Raúl Alfonsín: El símbolo de la democracia (II)

Por la resistencia militar, no hubo "juicios sin fueros especiales". No habría olvido ni ley de amnistía; pero Alfonsín tampoco creía, porque en ninguna parte del mundo había ocurrido, en el procesamiento de absolutamente todos los que habían participado en la represión ilegal.Quedaba, entonces, el juzgamiento de los responsables: los demás habían actuado, según esta visión más política que legal, bajo órdenes
Los militares podrían primero juzgarse a sí mismos. Alfonsín no esperaba que lo hicieran: su gran amigo el ministro de Defensa, Raúl Borrás, realizó una modificación al Código de Justicia Militar, permitiendo a instancia del juzgamiento por apelación en la Cámara Federal. Los militares rechazaron el autojuzgamiento. El pasaje del fuero militar al civil ocurrió el 2 de octubre de 1984. El juicio oral comenzó el 22 de abril de 1985. El tribunal integrado por León Arslanián, Ricardo Gil Lavedra, Andrés D'Alessio, Guillermo Ledesma y Jorge Torlasco con los fiscales Julio Strassera y Luis Moreno Ocampo tomaron testimonio a cientos de argentinos. La historia sobre las marchas y contramarchas, plagadas de presiones y planteos tanto internos como externos al gobierno democrático, se conoce.

El 2 de julio, Strassera pronunció el alegato que definió el corazón y la razón de ese juicio tanto para la Argentina como para el mundo, resumido en la frase: "Nunca más". El juicio fue memorable más allá de las condenas, algunas mínimas, que se dictaron contra los ex comandantes de las juntas militares.

Pero la Cámara Federal no cerró allí la posibilidad de juicios: dejó abierta la puerta para continuar hacia abajo en la cadena de mandos, oficiales y suboficiales, lo que ocasionó un aluvión de citaciones. Alfonsín buscó continuar con su política de Derechos Humanos centrada en el juzgamiento de los principales actores del terrorismo de Estado.

Según relató en su "Memoria Política", el problema eran los límites de la obediencia debida. "(...)Necesitábamos apurar los procesos culminar de una vez con una situación que precarizaba la estabilidad democrática", argumentó. Así, se sancionó en diciembre de 1986 la ley de Caducidad de la Acción Penal conocida como Ley de Punto Final, que daba sesenta días para el inicio de nuevos juicios, pero una vez transcurrido ese plazo, sólo podrían ser juzgados aquellos militares que se hubiera fugado o que estuvieran relacionados con el robo de bebés de los desaparecidos. Se presentaron entonces muchas denuncias y se multiplicaron los procesos para lograr adelantarse al lazo que vencía a mediados de 1987. Eran contra oficiales y suboficiales de menor jerarquía, lo cual generó un descontento dentro de las Fuerzas Armadas. Ni la presencia del papa Juan Pablo II en el país impidió que el conflicto estallara en la Semana Santa de 987.

Lo cierto es que el 15 de abril el mayor Ernesto Barreiro, acusado de torturas en el centro clandestino de detención La Perla", en Córdoba, se negó a declarar y se atrincheró en el Regimiento 14 de Infantería Aerotransportada. El coronel Aldo Rico se sumó a la rebelión y ocupó la Escuela de Infantería de Campo de Mayo. Había comenzado la rebelión "carapintada", a las que se sumaron otras unidades militares. Rico manifestó que no tenía intenciones golpistas, pero desafió a sus superiores a que intentaran desalojarlo y pidióque sólo fueran juzgados los generales.

Miles de argentinos ganaron la calle y rodearon los cuarteles y se dieron cita en todas las plazas del país para defender la democracia. Hubo solidaridad del cuerpo diplomático, de todos los partidos, de la CGT, de empresarios, profesionales y de las iglesias y comunidades extranjeras. La prensa mundial cerró filas en defensa de la democracia argentina. El domingo de Pascua, 19 de abril, se desembocó en un acto en Plaza de Mayo. Se firmó un Acta de Compromiso Democrático--que dará lugar luego a la Ley de Defensa de la Democracia– y toda la oposición política estaba junto a Alfonsín --desde la derecha liberal la izquierda--, sobre todo el jefe de la renovación peronista, Antonio Cafiero, e incluso Ubaldini, de la CGT. Ese día, Alfonsín se reunió con el coronel Rico.

