Recompensa a los culpables, un clásico en esta crisis

Por: Oscar Raúl Cardoso

Como el de los individuos, el amor de la opinión pública es por naturaleza inestable y sorpresivamente cambiante.

Esta es una idea antigua que el presidente norteamericano Barack Obama debiera volver a examinar ahora que, habiendo cumplido menos de un tercio de los 100 días iniciales de su mandato, el respaldo de los votantes a su programa de asistencia a los bancos en dificultades ha perdido seis puntos porcentuales (60 por ciento en febrero).

El presidente Obama aún comanda un soporte mayoritario para el total de respaldo de más de 700.000 millones de dólares.

El escándalo de pagos de bonos y otras prebendas por parte la aseguradora internacional American International Grupo (AIG) a sus ejecutivos y al personal de su área financiera, particularmente responsable por haber puesto de rodillas a la compañía que era la primera en la escena multinacional, es el dato más reciente que perjudicó a Barack Obama.

AIG recibió 173.000 millones de dólares fiscales en cuatro ensayos de rescate, sobre todo para que pudiera hacer frente a los acreedores de sus pólizas que con frecuencia cubrieron operaciones financieras de instituciones como Bank of America, BNP Paribas, Merrill Lynch, etcétera.

Pero parte de aquella suma -no demasiado, unos 165 millones de dólares que es un poco menos del uno por ciento del dinero total que el Estado le dio a la empresa para el rescate- fue a parar al bolsillo de 73 ejecutivos de AIG en calidad de bonificaciones o premios. Ciertamente, la sola idea de que aún el "vuelto" de la cifra grande vaya a compensar a quienes destruyeron la prosperidad nacional e individual es indigerible.

Los argumentos que AIG y otras firmas han usado para defenderse de las críticas que esa conducta despertó es que esos altos salarios son la única forma de "retener el talento". Esa justificación atraviesa cada vez menos la mirada torva sobre los banqueros. Del mismo modo han asumido la posición de que el pago de bonos es también un compromiso contractual y el gobierno no tiene la facultad de detener el pago de deudas de una empresa privada.

Barney Frank, el demócrata que encabeza el Comité de Finanzas en la Cámara de Representantes, contraatacó este fin de semana. "¿Talento que se va? ¡Buena idea! Yo no lo quiero después de lo que han hecho." Ayer once de los ejecutivos de AIG renunciaron a pesar de los bonos.

El segundo comentario de Frank tuvo también un soplido de anuncio: "Somos dueños del 80 por ciento de AIG, tomemos el control absoluto de la firma".

Pesa la idea de votar un impuesto devastador sobre la plata cobrada por los empleados de AIG si estos se negaran a devolver el dinero ya cobrado.

Hay algo en danza en la crisis que va más allá los pronósticos y las cifras. Veamos que dicen voces autorizadas como el premio Nobel de Economía Amartya Sen. "No se trata -afirmó cauto en un reciente artículo- de buscar un nuevo capitalismo pero sí de una nueva comprensión de las viejas ideas de los grandes economistas."

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