Reciclándose

Por: Jorge Fontevecchia.

Así como en el reino animal hay aves que cada cierta cantidad de años cambian su plumaje, pico y uñas, o reptiles que cambian su piel, esto mismo sucede con algunos humanos que logran reciclarse pareciendo otros, siendo los mismos.

Hasta hace sólo algunas décadas, sucedía menos porque la duración promedio de una vida era algo superior a los 40 años; pero desde que la medicina duplicó la longevidad de nuestra especie, cada vez más humanos son distintas personas en una vida.

La filosofía distingue entre vida y persona, sustancia y atributos, groseramente cuerpo o envase y contenido. Lo que en el pasado estaba reservado para una elite de vanguardia y sólo era privilegio de los supranormales: tener más de "una vida" en una vida, el progreso –que todo lo masifica– hizo que ahora sea posible para muchos; dejando –por lo menos literalmente– desactualizada la frase de Hegel sobre que "nadie puede salirse de su pellejo".

La escalera. Una forma de percibir la vida como una carrera, tanto en la idea de marcha como en la de trayectoria, se refleja en la metáfora de la escalera que se arroja una vez que permitió trepar la nueva altura deseada.

Althuser sostenía que "somos sujetos sujetados a las prácticas de la época", y una de las características de esta era –donde la práctica de relación de pareja que más se difunde es la de las monogamias consecutivas– consiste en reposicionarse y ser simbólicamente otro, gracias a la imagen que irradia una nueva pareja.

La pareja sería la escalera que cumple la función de llevar al sujeto al nuevo plano posicional buscado. Entre los artistas, estos comportamientos –pero a modo de intercambio o doble bypass– son utilizados desde hace muchos años; bastante antes de que nacieran las botineras. Por ejemplo, el galán de Valientes que llegó con menos fama al comienzo de esa novela televisiva, en lugar de tener como pareja en la vida real a alguien de su edad llamaría mucho más atención, y sería funcional al ciclo inicial ascendente en el que se encuentra su carrera artística, si eligiera como pareja a otra actriz no esperable, por su mayor edad.

Lousteau, de novio con Rosario Ortega, ayuda a que la gente desasocie su rostro de la fatídica 125 y las retenciones móviles. Los economistas, que especialmente tienen fama de aburridos, cuando alcanzan la notoriedad de jóvenes precisan emitir alguna señal de trasgresión, para analógicamente decir que son más apasionados de lo que parecen. Prat-Gay sería otro ejemplo al lado de Carrió.

Menos sutil, pero con el mismo núcleo funcional, resulta la pareja entre la protagonista femenina de los malos del Valijagate, Victoria Bereziuk, quien declaró: "Ahora le hago la valija a Lolo", el guitarrista de Miranda!, el grupo de música pop ingenua cuyo nombre es un homenaje al actor Osvaldo Miranda y reivindica al dúo Pimpinela. Cuanto más contraste, mejor, dictan los manuales de los asesores de imagen y prensa: alto-bajo; viejo-joven; trasgresor-convencional; instruido-primitivo, y todas las polaridades que se desee.

Mayéutica. El reciclaje se hace más necesario y hasta imperioso cuando la historia del sujeto resulta una carga; hay un defecto aunque imaginario que corregir o cuando los más ansiosos buscan un atajo en su carrera ascendente. Pero estas dos últimas necesidades, como los ejemplos aquí citados de mestizaje entre fama y política, son infantiles al lado del mayor caso de travestismo político personal, que es el de Alberto Fernández (existen ejemplos en el periodismo pero en esos casos se asimilan más a un travestismo institucional, porque son medios y no personas).

El ex jefe de Gabinete es el mayor exponente de los kirchneristas que después del terremoto de la 125 (y sólo tras él, porque antes todos ellos aplaudían a los Kirchner) decidieron pasarse progresivamente a la oposición. Alberto Fernández es el autor de la frase que ilustra el chiste sobre que elegir entre Duhalde y Kirchner es como hacerlo entre Drácula y Frankenstein.

Estulticia. La vida es larga y es comprensible que las personas precisen reformatear su autorrepresentación, pero hay casos donde se cruza tanto la frontera del decoro que hasta se hacen más simpáticos personajes deleznables pero que –por lo menos– tienen la coherencia de seguir con Kirchner o Duhalde, o no criticarlos después de haber sido su mano derecha.

Para el antropólogo Paul Ricoeur (quien decía que armamos nuestra identidad en la unidad poética de nuestro relato), dos fuerzas luchan en el sujeto: la mismidad, lo que es lo mismo a lo largo del tiempo; y la ipseidad, lo que se puede hacer con lo que se es y la capacidad autotransformadora. El cambio como compromiso con la evolución es positivo, pero una falta de constancia extrema llevaría al sujeto a un mal peor: la inautenticidad.

En Argentina, también somos especialistas en esto. No debe ser casual.

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