Tras cuatro días de tensión, Alfonsín aceptó algunos de los reclamos de los subversivos como la renuncia del jefe de Estado Mayor del Ejército, general Héctor Ríos Ereñú, y la sanción de la Ley de Obediencia Debida, que desligaba de responsabilidad por los crímenes dictatoriales a los oficiales con grado inferior al de coronel. Ese domingo de Pascua, ante una Plaza de Mayo atestada, Alfonsín pronunció una frase que pasará a la historia como el reflejo de uno de los momentos clave de la tradicional batalla entre la ética de la convicción y las razones de Estado: "Compatriotas, felices Pascuas. La casa está en orden y no hay sangre en la Argentina. Los hombres amotinados han depuesto su actitud. Serán detenidos". Pero la casa no estaba en orden: no sería la última rebelión ni planteo militar que sufriría Alfonsín. Finalmente, se sancionó la ley de Obediencia Debida el 4 de junio de 1987.

Con las rebeliones carapintadas como telón de fondo amenazante, Alfonsín impulsó sin embargo su vieja aspiración e crear el Tercer Movimiento Histórico, que refundara la base política de la nueva democracia. Uno de sus ejes era el traslado de la Capital Federal a Viedma, como una muestra del nuevo federalismo. También promulgó, siguiendo a tradición laica del radicalismo, la ley de divorcio vincular que había sido resistida por la Iglesia desde el fin del segundo gobierno peronista: habían pasado la friolera de treinta años. También estrechó vínculos con la democracia europea, en especial con el socialista Francois Mitterrand y con Felipe González. No descuidó a Brasil ni México y tampoco su histórico vínculo con el socialista chileno Ricardo Lagos. Pero el desarrollo intemperante de la economía permitía avanzar sólo en zigzag y a los tumbos. Alfonsín sabía que las presiones corporativas irían en aumento.

Entre 1986 y 1987 el Plan Austral se mantuvo y se complementó con varias medidas, aunque la inflación en 1986 había sido cercana al 81,9%. Pero en 1987 se reveía el doble y llegó al 174,8%. La CGT de Ubaldini descargó ese año cinco paros generales. Los empresarios locales crearon el denominado Grupo de los Ocho, nucleados para representar sus intereses ante el Estado: la Unión Industrial Argentina (UIA), la Sociedad Rural Argentina (SRA), la Bolsa de Comercio de Buenos Aires, la Cámara Argentina de Comercio (CAC), la Asociación de Bancos de la República Argentina (ABRA, vinculada a los bancos extranjeros),la Asociación de Bancos de la Argentina (ADEBA, vinculada a los bancos nacionales), la Unión Argentina de la Construcción (UAC) y la Cámara Argentina de la Construcción (CACon). En las elecciones legislativas y para gobernador a fines de 1987, Alfonsín perdió en distritos clave a manos del peronismo: 41,5% del PJ a 37,3% de la UCR. Alfonsín sólo conservó las gobernaciones de la Capital, Córdoba y Río Negro. El resto del país, excepto Neuquén y Corrientes donde triunfaron partidos locales, quedó en manos del peronismo, liderado por Cafiero, jefe de la llamada "renovación", que conquistó la gobernación de la estratégica provincia de Buenos Aires. A fines del 87, el gobernador de La Rioja, Carlos Menem, anunció su decisión de pelear el liderazgo del peronismo y presentarse como su candidato presidencial en 1989.

Alfonsín supo, a partir de entonces, que no sólo las leyes de Punto Final y Obediencia Debida le habían restado el apoyo de sectores de la clase media urbana, sino que la crisis inflacionaria corroía el apoyo de sectores populares.

En las fauces de la hiperinflación

Luego de la derrota electoral, reapareció el hostigamiento militar. En enero de 1988 hubo una nueva sublevación carapintada, liderada por Rico. Contó con el apoyo de unidades militares en varias provincias pero dos semanas después se rindieron. Fueron detenidos Rico y 282 oficiales, pero por poco tiempo. La resistencia militar se recalentaba con las variables económicas. Ya a mediados de 1988, la economía se encontraba en una situación crítica, en la que se combinaban la recesión, la inflación (440% acumulados del semestre), la caída salarial (33% desde 1984) y la desocupación (6,5% de la PEA, además de un 8,9% de subocupación), mientras que la deuda interna alcanzaba los 46.000 millones de dólares y el crecimiento registrabaun índice de (– 4%) del PBI. Ese año se dio una situación paradójica. Por un lado, la economía nacional estaba en constante deterioro. Por el otro, una gran sequía en el Hemisferio Norte aumentó los precios internacionales de productos agropecuarios.

