Recuerdos de la muerte en los tiempos de Putin

Recuerdos de la muerte en los tiempos de Putin
La periodista relata los últimos años del gigante adormecido. Las cicatrices de la masacre en el teatro Dubrovka y los vericuetos de la justicia en ese país.
El teatro está cerrado. Sobre sus puertas vidriadas hay aún restos de la publicidad de la última obra que se montó aquí, antes del verano. Intento espiar a través del poco espacio que dejan libre esos carteles, pero no se ve nada. La mujer que atiende un pequeño local pegado al teatro donde venden objetos relacionados con las obras se hace la que no entiende y me regala un gesto de desdén con la mano, que acompaña con un leve chistido.

A un costado del teatro, una placa de bronce recuerda los nombres de los muertos. Hay plantas, hay juguetes, ositos de peluche y cartas. El sol duele, la explanada es enorme y está vacía, pero no dejo de preguntarme cuántos autos habría esa noche estacionados ahí. Como tantos antes, me pregunto también de qué manera logró un comando de decenas de guerrilleros armados hasta los dientes llegar hasta ese lugar casi en el centro de la capital y tomarlo, con lo controlada que está esta ciudad en donde te llevan detenido si sacás una foto en la Plaza Roja con una cámara algo más grande de lo que se considera apropiado para un simple turista (no es una exageración, hay dimensiones límite para las cámaras con las que se toman fotos en los lugares "sensibles", todo dentro de la férrea política de seguridad).

Intento deducir: vinieron vestidos de civil como cualquier persona del público y, una vez adentro, se pusieron sus ropas de ejército irregular. Me resisto a creer esa versión paranoica que le adjudica semejante canallada a los servicios de inteligencia, deseosos de mostrar a un presidente con liderazgo en la lucha antiterrorista.

Manoteo en el bolsillo del saco una crónica de ese día. Pienso en la desesperación de los familiares, que aguardaron información acá mismo durante más de dos días mientras la vida de sus seres amados dependía de la voluntad de un grupo de guerrilleros en estado de trance, jugados al todo o nada, y de la brutalidad e indiferencia de un Estado desconsiderado para el cual sus ciudadanos parecen valer menos que una pulseada con los terroristas.

Imagino paso a paso esa vigilia. Trato de reconstruir cómo fue que la periodista Anna Politkovskaya logró entrar a negociar y por dónde lo hizo; busco con la mirada los quioscos donde compró bebidas y caramelos para los rehenes, agotados, sucios y muertos de sed y de hambre. No dejo de recordar en ningún momento las imágenes de los micros cargados de cuerpos vivos y muertos, todos envenenados por el gas que arrojaron los militares rusos y que los pocos médicos presentes no pudieron contrarrestar. Nadie les dio indicaciones ni les dijo cuál era el antídoto, nadie desde el gobierno se ocupó de reducir las dimensiones de la tragedia.

Observo el monumento que el gobierno de Putin hizo construir un año después de la toma y recuerdo que me contaron que el presidente llegó tarde y apurado a su inauguración. Incómodo, habría que decir. No es bello este memorial; es frío, casi de compromiso. No se siente el amor que sí se percibe en cambio en la clásica lista de bronce, con sus peluches y sus cálidas notas manuscritas.

En la ciudad de los cinco anillos, donde se hace tan difícil ubicar calles y recordar nombres, los colores pueden ser una ayuda. Llegué temprano a mi cita con Galina en la Ryazansky Prospect, la penúltima estación de la línea violeta de metro, hacia el sur. Allí quedamos en vernos con Tatiana Karpova, la madre de Alexandr Karpov, poeta y cantante muerto en el asalto al teatro Dubrovka. Su nombre y su teléfono me los pasó meses atrás un amigo periodista, radicado aquí desde hace décadas. Durante años, esta familia agobiada por la pérdida de un hijo talentoso rendía tributo al muerto en una página de internet, ahora abandonada. Qué extraño, esos recordatorios cibernéticos ya comienzan a tomar forma de lápida solitaria: la memoria de los muertos tiene un vigor espasmódico.

Veo a Galina haciendo señas. Durante dos días, la señora Tatiana Ivanovna (así la llama ella, por el patronímico, como en las novelas del siglo XIX) cambió el lugar de la cita un par de veces y ya no recuerdo dónde quedamos en verla finalmente. La mujer incluso probaba llamar a los celulares no bien cortábamos, como buscando confirmar quiénes éramos y qué queríamos. Con esa desconfianza natural de los rusos por el género humano, Galina dijo al pasar que había notado a la señora algo nerviosa cada vez que hablaban por teléfono.

Resulta curioso, pero Tatiana Karpova nos citó en un Kentucky Fried Chicken, la aceitosa cadena de comida rápida estadounidense que aparentemente tiene el secreto del mejor pollo frito con hierbas aromáticas del mundo. No se sabe si espera afuera o adentro del local; no la conocemos, no nos conoce y Galina no arregló ninguna contraseña para enterarnos de que ella es ella y nosotras, nosotras.

