Sin embargo, la realidad nos increpa y hoy es pura haraganería intelectual repetir los dogmas del pasado sin reconocer que en el fenomenal fracaso de nuestro país todos tenemos una parte de responsabilidad.

No se trata de hacer un mea culpa colectivo sino animarnos a innovar para crecer sobre nosotros mismos y nuestro odioso pasado. En un país que probó casi todas las fórmulas sólo nos resta la única a la que somos más reacios, el cumplimiento de la ley, la subordinación a la Constitución.

Las urgencias económicas se nos impusieron como necesidad, mientras que la calidad democrática apareció como un artículo suntuoso. Hoy, tras décadas de crisis y urgencias, ha llegado el momento de construir una normalidad democrática que nos trascienda.

La legitimidad de un poder político no se define por la conveniencia sino por la necesidad, y temo que los argentinos, escarmentados por el pasado reciente, ya comienzan a percibir la necesidad de instaurar una auténtica cultura democrática, basada en una legalidad de valores compartidos.

Como sucede hoy con aquellos estadísticos y matemáticos que al denunciar la manipulación de las cifras oficiales parecen haber oído la exhortación de Leonardo y restituyeron a los números un valor de verdad, inherente a la función de gobernar.

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