Alfonsín buscó implementar el Plan Primavera: alentado por las centrales industriales y empresarias como la UIA, la CAC y la CGI --vinculadas a lo que se llamó "la patria contratista"- pero rechazado por la SRA, la CRA, la Coninagro y la FAA que denunciaron el plan como un despojo al campo. La mayor parte de las medidas respondían a la reestructuración financiera del aparato estatal, pero el desdoblamiento del tipo de cambio fue lo que hizo estallar a las entidades del campo. Esta medida operaba como una especie de impuesto a las exportaciones. El Plan produjo un choque de posiciones dentro del Grupo de los Ocho: lo apoyó el comercio y la industria vinculados al mercado interno. Se opusieron las entidades agropecuarias, que exigían un tipo de cambio unificado, por estar vinculadas al mercado externo. El plan de Sourrouille contaba con apoyo del Banco Mundial, el FMI y de los Estados Unidos. Los acreedores externos iban por más. Se avecinaba el canje de deuda estimulado por los EE.UU., junto con la priorización de las economías de mercado en toda Latinoamérica. Sobre el ruido intemperante de la economía continuaba la presión militar. El dos de diciembre de 1988 un tercer alzamiento sacudió a Alfonsín. Esta vez lo lideró el coronel Mohamed Alí Seineldín, que sublevó a la Escuela de Infantería de Campo de Mayo.

La rebelión fue reprimida y el 5 de diciembre Seineldín fue detenido. No había lugar para otro golpe de Estado. Esta sería la primera gran constatación de la democracia renacida. Pero también revelaría la imposibilidad de transitar con celeridad por el camino de juzgar los crímenes del pasado. A comienzos de 1989, Alfonsín sabía que la situación era de jaque a su gobierno. La economía marchaba hacia una inflación descontrolada, con el país en emergencia energética. El 23 de enero el Movimiento Todos por la Patria (MTP)asaltó el Regimiento 3 de Infantería de La Tablada. Su líder era Enrique Gorriarán Merlo, quien había pertenecido al PRT-ERP y era uno de los guerrilleros que Alfonsín había ordenado juzgar. El MTP consideraba que estaba evitando un nuevo alzamiento carapintada, apoyado por el peronismo. Fueron violentamente reprimidos, en enfrentamientos que dejaron un saldo e 30 muertos, 44 heridos y numerosos detenidos. El asalto al cuartel no hizo más que reavivar las reividicaciones de los carapintadas: impedir su juzgamiento. Alfonsín ordenó crear el Consejo de Seguridad Nacional: temía que el pasado irrumpiera de nuevo en una coyuntura delicada para su gobierno. Porque 1989 se iniciaba con sangre y con una crisis financiera imparable. En febrero, Sourrouille decidió dejar de sostener el tipo de cambio y el dólar se disparó y con él los precios. Menem, candidato del peronismo para las elecciones presidenciales de mayo ya que había derrocado meses antes a Cafiero en la interna justicialista, agitó aún más las aguas vaticinando confiscaciones moratorias improbables pero que echaban leña al fuego político. El gobierno no pudo contener la inflación y en marzo Sourrouille renunció. En su lugar, Alfonsín nombró a Juan Carlos Pugliese que fracasó y se complicó con una impiadosa interna radical apañada por un candidato, como el gobernador de Córdoba, Eduardo Angeloz que veía esfumarse las posibilidades de su triunfo presidencial.

En medio de la crisis, Alfonsín convocó a elecciones para el 14 de mayo de 1989. La fórmula Carlos Menem- Eduardo Duhalde triunfó sobre la fórmula radical Angeloz-Juan Manuel Casella. La UCR y el PJ habían acordado que la entrega del mando se efectuara el 10 de diciembre, cuando Alfonsín finalizara su mandato. Pero la crisis política se acentuaba y se comenzaba a barajar la posibilidad de una entrega anticipada. El 18 de mayo se reunieron Alfonsín y Menem en Olivos. El 27 de mayo asumió como ministro de Economía el diputado Jesús Rodríguez. La economía era un caballo desbocado: la inflación llegó al 4.923,3%. La cadena de precios y abastecimiento se rompió. Entre el 26 y 30 de mayo hubo saqueos a supermercados, represión y muertes. El primer gobierno democrático de la posdictadura estaba fatalmente herido. El 30 de mayo Alfonsín renunció ante el Senado. Creía que debía anteponer a su orgullo la necesidad de preservar la democracia. El 8 de julio de 1989 entregó el bastón y la banda presidencial a Menem. Fue la primera vez en todo el siglo XX que un presidente electo le entregó el poder no electo por otro partido. Alfonsín había jurado que dejar el gobierno no implicaba dejar la política: "Resigno mi investidura presidencial, pero no declino mi responsabilidad ni abandono la lucha, que desde ahora continuará hasta tanto Dios me dé fuerza para ello".

