Recordatorios

Por J. M. Pasquini Durán

Entretenidos como están en sus asuntos internos, diputados y senadores del oficialismo y la oposición dejaron pasar el vigesimoquinto aniversario de la democracia refundada en 1983 sin convocar a una sesión especial de celebración.

El 30 de noviembre figuró en algún párrafo de sendos discursos de los Kirchner y fue motivo de un mitin de la Juventud Radical en el Luna Park, cuyos oradores se dedicaron sobre todo a honrar en vida a Raúl Alfonsín, pero no hay más registros de actos especiales en esa fecha o durante la semana. ¿Acaso había motivos suficientes para que la ocasión fuera especial, jubilosa incluso? Por lo pronto, es el período más extenso de continuidad democrática desde la ley Sáenz Peña que dispuso el voto secreto, universal y obligatorio, hace casi cien años. A partir de 1930, este último cuarto de siglo es el primer período en que las crisis políticas se resuelven sin acudir a los cuarteles, pese a que en el pasado por mucho menos de lo que sucedió a fines de 2001 los caciques militares de turno hubieran ocupado la Casa Rosada. Incompleto, insuficiente, sin terminar, mostrando bochornosas máculas de injusticia social, con instituciones corroídas por el óxido de antiguos vicios y perversiones impunes, cuajado de oscuros y opacidades, aun así este ciclo democrático exhibe méritos que ninguno anterior pudo acumular. El último quinquenio, en particular, tuvo superávit fiscal como pidieron siempre los economistas ortodoxos y también un compromiso con los derechos humanos y contra el terrorismo de Estado que ninguna izquierda democrática puede ignorar. Desde esos mismos bandos, por supuesto, hay agendas repletas de temas para la controversia. Con todo incluido, no fue justo dejar pasar el aniversario como si nada, o como un recordatorio partidario, puesto que la democracia es de todos o siempre estará al margen de las culturas nacionales.

La democracia no es un pacto de inmovilidad ni es callada como una siesta de verano. La libertad es atrevida, bullanguera y tumultuosa, mucho más cuando se mezcla con los intereses económicos contrapuestos y el tenso desorden de las controversias sociales. La violencia más áspera recorre los años de la democracia, dejando cicatrices, desde los alzamientos carapintada hasta los golpes de mercado, desde las amenazas de bombas contra decenas de escuelas hasta los brutales atentados, todavía impunes, contra la embajada de Israel y la sede de la AMIA. Ahora mismo hay una campaña organizada que gana terreno en el sentimiento y la vivencia cotidiana de las clases medias que acusa a las autoridades por la inseguridad urbana y por la desaparición de menores. Una cadena de correos electrónicos, la misma que funcionó a favor de “la mesa de enlace” agropecuaria, incitó durante toda la semana a sacar las cacerolas a la calle. Ninguno de esos ciudadanos inquietos se preocupó por los docentes y sus reivindicaciones salariales, pese a las razones legítimas que los asistían, como si la escuela no fuera un ámbito digno de atención. Lo que pasa es que estas cadenas informales, sumadas a campañas organizadas desde poderosos medios de información, tienen un objetivo político preciso: atacar las bases de apoyo del actual gobierno, haciendo de cuenta que se preocupan por la calidad de vida de la población.

