Un raro clima, un mal momento, una duda espantosa

Con una sucesión de hechos nefasta, el Gobierno local está al borde de la peor situación: la de perder la iniciativa. Dos bloques unipersonales salieron a marcarle el paso en temas estratégicos. La humareda científico-tecnológica con la que se trata de tapar la total desorientación investigativa en el último homicidio que desestabilizó a la Ciudad ya no engaña a casi nadie. La aparición de un joven que se fue de paseo y un allanamiento a un huerto exótico, justo cuando no se resuelve el caso Magalí Giangreco. Y el mal clima en la Policía, que ya circula mails y mensajes de celular por la situación interna que viven.
Pocos contextos como el actual eran imaginables hace apenas un año en la Ciudad. Atravesada por tensiones de cable de acero, cabe una pregunta en retrospectiva: ¿cómo y por qué nos dejamos traer hasta este sitio? Surgido este trance en un buen contexto, cuesta explicarlo: implica, además, corroborar que una Presidenta de la Nación que hace 17 meses tenía el 45% de los votos no puede, siquiera, bajar en avión en el aeropuerto local.

Cruzada como está la realidad, la mirada analítica debe empezar y terminar por el lado positivo, porque no queda otra que pensar con un poco de entusiasmo: la realidad es ya bastante oscura como para proponerle caminar por baldosas negras. Y dos oportunidades surgen para los próximos días: la indignación de los pibes de Olavarría, que reclamaron un punto final para el clima de espanto sin adherir a ninguna organización de ningún tipo, es una; la posibilidad (y tal vez obligación) del Gobierno local de dar un golpe de autoridad y modificar la inacción institucional, es la otra.

Ambas (y tal vez sólo ambas) pueden sacarnos del atolladero. Que es bravo. Por lo siguiente.

La desaparición de Magalí Giangreco (y la investigación paralela de un homicidio estremecedor que parece corresponderle) ha ingresado en un camino de desaciertos y sospechas que complican la posibilidad de una resolución clara de los hechos cada día que pasa.

Operan en contra de las perspectivas de escarecimiento, precisamente, el optimismo inicial y las postreras definiciones apresuradas que hicieron trizas la credibilidad de la investigación. Desde los allanamientos policiales que buscaban viva a Magalí Giangreco o decían haberla visto con 5 minutos de diferencia debajo de un puente, cuando en Junín y Vélez Sársfield un cadáver que le correspondía llevaba 12 días de descomposición, hasta las apuradas declaraciones del ministro Carlos Stornelli acerca de una pista de inminente resultados, todos fueron pérdidas.

Ese impulso a la falta de confianza ha sido lapidario. Los muchos más de 2.000 pibes que le dieron cuerpo a una marcha que sin ellos hubiera sido floja (y donde los comercios no hubieran cerrado sus puertas) reclaman no solamente seguridad sino eficacia de los actores que proporcionan garantías públicas para que nadie pueda matar a otro y eludir toda pena, como sucede en Olavarría con una frecuecia aterradora.

Enumeremos: búsqueda con vida, descuido fiscal en la investigación de la fuga, afirmaciones (falaces) de avistamiento, pedido a las patrullas (cuando el cuerpo ya estaba en la ex estación de servicio) para que localizaran a una chica como Magalí ``en estado deplorable, que se hace llamar Yanina´´, Municipio confundido, Intendente haciendo declaraciones radiales basado en datos policiales por lo que aseguró que ``en Olavarría no hay desapariciones sino fugas del hogar´´, una autopsia donde el cuerpo va a Lomas de Zamora y en la versión de los investigadores vuelve a Azul para recién después mandar de nuevo las manos para sacar las huellas digitales, ya suficiente material genético para un ADN según unos funcionarios judiciales, aún insuficiente material genético según otros funcionarios, acusaciones contra íntimos de Magalí con interpretaciones novelescas de su vida privada cuando aún no se pudieron determinar cuatro pasos claves antes de imputar a nadie (si es ella y con qué datos lo saben, de qué murió, si la muerte fue ocasionada por terceros, el móvil del asesinato y recién ahí los sospechosos), escena del crimen donde entraba cualquiera y luego escena del crimen preservada con celo mientras equipos de investigación de punta extraen datos, y un calendario de días que pasan (ya cerca del mes) y con ellos las chances que se evaporan.

Ese cuadro es de por sí difícil de tragar y seguir durmiendo, en una sociedad que ya viene de varios casos con homicidios sin resolver. Pero se agrava el diagnóstico y decae más la credibilidad en funcionarios e investigadores cuando se constata, mal que pese en varios, que ya hay tendencia a las cortinas de humo, a la espectacularidad hueca y al desvarío. Cuando no a la reacción intempestiva.

El operativo policial-fiscal de este miércoles en un huerto de cactus inmemoriales, donde se pretendió desbaratar a una supuesta red de venta de alucinógenos sin contar con el más mínimo aval legal ni científico, encierra más que la anécdota o el fallo que sentará precedente para una moda de cultivos excéntricos.

El operativo se lanzó dos horas antes del inicio de la marcha por la seguridad, cuando la latencia de participación juvenil hacía evidente que el centro de la Ciudad se poblaría (como sucedió) de miles de gargantas jóvenes gritando indignación por la impunidad local.

El panorama de infoeme.com de hace siete días lo había anticipado desde el título: sin un detenido el 17 la marcha era imparable e inédita, como pasó: en Tandil la movilización reconoció a 70 personas (``fueron a tomar mate´´, según los colegas serranos); en Azul no había casi nadie; en la Plata eran muchísimos menos que acá y sólo en Mar del Plata, donde hay casos impunes, la movilización tuvo cuerpo.

