La reaparición de dos personajes cavernarios

Por Susana Viau

Con escasos días de diferencia asomaron el rostro oculto y el rostro público del Proceso de Reorganización Nacional. Dos personajes cavernarios, separados por un abismo cultural pero con una sorprendente identidad estilística en sus discursos.

Un escritor intrascendente y un militar sin gloria, el diplomático Abel Posse y el general Luciano Benjamín Menéndez; la civilidad incitante y el brazo ejecutor de la dictadura. Pero como suele ocurrir con las pesadillas infantiles, aquello que hace poco más de tres décadas provocaba espanto hoy resulta grotesco. Los villanos de aquella "noche oscura del alma" son, a la luz de los años, monstruos de cartón piedra. "Mi verdadero tamaño es éste", decía la voz de Steiner desde un grabador mientras junto a su cuerpo acurrucado en un sillón se veía la pistola con que se había volado la tapa de los sesos. Todos tenemos un tamaño y el del Steiner de La dolce vita era de dimensiones humanas; el de estos personajes no sabe salir de los límites de la caricatura. Intriga, sin embargo, la razón que lleva a un hombre de las letras a rivalizar en torpeza con un hijo de los cuarteles. ¿Será que ninguno de los dos se ha tomado el trabajo de conocer el objeto de su odio? Sólo así puede Abel Posse adjudicarle "una visión trotskoleninista" y una "persistencia gramsciana" al kirchnerismo, tan alejado de ese pensamiento que conmovió los cimientos del siglo XX como Tarzán de los Monos de la teoría de los quanta. Posse no se hace un favor con semejante disparate, se lo hace a los Kirchner.

Lo de Luciano B. Menéndez es aún peor. Afirma que los grupos a los que en su imaginación fosforescente pertenecen la Presidente y su marido "pusieron y ponen en práctica la máxima de Lenin: ‘La paz es la continuación de la guerra por otros medios’". Que un soldado ignore las ideas políticas vaya y pase, pero cuando ignora a los padres de la ciencia militar es que empieza a pasarse de bruto. La frase que cita –y para colmo mal– no dice la estupidez de que "la paz es la continuación de la guerra" sino que "la política es la continuación de la guerra por otros medios" y tampoco pertenece a un titán del proletariado ruso sino a un noble austríaco, el barón Carl von Clausewitz.

La pareja de Santa Cruz debe haber escuchado con alborozo las descargas hormonales del escritor y el uniformado. Fueron expresiones de este percal y no otras las que contribuyeron a construirles una imagen progresista que nunca existió, una fábula sustentada en relatos iguales a los de estos días. El truco del almendruco. Si los Posse y los Menéndez de este mundo no existieran, los Kirchner tendrían que haberlos inventado.

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