El reality más triste

Por Reynaldo Sietecase.

"No importa si te critican. Si no estás, no existís". Con distintas variantes de esta idea, los asesores calmaron a los dirigentes políticos que, en formato de caricatura, ingresaron a "La casa de Gran Cuñado".

"Es mejor estar. No importa si te critican. Si no estás, si no te imitan, no existís". Eso dicen los especialistas en comunicación. Con distintas variantes de esa idea, los asesores de prensa calmaron a los dirigentes políticos que, en formato de caricatura, ingresaron a "La casa de Gran Cuñado". Esta semana la parodia de reality que desde hace varios años pone en escena Marcelo Tinelli fue uno de los programas más vistos de la tele. Pero ¿Es tan así? ¿Es la televisión la que determina la existencia de un dirigente? ¿Vale un paso de comedia lo mismo que años de militancia? ¿Una imitación puede proyectar o condenar a un político? La preocupación de los candidatos por las imitaciones tiene relación directa con la falta de ideas. En una campaña dónde no se debaten propuestas, la imagen y la tele son lo más importante.

El Néstor jodón e hiperactivo que hacía bromas sin parar; el muñeco de Mauricio –presentado como el principal dirigente de la oposición– que sólo se preocupaba de su aspecto y sugirió más autopistas para solucionar el problema de la vivienda en la Capital (por los desamparados que viven bajo las rutas) o el Francisco concheto y divertido, no pueden menos que agradecer por sus primeras apariciones.

Distinto es lo de Julio César Cleto. La caricatura que armó José María Listorti fue demoledora. Un tipo timorato que no está alegre sino "no triste", que agradece porque no "lo desinvitaron". Un personaje que duda a cada paso y dice que es hincha de River sólo "por ahora". Demasiado parecido a la imitación de Fernando de la Rúa, que también volvió al juego. "Tranquilos, yo no soy así. No pasa nada. Es sólo un programa de televisión", les dijo el vicepresidente a sus colaboradores el día después del debut de su "doble". La frase no alcanzó para calmar la preocupación que atravesaba su oficina del Senado.

Las imitaciones de Lilita Carrió y Felipe Solá también fueron impiadosas. Las referencias a la fe y los vaticinios, en un caso; los intentos por hacer la plancha, por el otro. "En Olivos habrán celebrado", me confesó muy molesto un legislador de la oposición. Las caricaturas fueron por lo previsible. Ésa es su esencia. Así es el juego. Un Reutemann silente, un Scioli optimista y positivo, un D´Elía desbocado y así. La presidenta Cristina con atril incorporado y nominada en la primera jornada para salir de la casa. No faltó el periodista paranoico que alertó: "¿Qué pretenden?, ¿que se vaya del Gobierno?". Y la interpretación contraria de otro colega: "Seguro que esto lo arreglaron con el Gobierno, así Cristina sale de la casa rápido y no se la expone".

Tinelli es la figura más popular del país. Ejerce un humor simple y directo. Dicen que sabe lo que quiere la gente, que tiene la fórmula del éxito. ¿No será mucho? Hay un hecho inapelable: en veinte años de vigencia logró renovarse sin cambiar. A veces, recurre al mal gusto. Cultiva el trazo grueso y lo explícito. Él mismo es una síntesis de la televisión. Los que busquen cultura, lean un libro. En general, la tele es eso: entretenimiento con algo de información.

Como cualquier hombre que se sabe poderoso, no teme acercarse al poder político. Casi todos los presidentes lo han invitado en algún momento "a tomar un café". Y él ha invitado a algunos presidentes. Los dirigentes le temen y lo cortejan en igual medida. Él está convencido de su independencia. "No le debo nada a nadie y por eso hago lo que quiero", suele decir ante propios y extraños. Tinelli no es inocente. Ningún editor lo es. Toma decisiones todo el tiempo. Pero sería injusto decir que un sketch puede hacer tambalear a un gobierno.

Lo cierto es que en los bunkers de la política las especulaciones sobre la impugnación de las candidaturas testimoniales compartieron espacio con las imitaciones. ¿Quién ganó? ¿Quién perdió? En algo coinciden todos. Lo peor que le puede pasar a un político es que su imitador lo muestre dubitativo, servil, lento o medroso. Es como si a un jugador de fútbol lo recrean con dificultades para hacer jueguitos con la pelota. En ese caso, mejor no estar.

A siete semanas de las elecciones legislativas, casi nadie conoce qué proponen los candidatos. Qué harán para disminuir la inseguridad, cómo defenderán los empleos, qué opinan sobre bajar la edad de imputabilidad, cómo piensan enfrentar la crisis económica o cómo votarán el proyecto de Ley de Radiodifusión es un misterio. Éste es el reality más triste. Ante eso, las imitaciones son lo de menos.

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