El rancho de Zelaya, bastión rebelde

En una violenta región plagada de narcos, la finca del presidente destituido es la base de sus fieles seguidores
CATACAMAS, Honduras.? Como un mal augurio, una estatua decapitada de Manuel Zelaya preside el porche de su finca, cuartel general de sus seguidores en Catacamas, la ciudad natal del depuesto presidente, desde que hace unos días desalojaron al ejército. En la hacienda Villa Linda los zelayistas preparan ya su marcha hacia la frontera con Nicaragua para acompañar a su líder.

"La cabeza de la estatua se la llevó un ciclón el año pasado, pero acá estamos cuidando el resto", comenta, altivo, Manuel Hernández, mayordomo de "Mel" Zelaya, mientras se palpa el bulto que le asoma en la cadera: un revólver calibre 38.

Hernández fue uno de los cientos de vecinos de Catacamas que lograron echar a los soldados de la finca. Los militares la habían ocupado tras el golpe de Estado del 28 de junio y tuvieron que retirarse a una distancia prudencial ante el empuje de los partidarios de Zelaya.

Ahora, zelayistas armados protegen la hacienda. Allí, junto a la estatua de fibra de vidrio decapitada, duerme la tropa zelayista de Catacamas. Y por el día se zampan alguna de las muchas vacas que pastan en esta tierra de pasto verde y abundante.

En el nororiental departamento de Olancho, donde se enclava Catacamas, Zelaya cuenta con un 70% de apoyo popular. Sus partidarios emprenderán en las próximas horas una caravana hacia la frontera nicaragüense. "Si no hay contraorden, partiremos hacia el punto fronterizo de El Paraíso-Las Manos; allí esperaremos a Mel, que saldrá de Managua con un contingente de hondureños que ya ha cruzado a Nicaragua", revela el mayordomo de Zelaya.

"No vamos a ir armados, pero tampoco vamos a dejar que detengan al presidente", advierte Hernández, que ha trabajando para Zelaya durante 34 de sus 54 años. "Hablé con él hace unos días, quería saber cómo estaba la gente, su finca, y nos pidió que la caravana fuera pacífica", precisa.

Según relata Hernández, Mel Zelaya recibía en Villa Linda, una finca sin ganado ni cultivos pero de buen tamaño, a jornaleros, funcionarios, sindicalistas, ministros y todo aquel que quería plantearle sus quejas: "Iban pasando por grupos y el presidente los atendía a todos".

La casa de Zelaya en Villa Linda no ganaría un premio de decoración. No se percibe lujo ni ostentación. En su despacho uno esperaría encontrar fotografías de sus aliados regionales. Pero quien llena los estantes de la pieza no es Hugo Chávez, sino George W. Bush. El ex presidente estadounidense aparece sonriente con las hijas de Zelaya en una foto y más sonriente todavía con el propio Mel en otra.

El cuarto parece un bazar donde se mezclan caricaturas del depuesto mandatario con trofeos juveniles de básquetbol, una pequeña torre Eiffel, una espada china y su credencial de presidente de la República, curiosamente mojada. Su biblioteca es tan variada como su pensamiento ideológico. Junto a Las venas abiertas de América latina, de Galeano, hay un best seller de Michael Crichton, poemas de Neruda y un manual titulado Alojamientos para el ganado.

Armas por vacas

Los vecinos de Catacamas espantan a la vez los zancudos y el aburrimiento. En esta adormecida ciudad de 35.000 habitantes, a unos 200 kilómetros de Tegucigalpa, nadie diría que cada vecino guarda un arma debajo de la cama. Pero así parece ser. "Nosotros somos pacíficos, pero hay gente desesperada y armada que nos está pidiendo que nos apartemos para que ellos asuman la defensa de Zelaya. Eso nos pondría a las puertas de una guerra civil, pero nosotros no vamos a levantar un arma", asegura Eliazar Turcios, ingeniero agrónomo y uno de los zelayistas moderados que custodian Villa Linda.

"Desde que se fueron los contras [la milicia antisandinista entrenada por Washington en los años 80], acá las armas «rebotan» [abundan] ?continúa Turcios?; casi todo el mundo tiene un AK-47, y hay quien maneja lanzagranadas. Oiga, acá se cambian vacas por armas, créame."

El campamento de los contras al que se refiere Turcios estaba a tan sólo diez kilómetros de la finca de Mel, en un lugar llamado El Aguacate. Allí había habilitado Zelaya una pista de aterrizaje que fue dinamitada por el ejército hace unos días, según sus seguidores, para evitar que el mandatario depuesto se plantara allí en una noche sin luna.

Cada vez que se habla de armas en la zona de Olancho, todo el mundo piensa en lo mismo: "Esta es tierra de narcos; por 500 lempiras [unos 25 dólares] uno compraba una AK-47 en los años 80. ¿Qué pasó? Que todo el mundo compró una. Cuando se desarmaron los contras, se entregaron muchas armas, pero otras muchas no", continúa Turcios y luego se muerde los labios.

Otro compañero que prefiere no identificarse continúa el relato: "Hace seis meses mataron a un policía que fue a detener a unos narcos en una aldea cercana. Le cortaron la cabeza y nunca se encontró. Y nadie fue al «mamo» [la cárcel] por eso. Acá cada vez hay más sicarios".

El gobierno de facto de Roberto Micheletti ha señalado con el dedo a Zelaya por su presunta relación con el narcotráfico, una acusación que el derrocado presidente rechaza. Aunque en Catacamas, donde todo el mundo habla bajito para no tentar a la suerte y a las balas, se cuentan historias truculentas sobre familiares directos del presidente vinculados con el narcotráfico.

"Es un secreto a voces que Joaquín «El Chapo» Guzmán [líder del cartel de Sinaloa y el narcotraficante más buscado de México] está en La Ceiba [en el litoral Atlántico] protegido por otros narcos y por quién sabe qué políticos", susurra Nelson a la puerta de un locutorio de Internet en el centro de Catacamas.

"Yo no estoy ni con Mel ni con Micheletti ?interviene Dimas?. Lo que sí le puedo decir es que acá ha habido narcos antes de Mel y también con Mel, y que las avionetas pasan por la noche, y algunas se han estrellado. Por ahí andan calcinadas, algunas con matrícula venezolana, pero no se puede hablar de eso, porque al que abre el pico acá lo parten por la mitad con una AK-47. Acá parece que no pasa nada, pero vaya si pasan cosas?"

Algunas de esas avionetas a las que se refiere el joven Dimas pueden verse en la ruta que lleva de Juticalpa a Catacamas ("La ciudad de los cielos abiertos", como reza, paradojas del destino, su lema turístico). En el cruce de Tulín, vigilado por militares y policías, está el cadáver de uno de los aparatos. Una avioneta Cessna partida en dos que cayó del cielo cargada de cocaína, según la policía, y sin puerto de partida claro. Y no muy lejos del lugar unas vacas ramonean a media tarde, sin saber que quizá mañana serán permutadas por un lanzagranadas.

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