Las ranas pidiendo rey

Por Marcelo Birmajer

Desde hace ya varios meses, la ciudad de Buenos Aires se ha visto asediada por toda suerte de manifestantes que impiden el libre tránsito de automovilistas y peatones. Sus motivaciones y declamaciones políticas son tan variadas como los días en que ocupan las calles, y cada grupo puede, a su vez, mudar de posición como de estado de ánimo; impiden la libre circulación pretextando una causa y cortan una arteria distinta, al día siguiente, por la causa exactamente opuesta. Algunos apoyan al Gobierno, a Irán y a Chávez. Y otros a Chávez y a Irán, pero no al gobierno argentino. También los hay que protestan, en nuestro suelo, contra otros gobiernos e impiden el paso de sus compatriotas y de los visitantes por igual.

Pero todos coinciden en amenazar a quienes pretenden cruzar la calle.

En la mayoría de esos grupos, existen sujetos encargados de la "seguridad": energúmenos que ocultan sus rostros con paños de tela blanca estampada con líneas negras entretejidas y blanden palos de madera o hierro. Son los esbirros a cuyo cargo queda la tarea de moler a palos a cualquier transeúnte o automovilista que pretenda circular libremente por las calles de la ciudad.

En la primera quincena de noviembre prácticamente fue imposible (excepto sábados, domingos y feriados, porque se los toman, como todo el mundo, de descanso) encontrar un día hábil en el que los habitantes de Buenos Aires no se vieran amenazados en alguna arteria urbana por estos patoteros. A esta situación, de por sí curiosa, se le suma una curiosidad aún mayor: una reticencia generalizada a llamarlos por su nombre: patoteros, intolerantes, autoritarios y delincuentes.

Podría entenderse que, durante un régimen dictatorial, los integrantes de una protesta callejera tomaran la precaución de proveerse de palos y ocultar sus rostros como un medio de inevitable autodefensa. Pero no sólo los argentinos vivimos desde hace ya veinticinco años en democracia, sino que desde la asunción de Néstor Kirchner, continuado por su esposa, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, el Gobierno ha tomado la determinación de no reprimir estas agresiones contra la libre circulación de los ciudadanos. De modo que los palos y los encapuchados en ningún caso son contra una posible represión, sino, muy por el contrario, contra cualquier civil desarmado que pretenda ejercer su libertad de tránsito.

Que los palos no son el inocuo "cuchillo de palo" lo vimos hace un par de años, por televisión, cuando un automovilista, llevando a sus dos pequeños hijos en el vehículo, equivocó el camino y quedó intentando atravesar el piquete: lo amenazaban con los palos, mientras los dos pequeños lloraban aterrados.

Vándalos encapuchados y armados con palos -y sobran las sospechas de que no sólo con palos, sino también con armas de fuego-, entonces, determinan hoy quién puede y quién no puede circular por la ciudad de Buenos Aires.

Esto me recuerda una fábula que algunos atribuyen a Samaniego, otros a Lafontaine y otros a Esopo.

Las ranas de un estanque pidieron a Júpiter un rey. Como éste vio que no les hacía falta un monarca, lanzó un rayo contra un tronco y determinó que ese tronco carbonizado era el rey de las ranas. Entre el estrépito y la feroz figura en que quedó convertido el tronco, las ranas se lo tomaron a pecho. Pero, a poco, comenzaron a salticar alrededor del tronco, luego a subirse, y finalmente a faltarle el respeto. Defraudadas por la pasividad de su rey, las ranas reclamaron a Júpiter que les enviara un verdadero soberano, que efectivamente ejerciera su autoridad. Júpiter, que dormía la siesta, airado por el croar de sumisión de las ranas, les envió una cigüeña carnicera, que las devoraba a diestro y siniestro. La moraleja, en cualquier versión de la fábula, es que quien vive libre no debe reclamar ser sometido. Pero estimo que en estos días en Buenos Aires la misma fábula puede encontrar otro sentido final.

Puede que no haga falta ni un tronco para estimular la anarquía ni una cigüeña carnicera para implantar el terror. Es posible que las propias ranas se agrupen de tal modo que una minoría violenta de ranas ocupe el lugar del tronco, por su incapacidad para generar un orden justo, y, al mismo tiempo, el de cigüeña carnicera, al amenazar con violencia a todo aquel que pretenda trabajar y vivir en libertad.

Por una paradoja inexplicable, a quienes nos oponemos a los lúmpenes encapuchados y armados se nos tilda de autoritarios y reaccionarios. Desde el llano, ignoramos cuáles deberían ser las medidas del Gobierno para terminar con este flagelo, pero sí queda muy claro lo que está haciendo: permitiendo que verdaderas bandas armadas repriman, por fuera del Estado, a ciudadanos inocentes.

Los argentinos hemos vivido la parábola de las ranas pidiendo rey desde muy temprano el siglo XX. Durante el gobierno de Arturo Ilia, cuando la libertad de expresión y circulación se garantizaba saludablemente y se trabajaba desde la Presidencia para incluir al peronismo proscripto, surgió una corriente de opinión que reclamaba un hombre "fuerte", "providencial", que derivó en golpe de Estado militar y en la asunción del dictador Juan Carlos Onganía, una de cuyas primeras medidas fue moler a palos a profesores y estudiantes universitarios, muchos de los cuales acabaron en el exilio, con lo que todavía más cerebros se le fugaron a la Patria. El libro del fallecido Félix Luna Argentina, de Perón a Lanusse es instructivamente gráfico al respecto: ilumina escenas de la vida nacional, como calcadas a través de los años.

Hoy la autoridad parece haber recaído en los autoritarios que encapuchan sus rostros con extraños pañuelos, también dispuestos a moler a palos a profesores o estudiantes que piensen distinto, o intenten simplemente cruzar la calle para ir a enseñar o estudiar.

Hemos recorrido un largo camino desde los extrañados días de la asunción democrática del doctor Raúl Alfonsín, líder cuyo principal legado fue convencer a los argentinos de que, a partir de diciembre de 1983, resolveríamos todos nuestros conflictos por medio de la política y el diálogo, y ya nunca más por medio de la violencia entre compatriotas. ¿Nos hundiremos de nuevo, entonces, en el pantano de la intolerancia, de los grupos armados que se pretenden dueños del país por el usufructo de la fuerza bruta? Las ranas no deben resignarse a ser gobernadas por un tronco ni a ser sometidas por una cigüeña carnicera.

Pueden seguir el camino más exitoso posterior a la Segunda Guerra Mundial: elegir sus representantes de manera orgánica, derivar únicamente en el Estado la aplicación de la fuerza en casos verdaderamente extremos, y tratar entre ellas sin la coerción de las armas, respetando reglas iguales para todos.

El autor es cuentista, novelista y guionista cinematográfico.

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