Los 90: pactar desde el llano

La sensación de la sociedad de haber llegado al borde de un abismo facilitó medidas de excepción tanto para reformar el Estado cataléptico posdictatorial --ya que el período de Alfonsín apenas se había asomado a las emergencias económicas de la coyuntura-- como para liquidarlo. Menem tenía el camino despejado para ambas cosas. Alfonsín renunció a la jefatura de la UCR en octubre de 1991 y lo remplazó el senador misionero Mario Losada, hombre de su confianza. Pero estuvo lejos de abandonar la política. En 1992, creó la Fundación Argentina para la Libertad de Información (FUALI), desde donde publicó "Alfonsín responde" y "Democracia y consenso".

En 1993, Alfonsín decidió volver a disputar la interna partidaria a pesar de la fuerte oposición de dirigentes del balbinismo como Fernando de la Rúa. El 13 de noviembre de 1993 obtuvo la presidencia de la UCR. En esta condición es que, al día siguiente, se reunió con Menem en la quinta de Olivos, con el objetivo de llevar adelante una serie de reformas en el sistema político. A pesar de las fuertes discusiones en el seno del radicalismo, el 13 de diciembre Alfonsín y Menem firmaron el "Pacto de Olivos" y se selló el acuerdo para la reforma constitucional.

Para Alfonsín, se trataba de la modernización y flexibilización del sistema presidencialista. Para Menem, importaba esa flexibilización que incluía la posibilidad de reelección presidencial con acortamiento de mandato a cuatro años. Ambos firmaron el núcleo de coincidencias básicas que preveía la elección, la creación de la figura del Jefe de Gabinete, el tercer senador, la constitucionalidad de los Decretos de Necesidad y Urgencia (DNU) y otros temas de debate abierto como formas de democracia directa, la relación entre la nación y las provincias, el financiamiento de los partidos

políticos y una reforma electoral. El 10 de abril de 1994 se votaron los integrantes para la Asamblea Constituyente y el radicalismo obtuvo sólo el 19% de los votos. Esta merma en el caudal electoral se repitió en las elecciones legislativas del 94 y las presidenciales del 95 y significó un duro revés para la posición de Alfonsín dentro de la UCR. Alfonsín integró la Convención Constituyente que sesionó en Santa Fe entre mayo y agosto del 94, cuando fue sancionada la Constitución reformada en 43 artículos. Un año después, en setiembre de 1995, renunció a la conducción de la UCR. Lo sucedió Rodolfo Terragno, pero se mantuvo como secretario de Relaciones Internacionales.

En esos años de hegemonía menemista, surgió una centroizquierda liderada por Carlos "Chacho" Álvarez, el Frente Grande, que sumaba votos y seducía al electorado radical. En 1995, el Frepaso (Frente Grande más PAIS, la Agrupación liderada por José Octavio Bordón) le disputó el gobierno a Menem, pero el riojano fue reelecto. La ruptura con Bordón facilitó el acuerdo de Chacho con Alfonsín: el 3 de agosto de 1997 constituyeron la Alianza por el Trabajo, la Justicia y la Educación (ATJE). Alfonsín participó en su diseño. Fue su coordinador general y director de su Instituto Programático (IPA). La Alianza ganó las legislativas de octubre del 97. En agosto de 1998 Alfonsín junto a los demás referentes de la Alianza, como Graciela Fernández Meijide, Fernando de la Rúa y Chacho Álvarez, presentaron la Carta a los Argentinos, lo que sería su base programática en vistas a las elecciones de 1999.

Alfonsín creía que debía impulsarse una cultura "aliancista" con marcas socialdemócratas. Pero el ala dellaruista rechazó la propuesta sistematizada por Caputo. En febrero de 1999, Alfonsín renunció a su cargo en el IPA y a luchar por la jefatura partidaria. A los pocos meses tuvo un accidente automovilístico en Río Negro. Se rompió nueve costillas y sufrió varias lesiones graves. Gran parte del arco político lo apoyó en su rápida recuperación, entre ellos Menem, que lo visitó en el hospital. Este gesto de cordialidad no tapaba la profunda adversión que Alfonsín sentía por los intentos de Menem de pelear por la "re-reelección". Le advirtió que de seguir en esa postura, la Alianza llamaría a la desobediencia civil porque intentarlo era promover un "golpe institucional". Lo tomaba casi como un asunto personal. Menem debió retroceder públicamente no sólo por esa batalla de Alfonsín sino porque ni a sociedad ni el PJ, expresado por Duhalde, tolerarían una re-reelección: desde 1995 la Convertibilidad daba señales de agotamiento, el incremento de la desocupación al 21% récord, el aumento de la deuda externa y las denuncias de corrupción perforaron el carisma menemista. El 24 de octubre de 1999, la fórmula De la Rúa-Alvarez le ganó las elecciones a la del PJ integrada por Duhalde- Ramón "Palito" Ortega. Alfonsín ya estaba recuperado de su accidente y fue designado vicepresidente de la Internacional Socialista. Volvió a presidir la UCR en diciembre de e ese año. Pero la relación con De la Rúa fue cada vez más distante. La Alianza se sumió en una crisis profunda luego de denuncias de corrupción, por la famosa "banelco" en el Senado y que determinó la renuncia a la vicepresidencia de Chacho Alvarez.