Otro hecho contribuye a pensar que el Gobierno muncipal (a pesar de que trata de mantener distancia de la investigación) acusó el golpe y necesitó buscar oxígeno: al día siguiente, el regreso a la Ciudad de un muchacho que se fue de paseo fue mostrado por dos funcionarios de primera línea (Héctor Vitale y Patricia Seijo), junto a los padres, como el retorno de un Ingrid Betancourt rescatado de las FARC, por pura demanda de un hecho que cerrara bien ante el descontrolado entorno.

Es cierto que el Gobierno tiene mala suerte: opera en los alrededores una denuncia de secuestro, violaciones y torturas a una menor que suena a ficticia, y donde los fiscales no atinan a sentarse cara a cara con la chica para dejar de trabajar en vano y de agitar un fantasma que asusta más de la cuenta. Pero es cierto, a la vez, que aún hay cierta fortuna social: a nadie se le ocurrió, todavía, inventar detenidos.

Los males del caso irresuelto, como tal, se expanden. En Olavarría, como la marcha, se potencian. Cualquiera que esté con la oreja parada y el mail abierto conoce el clima de malestar que ya resuma la Policía de Olavarría, que es extensivo al Servicio Penitanciario. Mails y mensajes de texto, llamados y proclamas indican que los uniformados digieren mal la presión de estos días: se ven al medio de una trama que en muchos casos no comprenden, y ven (la tropa) que la gente los mira mal sin que tengan las herramientas para cambiar la situación.

Algo de eso hay en los mails que llegan a esta Redacción, donde policías conocidos piden que ``estamos a veces hasta dos días sin dormir, porque a los señores jefes que están de paso por acá se les ocurre quedar bien con la Ciudad y nos recargan de horas sin importarles nada, total ellos están sentaditos en su despacho o durmiendo en su cama sin arriesgarse a que les pase nada´´.

De nuevo, con nombres pero pidiendo reservas: que no tienen blindajes, que no ganan nada o que ``que los vecinos de nuestra ciudad no brinden su apoyo en vez de fijarse qué hacemos o dejamos de hacer, de denunciarnos por cualquier cosa´´.

Los sms celulares, con reclamos de subas salariales son el compás que sigue también acá la protesta que en la Provincia llegaron a hacerle los policías uniformados al mismísimo Gobierno.

Algo de todo esto trasunta también el durísimo operativo del barrio Facundo Quiroga II, donde se combinan también componentes culturales y socioeconómicos complejísimos. El tono y la mecánica, pero también el grado aprobatorio de opiniones que llegaron más tarde a este medio por diversas vías, indican un feo rasgo: si no hay un corte decisivo de la incertidumbre, si el sistema de seguridad e investigaciones no demuestra en breve que están en condiciones de hacer cumplir las reglas de convivencia más claras y consensuadas (las leyes se cumplen, los que cobran sueldo por investigan lo hacen bien, el que mata va primero a juicio y luego va preso) el criterio se torcerá hacia terribles respaldos a opiniones menos responsables, más feroces.

Vayamos a otro terreno, más político, que sí refiere en exclusiva al Ejecutivo local.

En plena campaña, el problema de la seguridad ha confundido al Gobierno municipal al punto de hacerlo dudar en su propio terreno. En una campaña que deberá dominar por propio peso oficialista, políticos mucho menos entrenados que los del equipo oficial le roban el protagonismo, sin gastar un peso y sin arriesgar nada.

La postergación de la visita presidencial no causa buen efecto. Pero más allá de eso, el Palacio San Martín no consigue aprovechar su propio capital. La concreción de las obras del mega plan apenas es anuncio. Aún cuando otras ciudades han licitado las viviendas Olavarría no sabe cómo las resolverá: por semana llaman a esta Redacción decenas de personas que quieren saber dónde anotarse para las casas. Ese punto aún no está resuelto porque el Municipio ni siquiera licitó los trabajos.

Una duda lo carcome: sabe por encuestas propias que así como en el rango de menores de 40 años hay expectativa por las casas a construir en el rango de mayores de 40 hay profundo rechazo, basado en la creencia de que esas casas se ocuparán con gentes llegadas de otros lugares, supuestos delincuentes del Conurbano.

Aunque no sea así, la gente lo cree así, y contra las creencias es imposible luchar. En esa duda, la ejecución se prolonga indefinida. Y en esa duda, se le anticipan: el pedido de la concejal Liliana Schwindt para una rebaja en las cuotas a pagar, y el proyecto de foros de seguridad de Marcelo Urlézaga van en el mismo sentido: marcarle el paso, mojarle la oreja, porque lo ven muy quieto.

Es por eso que la semana que viene José Eseverri debe resolver si da, como debiera, el golpe de autoridad que lo ponga a la cabeza de los eventos de interés, y le permita superar un mundo de la rosca política que cada vez será menos eficaz para ganar las elecciones.

Es cierto que todas las líneas K se reunieron en Tapalqué este sábado. Es cierto que la oposición piensa en colectoras. Y que Julián Abad encabezaría la del Pro.

Pero eso, la verdad, no le importa a nadie, y no pesará como valor electoral. El oficialismo, en rirgor, opina que la oposición quiere imponer la seguridad como bandera de campaña, para eludir el debate político real. La seguridad sería, en esa tónica, un invento, una demanda mentirosa e irreal, una ilusión mal intencionada.

Si así fuera, la gente debería discutir sobre plataformas ``reales´´: las obras que se prometen pero no se hacen, los cargos políticos que terminan en los amigos, la rosca de sede partidaria, los acuerdos de votación, los intereses compartidos entre la dirigencia (y no con la gente). Pero no hablar de la seguridad, porque se trata de un ``invento´´ político.

En la Olavarría de hoy ese planteo es absurdo. Completamente absurdo. Y con el correr de las horas y los días directamente se hace insostenible.

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