La realidad y la soberbia

Por Santiago Kovadloff

Filosoficamente, la realidad admite infinitas lecturas. No así desde un punto de vista político. Menos aún en vísperas de elecciones. Quien no acierte en el diagnóstico relativo a la demanda social, perderá puntaje en la carrera hacia el poder. Lo acumulará, en cambio, quien sepa captar el humor colectivo dominante, los reclamos y expectativas prevalecientes en su comunidad. A buen entendedor, más y más votos.

A principios de la década en curso, Néstor Kirchner supo advertir qué era indispensable hacer para ganar respaldo colectivo. Lo supo incluso su mujer cuando prometió, en la última campaña presidencial, que llevaría a cabo, si se imponía, las transformaciones necesarias por él desatendidas. Ahora, a fines de la década en cuestión, ni él ni ella disciernen el camino que deben seguir para retener y ampliar el apoyo recibido. En las elecciones legislativas del 28 de junio, el saber kirchnerista ha mostrado su insuficiencia; la intuición, hasta allí certera, su actual precariedad. Es ésta una realidad que, teniendo en cuenta lo sucedido, coloca a los Kirchner ante un desafío: tener que aprender. Pero, a lo que todo indica, ellos sólo están dispuestos a enseñar. Aprender no es cambiar de estrategia. Aprender significa cambiar de criterio. Implica una transformación sustantiva; extraer lecciones de los desaciertos cometidos que alejan de la repetición y promueven la innovación. Aprender implica pasar, previamente, por un duelo. Por la humildad de un duelo. Capitalizar el dolor de un profundo desacierto.

Lo que la gente ha demostrado con su voto mayoritario es que no quiere que se le mienta. Quiere que se sepa que los hechos por ella protagonizados no toleran el maltrato que les dispensa la demagogia. Que si los precios de los productos suben, el Gobierno diga que tal cosa sucede. Que si padece la inseguridad pública no pretenda que no la sufre. Lo que la gente quiere es que las palabras de los políticos no se conviertan en dardos ofensivos cuando intentan probarle que no padece lo que le pasa. Por eso, cuando llega la hora de votar, allí donde hacerlo es posible, la disconformidad con el abuso y la injusticia se hace oír de manera contundente. Entonces, como diría el general, "truena el escarmiento". Es lo que ocurrió en estas elecciones legislativas. Sin embargo, el registro de lo sucedido, por parte del oficialismo, desmiente esta evidencia y la convierte en mera impresión; más todavía, en puro espejismo. Nada ha cambiado, a juicio de la Presidenta, allí donde sí ha habido cambios fundamentales a juicio de una mayoría. A nadie, sin embargo, puede sorprender esta actitud negadora. En todo caso, cabe lamentarla, pero a esta altura de la actuación de la pareja gobernante ya podemos asegurar que es característica.

¿Qué pide hoy la realidad política argentina? Ductilidad, interlocución, mesura, aptitud para el acuerdo. Un cambio de conducta, por parte del Gobierno, que evidencie disposición a escuchar a quienes se han ganado, en las urnas, el derecho a ser oídos. Pero el discurso pronunciado por la presidenta de la Nación, el lunes último, amortigua hasta la intrascendencia esa expectativa. Fue patético.

Resulta que después de haber escuchado a Galileo, nos vinieron a decir que la Tierra está inmóvil. Aun desatendida, la realidad insiste en darse a conocer. Es de temer que si la derrota vuelve a alcanzar al oficialismo en las elecciones presidenciales del año 2011, sus representantes terminarán su gestión persuadidos, como pretenden hacer creer que lo están hoy, de que no los han derrotado, sino que todo es obra de un hechizo que corresponde desbaratar mediante alquimia aritmética. El Gobierno está empeñado en afirmar que hay horas, sobre todo las adversas, en las que la realidad no debe enseñar nada. Que lo que hay que hacer en ellas es torcerle el cuello a la realidad. Y me pregunto: ¿hay alguna distancia entre lo que se hace con el Indec y lo que se hace con lo que indican los cómputos de la última votación? No hubo fraude esta vez, es cierto. Pero hubo y hay, por parte del oficialismo, una estremecedora decisión de manipular a su favor todo aquello que el consenso público le presenta como opuesto a sus deseos.