La situación era cada vez más crítica. Alfonsín creía que se debía salir del cepo de la Convertibilidad ordenadamente. Sólo una vez se atrevió a formularlo al gobierno dellarruista pero el establishment financiero aún no estaba preparado para un escape que permitiera poner a salvo sus encajes y depósitos en el extranjero. El último ministro de Economía de De la Rúa, Domingo Cavallo, llegaría para eso con el "corralito". Un mes antes del estallido del 19 y 20 de diciembre del 2001, que terminó trágicamente con el gobierno de De la Rúa, Alfonsín había dejado la presidencia de la UCR, y se había alejado de todo cargo partidario, aunque había sido electo senador por Buenos Aires. Pero el país vivía una crisis de proporciones bíblicas. Y a de fines del 2001 y principios del 2002, volvió a ser el referente del radicalismo y fue el articulador de los acuerdos con Eduardo Duhalde, ya electo presidente por la Asamblea Legislativa, para dictar las medidas tendientes a salir del pantano, entre ellas, la Ley de Emergencia Económica. Fue, además, quien sostuvo alineado al radicalismo para apoyar esa difícil transición que incluyó la salida de la Convertibilidad, la declaración del default y meses y meses de inestabilidad política y crisis económica y social. Alfonsín avaló la llegada de Roberto Lavagna a la jefatura de Economía.

Durante los años de gobierno de Néstor Kirchner, Alfonsín escribió sus memorias políticas. Viajó a distintos foros internacionales y fue reconocido nacional y mundialmente como un hombre íntegro, como un demócrata de convicciones sólidas. Entre 1984 y 1999 fue ungido Doctor Honoris Causa por catorce universidades, entre ellas la Universidad de Tucumán, lugar donde recibió la tremenda noticia, el 6 de setiembre de 2004, de la muerte accidental de su nieta Amparo Alfonsín, de apenas 15 años, ocurrida en su colegio. Los reconocimientos continuaron: recibió nueve medallas de honor y condecoraciones por los gobiernos de Venezuela, Colombia, España, Perú, Alemania, Japón, Brasil, Italia y Chile. Fue premiado por el Consejo de Europa; la Internacional Liberal; la Fundación Príncipe de Asturias por la Cooperación Iberoamericana. Es miembro de nueve organizaciones como el Centro Carter de Atlanta; el Diálogo Interamericano, el Club de Madrid, la Comisión Sudaméricana de Paz y la Internacional Socialista. Del gobierno de Kirchner, Alfonsín apoyó sus medidas económicas destinadas a salir de la crisis. Pero criticó sus métodos de conducción política "hegemónicos". En 2008, fue sometido a una operación en los Estados Unidos. Sus pulmones estaban enfermos. La Legislatura de la Provincia de Buenos Aires lo nombró ciudadano lustre. En agosto de 2008, la presidenta Cristina Kirchner lo visitó en su casa, donde estaba convaleciente. Alfonsín la recibió con un beso en la mano. Charlaron de libros y filosofía.

Y la invitó a brindar con champán. Semanas más tarde, lo visitó la líder de la Coalición Cívica, Elisa Carrió y luego el vicepresidente Julio Cobos. El 1° de octubre de 2008, en una ceremonia emotiva y de profundo impacto político, la presidenta Cristina Kirchner lo recibió junto con el gobierno en pleno y miembros del radicalismo, socialismo y otros partidos, en la Casa Rosada donde se le rindió homenaje y se descubrió su busto en el Salón de los presidentes. Alfonsín leyó allí lo que se considera su testamento político. Se fundió en un abrazo emocionado con la presidenta y recibió de ella los honores de líder fundador de la democracia moderna y más perdurable de la historia argentina. En la campaña de 1983, Alfonsín había dicho: "Con la democracia se come, se educa, se cura". Más allá del tiempo que se tarde, Alfonsín convocó a esa utopía. Fue su fatalidad y su privilegio, como la de los hombres imprescindibles en la Historia.

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