Entramos, hacemos la fila y pedimos unas gaseosas a las chicas del uniforme colorado y negro. Miramos atentamente a cada mujer que pasa; con avidez nos fijamos si hay una señora mayor que nos busca. ¿Acaso una mujer que perdió a su hijo tiene una cara especial? ¿Esa clase de dolor deja huellas singulares o cierta clase de tenacidad expresiva en el rostro?

Cuando ya pasó un tiempo de la hora de la cita, Galina llama a la casa de la mujer, que atiende inmediatamente, hecha un mar de disculpas. Dice que no pudo venir porque tiene que irse al hospital a cuidar a su otro hijo, que está enfermo y se está quedando ciego... La desgracia (o la locura) se han cebado con esta señora. Ya no voy a poder preguntarle por qué nos citó en un lugar tan desapacible. Mientras me devano los sesos tratando de entender qué le pasó a esa mujer y qué hay detrás de sus idas y vueltas, Galina se retoca los labios y se mira en un espejito. Suena su celular: llaman del estudio de Igor Trunov, el abogado de los rehenes a quien visitamos el día anterior en su moderno estudio de la calle Volokolamskoe.

Cabello entrecano y corto, traje oscuro finísimo, reloj de oro y diamantes en su muñeca derecha, anillo de oro y diamantes en el meñique izquierdo, Trunov es un hombre que cuida su aspecto y su tiempo, por lo que se enoja al borde de la furia con la impuntualidad ajena. (Cómo decirle a este señor algo alterado que llegar hasta su bufete fue una odisea. Que la altura de las calles en esta ciudad es aleatoria, como lo es el número de los edificios, de manera que arribar a destino supone siempre una prueba de ingenio que indefectiblemente finaliza al cruzarse con algún vecino que con total desidia da la indicación precisa: "Toque allí".)

Su aspecto de galán recio lo asemeja a un broker más que a un militante de derechos humanos. Es alto, delgado, de rostro afilado. Saluda con la mano bien extendida, huele a after shave. En el estudio jurídico de Trunov, los sábados hay consultas gratis para quienes no pueden pagar los altos honorarios de este gremio. Así fue que el sábado siguiente a la tragedia en el teatro aparecieron varios familiares a buscar asistencia y, desde entonces, la firma maneja esas causas en las que se cruzan reclamos por daños y por herencias con la lucha para que la justicia rusa modifique el estatus de terrorismo.

–El terrorismo es una variedad de la guerra y no una pelea en la cocina. Para nuestras leyes, el que sufrió no tiene derecho a un abogado gratis y el victimario, sí.

Lo miro y busco en su rostro huellas de los tres años que pasó en prisión, cuando aparentemente le fabricaron una causa por corrupción desde el Estado, en tiempos en que aún no era abogado y en cambio se dedicaba con cierto éxito a la industria agroalimenticia. Este mismo rostro suele aparecer en la TV rusa y busca siempre revancha. Tiempo atrás, tuvo cierto vuelo mediático al convertirse en el representante legal de Gennady Gavrilov, un hombre mayor que fue víctima de las "mafias de los departamentos", una pesadilla surgida con la caída de la Unión Soviética y la privatización de las propiedades y luego encendida con el brusco ascenso del precio de los pisos, sobre todo en Moscú. Galina me lo contó brevemente, mientras buscábamos con desesperación la dirección correcta del estudio.

"Durante el gobierno de Yeltsin, el Estado te permitía comprar por poca plata la casa en la que viviste con tu familia durante el comunismo. Lo que hacían estos mafiosos, sobre todo con ancianos, era arrancarles una firma después de drogarlos o alcoholizarlos y así quedarse con los departamentos. A otros los amenazaban y les tiraban alguna moneda a cambio. A muchos, incluso, los asesinaban..." Mientras la escucho pienso en que algo parecido ocurrió con las empresas del Estado, cuando unos cuantos miles de vivos se aprovecharon de millones de trabajadores ignorantes y se quedaban con sus acciones en las fábricas a cambio de centavos. En efectivo, eso sí.

Días después, alguien contará que Trunov es también el abogado del banquero Alexei Frenkel, acusado de ser el cerebro del asesinato de Andrei Kozlov (41), ex vicedirector del Banco Central ruso y un cruzado en la lucha contra el lavado de dinero. A Kozlov lo balearon junto a su chofer cuando volvía a ver fútbol, a unos metros del estadio Spartak. El chofer murió en el acto; Kozlov murió al día siguiente, en el hospital.

Pero en este caso, la pelea de Igor Leonidovich Trunov ya no es por recuperar una propiedad o defender a un acusado de asesinato sino por establecer la responsabilidad de la muerte de los rehenes en el teatro Dubrovka ya que, más allá de la acción terrorista, el Estado ruso no cumplió con su rol de protección de los ciudadanos al utilizar un gas desconocido y mortal sin habilitar la atención médica necesaria para las víctimas.

–Los cargaban en los micros como si fueran vigas de madera, aplastados, uno encima del otro.

