"Raúl Alfonsín, estadista de las Américas"

Por: José Sarney

EX PRESIDENTE DE LA REPUBLICA DE BRASIL

El proceso histórico de integración no habría sido posible sin Alfonsín. Fue su visión continental, su firmeza en las convicciones y su grandeza política lo que puso fin a todas las hipotecas del Plata que la historia nos legara a nuestras generaciones

En nuestro primer encuentro, en Iguazú, después de decirle que podríamos cambiar el destino del Cono Sur, el concordó inmediatamente. Mencioné la falta de fundamento de las querellas entre nuestros países. Por ejemplo, estábamos junto a Itaipú, pero él no podría visitarla por causa de las repercusiones internas en Argentina sobre la construcción de la gigantesca hidroeléctrica. Su reacción fue ir a la hidroeléctrica. Nos sacamos una foto en el hermoso vertedero y, con ese gesto, se daba por terminada la discusión sobre "la bomba de agua".

Alfonsín es un hombre de Estado de estatura mundial. El problema nuclear entre nuestros países era grave. Nuestros militares se preocupaban con quién llegaría primero a la bomba atómica. El Presidente me llevó a Pilcaniyeu, a la planta nuclear argentina. No sólo fui yo, sino todo nuestro equipo de científicos. La caja negra quedaba abierta; el secreto terminado. Lo retribuí invitándole a inaugurar la planta de Aramar, en Brasil, donde habíamos desarrollado el proceso de enriquecimiento de uranio. Y abrimos todas las informaciones a los científicos argentinos. Queríamos, de este modo, terminar con la barrera nuclear que comprometía nuestras relaciones. No fue preciso que recurriéramos a las Naciones Unidas o a la Agencia Internacional de Energía Atómica. Fue un ejemplo único en el mundo de una solución personal para un problema tan profundo, basada en otras dos fotografías: una en Pilcaniyeu, otra en Aramar. En ellas estaba Alfonsín: el estadista de carácter ejemplar, el patriota y el luchador por la democracia.

Gobernamos en la misma época y tuve la felicidad de transformar esa sociedad en una amistad profunda y duradera, uno de los orgullos de mi vida.

Hombre intransigente con sus principios, Alfonsín nunca desistió de sus padrones éticos. Su actuación en la reconstrucción democrática del continente hizo de él un patrimonio no sólo de Argentina sino también de América. Gobernó en tiempos turbulentos, de deuda externa impagable, de inflación galopante, que asolaba su país como también el mío y el mundo. Era la transición democrática, una época en que las reivindicaciones superan a las posibilidades. Con sus virtudes, firmeza y autoridad moral, consolidó las instituciones y se convirtió en ejemplo de político honrado y de ideas de vanguardia.

Juntamente con Julio Sanguinetti, luchamos para restaurar la democracia en toda América del Sur, y así sucedió. Creamos la cláusula democrática ya en los primeros Tratados y sólo admitimos como socios en el proyecto de integración a países con plenas libertades públicas. Desgraciadamente, el ideal de un mercado común igual al europeo fue frenado en 1990 a favor de una simple unión aduanera. Teníamos hasta entonces el sueño de integrarnos por sectores. Pero la idea generosa de la integración es irreversible: las dificultades serán vencidas y surgirá una América del Sur unida e integrada política, física, económica y culturalmente. Dicen los chinos que "cuando fueras a beber agua en un pozo, busca saber quién abrió el pozo". El día que concluyamos el proceso de integración, Raúl Alfonsín será conmemorado por su papel fundamental en la aproximación de las naciones del continente. Se debe testimoniar que él fue gran argentino, ciudadano de todos nuestros países.

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