Un reconocimiento tardío que, en parte, revela un problema del país

Por: Eduardo van der Kooy

La historia le está ganando de nuevo al periodismo. El juicio casi definitivo pareciera imponerse sobre la valoración necesariamente rápida y circunstancial. Raúl Alfonsín se despidió anoche sin haber imaginado, tal vez, que esa despedida iba a estar rodeada por un reconocimiento y una ponderación que nunca había logrado recoger en vida.

Su fallecimiento causó conmoción, produjo nostalgia. Se escuchó hablar de él otra vez en el mundo, como había ocurrido desde 1983 cuando le tocó liderar el regreso de la democracia. Se escucharon en la Argentina palabras laudatorias como no había sucedido antes. Se repite como una advertencia o una fatalidad una característica que podría servir para explicar, en parte, el derrotero político que ha seguido la Argentina desde principios del siglo pasado.

Un camino signado por rupturas, por desencuentros, sembrado de intolerancias y con reflejos de recapacitación, por lo general, tardíos. Alfonsín no fue, en ese aspecto, una excepción. Debieron pasar décadas, violencia y sangre para que la clase dirigente y la sociedad aceptaran las notables transformaciones en la estructura social del país causadas por Hipólito Yrigoyen y Juan Perón. Fue necesario llegar a la trumática década de los 70 para que se rescatara el valor republicano de Humberto Illía o el impulso modernizador y desarrollista de Arturo Frondizi.

No hubo en todos esos casos sólo un problema de falta de reconocimiento. Hubo una lucha de intereses y, en especial, una forma de dirimirlos que condenó a la Argentina, progresivamente, a un estado de postración. La política se convirtió en una práctica antropofágica y la sociedad fue invadida por un espíritu mezcla de escepticismo y destrucción. No hay así historia que aguante. No hay identidad que pueda construirse de esa forma.

Con Alfonsín ocurrió algo similar. Su salida apresurada del poder, acicateada también por sus adversarios y por la impaciencia popular, tiñó por años su rica trayectoria. Cuando se hablaba del caudillo radical se remitía en forma espontánea sólo al desordenado epílogo económico marcado por la hiperinflanción y los saqueos.

Se omitía casi todo lo demás y se omitía, sobre todo, el contexto histórico. Alfonsín fue el primer presidente de una democracia débil, que quisieron disimular los millones de votos que cosechó el día de la victoria. Una democracia que alumbró sólo después del desbande que causó en la dictadura la humillante derrota en la guerra de Malvinas. Pero una democracia no puede descansar sólo sobre el humor social: son imprescindibles las instituciones y los partidos; es imprescindible también la interacción entre ellos.

La democracia era débil por la ausencia de esas instituciones y por el envejecimiento de los partidos. Pero lo era además por la existencia de poderes consolidados que no estaban persuadidos sobre la conveniencia de vivir en un sistema diferente.

De hecho Alfonsín sufrió su primer revés político cuando le fue rechazada en el Congreso la célebre ley sindical. De hecho se enfrentó a una sucesión de levantamientos militares (Semana Santa y Monte Caseros) por pretender revisar la historia sobre violaciones a los derechos humanos de la dictadura. También pulseó con la Iglesia cuando incorporó al debate social la ley del divorcio, una discusión que vista ahora asomaría anacrónica.

En todos los casos fue y vino, nunca se tentó con tirar de la cuerda más de lo que la realidad le permitía. En todos los casos buscó consensos, buscó armonizar. Un ejercicio que se fue diluyendo a medida que la democracia avanzó.

Ese espíritu lo indujo, por ejemplo, a pactar con los militares. Nunca se arrepintió, pese al descrédito que le produjo, porque estaba convencido que aquella gesta de Semana Santa hubiera desembocado en una tragedia. Ese mismo espíritu lo empujó, de modo sorprendente, a transar con Carlos Menem la reforma constitucional de 1994 que permitió la reelección del ex presidente. Suponía que, de otro modo, el riojano hubiera intentado eternizarse en el poder.

Pudo caberle la razón tanto como el tiempo se encargó de demostrar otra cosa: aquella reforma fue en desmedro de la calidad institucional. Aquel acuerdo resultó, sin lugar a dudas, la claudicación más severa de Alfonsín como líder opositor que entonces ya era.

Ese decaimiento no le impidió, sin embargo, desempeñar un papel crucial en la crisis terrible del 2001. Un papel que sirvió para atenuar violencias y ponerle dique al riesgo latente de la desintegración social.

Quizás haya cierta desmesura en la ponderación que saluda a Alfonsín en estas horas de dolor irremediable. Puede ser. Como la hubo también en muchas de las críticas que asolaron el tiempo bien difícil que le tocó gobernar.

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