Los reclamos son claros, pero no tienen respuesta

Por Walter Brown

Se podrán multiplicar las reuniones e intentar nuevos acuerdos con los dirigentes rurales pero la pelea seguirá. Se podrá tensar la relación con la Corte Suprema y descargar culpas en terceros pero los reclamos sociales persistirán. El campo quiere que se eliminen las retenciones a la soja. La sociedad, que se termine con el flagelo de la inseguridad.

Pasó un año desde que el por entonces ministro de Economía Martín Lousteau desatara la disputa con el sector agropecuario por su aplicación de retenciones móviles a los cereales. Desde entonces, sobrevino el rechazo del Congreso, el recambio de funcionarios, la crisis financiera mundial, la sequía en el país, la caída de los valores de los co-

mmodities, la ruptura del justicialismo, la suba del dólar, la disposición de nuevos interlocutores entre el campo y el Gobierno, la intervención de Cristina... Pero mañana, el campo volverá a las rutas. Y no porque la letra chica de las resoluciones prometidas no hayan cubierto sus expectativas. Sino porque su reclamo sigue siendo el mismo que inició la pelea hace 12 meses: aplacar la presión tributaria. Y el Gobierno no está dispuesto a dar ese paso, sencillamente porque, en medio de una crisis que retrae la economía, pretende sostener su modelo con los abundantes ingresos que le suelen aportar los derechos de exportación a la soja. Tanto en este problema, como en el de la inseguridad, el Gobierno parece no encontrar una salida.

Lejos de equipararlos, ambos reclamos son claros. No admiten medias tintas. Cualquier debate o solución intermedia será estéril si no se responde a la demanda central y es evidente que la administración Kirchner está lejos de brindarla. En el caso de los impuestos a la soja, por decisión propia. En el de la inseguridad, por impericia.

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