La historia y la literatura abundan en ejemplos similares a lo que sucede con el oficialismo e ilustran, una y otra, las consecuencias que ello a veces acarrea. Cuenta Suetonio, historiador latino, que el adivino Espúrina había advertido a Julio César que el 15 de marzo que se avecinaba entrañaba para él una desgracia. Llegado el día y habiendo transcurrido sin sobresaltos buena parte de él, Julio César se burló de Espúrina. A ello respondió el adivino que había llegado, en efecto, el 15 de marzo, pero que aún no había terminado. Horas más tarde, los conjurados acabaron con César.

"Hoy nada ha sucedido", escribió a su vez Luis XVI, rey de Francia, en su diario, el 14 de julio de 1789. Y el monarca memorable del cuento de Hans Christian Andersen se paseó desnudo ante la obsecuencia y el servilismo de su corte que, temiendo contrariarlo, elogió hasta el cansancio las vestimentas imaginarias que el rey decía lucir.

Si negarse a ver lo que sucede siempre es riesgoso para cualquiera, no menos lo es para un político. Cristina Fernández reniega de la realidad y de los desaciertos que su gobierno ha cometido, así como de la errónea lectura que su esposo ha hecho de los acontecimientos y de la sensibilidad social. La soberbia enferma la percepción. Aun en circunstancias como las actuales, presidiendo desde ahora un gobierno debilitado, es muy improbable que los Kirchner atenúen su jactancia. Cambiarán sus tácticas, si es necesario, y aun algunos de sus ministros y secretarios, pero no irán más allá del retoque. Si han pretendido ocultar una pandemia por razones electorales y han subestimado los consejos de una sólida funcionaria del campo de la salud, ¿por qué desenmascararían la verdad de unos acontecimientos políticos que también les son adversos? Ese pertinaz apego al encubrimiento sólo promueve más y más ceguera. Y esa ceguera se ha visto reflejada en las palabras que el lunes pronunció la Presidenta, a modo de evaluación de lo sucedido el domingo anterior. Allí, en ese discurso, el espacio de la oposición quedó establecido. Si el desgobierno sobreviene, se anticipó a los vencedores, será por su culpa. ¿Podrá haber diálogo donde reinan las amenazas? Admitámoslo: el panorama es incierto. La advertencia oficial fue clara y la experiencia ganada en estos años permite prever cómo procederá el Gobierno en un Parlamento donde la oposición estará en condiciones de exigir que la palabra se desplace de la autosuficiencia a la interdependencia. Buscar consensos con las fuerzas opositoras equivale, para ellos, a admitir que existen.

Preocupa verificar hasta dónde ha llegado el espesor del soliloquio en quienes se empecinan en hacer creer que son capaces de dialogar. ¡Qué desconcertantes resultan estas dos figuras para las cuales la oposición nada significa ni nada, absolutamente nada, puede aportar a un mejor conocimiento de las cosas! La realidad tiene, para ellas, siempre, la penúltima palabra. La última la tienen ellas.

La unidad programática que la oposición debe alcanzar urge hoy aún más que ayer. Su consistencia debe ser tan pronunciada como su flexibilidad para tender puentes hacia un oficialismo renuente a aprender de la experiencia. Es necesario que así sea ante un panorama tan complejo.

Esa oposición convergente en sus propuestas legislativas fundamentales debe vertebrarse cuanto antes. Si ello ocurre, el mensaje a la sociedad será auspicioso. Indicará que la moderación, la aptitud para el intercambio de ideas y el consenso han podido más que el encono, la suspicacia y la recíproca descalificación entre las partes. Se le estará diciendo a la comunidad que hay conciencia de las necesidades que la República no puede seguir desoyendo sin debilitar su estructura democrática: de la salud a la educación, del medio ambiente a la producción, del federalismo a la política exterior, de la seguridad a la justicia social.

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