Mientras lo dice se acomoda los gemelos de oro. Trunov representa a las familias de más de 60 de las 129 víctimas oficiales de la tragedia. Cuando habla detrás de su escritorio de caoba, se mueve con delicadeza, como si lo estuvieran filmando. Difícil saber qué lo lleva a defender estas causas que no tienen apoyo popular en este país y por qué litiga en las cortes europeas en contra del Estado ruso; si lo hace por ética, por búsqueda de fama o simplemente por dinero. Cuando le pregunto por qué se ocupa de estos casos, lanza un suspiro profundo.

–El único estímulo es la defensa de las víctimas.

Cómo creerle.

Todavía estamos en el KFC con olor a pollo frito cuando suena ese celular. "Alo", dice Galina y toma nota de lo que le dice, al otro lado, el secretario de Trunov; la veo escribir un nombre y una dirección. La veo tomar su cartera, sonreír y decirme "Vamos".

El cielo es un capote oscuro que amenaza con caernos encima cuando subimos a la calle en la estación Alexeevskaya del subte naranja. Galina fuma su "cigarrito" y me adelanta a quién vamos a ver ahora. Se trata de un hombre cuya hija de 14 años murió en el teatro. Se me ocurre algo absurdo y es que escuchar la historia de la señora Tatiana seguramente habría sido menos dramático que lo que vamos a escuchar en un rato. Cómo será sobrevivir al dolor de perder una hija de 14 años.

Dmitri Eduardovich Milovidov abre la puerta del edificio. Tiene el pelo rubio rojizo, ojos claros que tienden a achinarse en la risa. Viste jean y camisa a cuadros de manga corta. Camina con una leve inclinación hacia delante. Mientras nos indica por dónde llegar a su pequeña oficina cuenta que alguna vez estuvo en España y reproduce deliberadamente y con esfuerzo dos o tres palabras en castellano, en clave de gentileza. Lamentablemente no puedo devolverle el gesto. Atravesamos espacios grandes al aire libre, las paredes lucen descascaradas y por todos lados hay galpones y tinglados abandonados. El lugar, nos enteramos, es una fundición estatal en liquidación, casi no quedan empleados.

Una vez dentro del reducido espacio en el que Dmitri aún juega a que trabaja, nos sentamos a conversar. Yo sostengo el grabador y le hablo mirándolo a los ojos. Galina traduce en tono monocorde. Imagino, deseo, que su intervención logre ponerle algo de distancia al drama del relato.

"En el teatro Dubrovka murió mi hija mayor, Ninotchka, y para siempre quedó con 14 años", dice Dmitri y empiezo a sentir que la mediación de Galina no va a evitar la conmoción. Ese 23 de octubre Nina había ido a ver Nord-Ost junto con su hermana menor, Elena, de 12 años. Se trataba de una especie de premio que les dieron sus padres, por haberse quedado en casa cuidando a los dos hermanitos menores la noche en que ellos fueron a ver la obra de moda en Moscú, quince días antes. La comedia musical más exitosa recreaba un episodio histórico, el descubrimiento del archipiélago Severnaya Zemlya, en el Mar Ártico, en 1913. Elena salió de la sala una hora después de que los guerrilleros tomaran el teatro, cuando decidieron dejar en libertad a los niños. Nina tuvo la mala suerte de ser alta y parecer mayor.

Dmitri y su mujer reconstruyeron el calvario de Nina a través del relato de Elena, primero, y luego a partir de filmaciones periodísticas y de conversaciones con personas que estuvieron sentadas cerca de la chica. "Al final ella quedó adentro de un autobús que estaba fuera del teatro y que no fue hacia ningún lado. Recién trece horas después entraron médicos a revisar quiénes estaban ahí dentro, y ahí estaba mi hijita convertida en el cadáver número 11. Habían puesto un cuerpo arriba del otro, con una temperatura altísima y sin atención. Vivos con muertos. La autopsia determinó que la niña sobrevivió cinco horas y que la causa de su muerte fue el ahogo provocado por el gas".

Dmitri cuenta su historia, una historia que ha contado infinidad de veces. Es uno de los miembros de la organización de familiares de las víctimas que busca justicia en tribunales nacionales y también internacionales. Entre sus compañeras está Irina Fadeeva, quien la noche de la toma estaba en el teatro junto con Jaroslav, su hijo de 15 años, su hermana Victoria y su sobrina adolescente. Luego de la operación de las fuerzas rusas, Irina despertó en un hospital, con la ropa manchada de sangre. Nadie le daba información sobre su hijo. Desesperada, huyó del hospital y salió a buscar al chico, a quien encontró en la morgue, muerto por herida de bala, víctima del ataque final de los militares al teatro y el enfrentamiento con los terroristas chechenos. Su desesperación se agravó por la sensación de haberlo traicionado, luego de decirle durante esas interminables horas de angustia que, si pasaba algo, iban a estar juntos, allí donde fuera.

La tragedia puede a veces ser patética. Irina salió corriendo y, decidida a morir, se arrojó al río. Pero el río estaba congelado. Ni siquiera tuvo un resfrío.

Comentá la nota