El Gobierno merece muchas de las críticas que recibe, como sucede con la mayoría de los gobernantes. Sin embargo, hay observaciones que no son tan desinteresadas como parecen: Mauricio Macri, jefe de Gobierno de la Ciudad, promete una policía municipal con tres mil pesos mensuales de sueldo para los agentes al tiempo que les niega a los maestros la mitad de esa suma mensual. La “inseguridad” es más importante que la escuela. Pensándolo bien, sin embargo, mientras peor sea la escuela, mayores serán la inseguridad y la violencia. La mala educación o la falta directa es una de las raíces del problema, antes que la “mano dura” de la acción policial o el “garantismo” de ciertos jueces y fiscales, que actúan sobre las consecuencias del daño y no sobre la prevención. En los últimos días, con buena fe o con malicia, muchos informadores se hicieron cruces porque se supo que en territorio bonaerense aumentó en ochenta por ciento el número de delitos cometidos por o con participación de menores de 16 años de edad. Fueron menos los que se conmovieron al saber que alrededor de 400 mil muchachos en Buenos Aires no trabajan ni estudian. Muy pocos relacionaron a los centenares de miles de jóvenes que trabajan, unos en blanco, otros en negro, por magros salarios y se enteran de que los directivos de las AFJP se guardaron por comisión unos 12.000 millones de dólares en catorce años y de los aportes que les descuentan de sus flacas mensualidades, cuatro mil millones de pesos al año se gastaban para sacarles las papas del fuego a esas mismas entidades “de capitalización” y para evitar que sus asociados advirtieran que el negocio había fracasado. ¿Cuántos son los mártires que pueden resistir el mal ejemplo “de arriba” sin resentimientos y preservando el sentido de sus propias vidas? ¿No pasa otro tanto en el mundo, donde a diario adolescentes y jóvenes matan y mueren en violencias insensatas, allí donde los gobiernos disponen millones de millones para salvar bancos y no vidas? La inseguridad es otro nombre de la injusticia. Será en vano que encarcelen adolescentes y niños, salvo para proveer carne fresca a las perversiones carcelarias, en lugar de hacer de la democracia la casa segura y amorosa para todos ellos. Este debió ser el compromiso colectivo de la política en el 25º aniversario del actual ciclo democrático.

El asunto traspasa la derecha o la izquierda, porque pertenece a la condición humana. De todos modos, hoy en día es difícil encontrar equilibrio y razonabilidad en las opiniones que se echan a rodar, a propósito de los más diversos temas, para atacar o para defender gobiernos, con una liviandad que estremece. Por desgracia, parece que el método viene de mucho tiempo atrás, si la cita de Hipólito Yrigoyen es correcta cuando habló de sus opositores: “Tuve sistemáticamente la resistencia conjurada de todas las agrupaciones sin que los juicios antagónicos al gobierno ilustraran la difícil nota con razonamiento alguno que pudiera inducirlo a mejores orientaciones”. Algo parecido ocurre cuando en el Congreso la oposición de centroderecha no tiene más posición que “la resistencia conjurada” de la que hablaba don Hipólito, da lo mismo que sea por las retenciones a la exportación de granos o por el rescate pleno del sistema solidario de jubilaciones y pensiones. Qué lejos está el estéril centroderecha de hoy de aquellos conservadores como Roque Sáenz Peña, el de la Ley General de Elecciones, quien después de asistir a una Conferencia Panamericana en Washington supo decir: “La felicidad de los Estados Unidos es la institución más onerosa que pesa sobre el mundo” (F. Sabsay, Presidencias y Presidentes constitucionales argentinos 1862-1930, ed. PáginaI12). Una premonición certera, como se puede comprobar en estos tiempos.

El próximo martes 4 los ciudadanos norteamericanos, envueltos en una crisis cuyo precedente más próximo habría que buscarlo en 1930, decidirán sobre el sucesor de George W. Bush que termina ocho años de gobierno (dos mandatos sucesivos) con frustraciones o fracasos en todos los frentes de importancia: las invasiones de Irak y antes la de Afganistán fueron presentadas envueltas en una nube de falsos informes de Inteligencia y siguen atrapadas en las mismas redes pero a un costo sideral y con destino incierto. La economía del país ya entró en una primera etapa de recesión en el marco del terremoto financiero que arrasó con las principales corporaciones del rubro y se llevó puestas, con el efecto “dominó”, a casi todas las economías del mundo. Todas las teorías del “Consenso de Washington” y de los Tratados de Libre Comercio en el hemisferio son, hoy en día, casi letra muerta, en tanto los programas de integración sudamericana están avanzando a paso lento pero sin volver atrás. Menudo legado para quien resulte vencedor en las urnas. ¿Será posible que el temor al futuro impulse a más del cuarenta por ciento de los votantes a reincidir en la línea de Bush? ¿O darán un salto cultural tan grande como el que significó Kennedy en su momento y aceptarán al moreno Obama en la Casa Blanca? Los dilemas abiertos son una condición del presente, en el mundo y en el país, pero si uno aprende a eludir las trampas de los cazadores furtivos, la incertidumbre no es invencible.

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