El Rally de la gente

El Rally de la gente
Cientos de miles de personas armaron una fiesta que invadió autopistas y rutas en la largada del Rally.
No se puede esta vez hablar de sorpresa. No cabe hacerlo, porque hace un año la respuesta del público ya había sido multitudinaria. Pero no deja de causar cierto asombro la ratificación: por segundo año consecutivo, cientos de miles de argentinos, grandes y chicos, mujeres y hombres, tuercas y neófitos, le dieron un marco festivo a la largada simbólica del Dakar, la carrera "africana" que comenzó ayer su segunda edición en Argentina y Chile.

Mucho antes de las dos de la tarde, la hora señalada para el inicio de la ceremonia de largada, el público se amontonaba detrás de las vallas de seguridad que rodeaban la plataforma instalada a un costado del Obelisco y se extendían a lo largo de buena parte de la avenida Nueve de Julio. Pero también había mucha gente que esperaba la salida de los primeros cuatriciclos del parque cerrado de La Rural. La amenaza de lluvia no los hacía desistir de su espera, ni a ellos ni a los muchos que esperaban el paso de los vehículos a lo largo de la avenida del Libertador.

Poco después de las dos, en el Obelisco se inauguró oficialmente el Dakar Argentina-Chile 2010, y se escuchó el himno nacional mientras dos aviones Hércules de la Fuerza Aérea sobrevolaban la zona. La ceremonia parecía más apropiada para un desfile militar que para la largada de una carrera de autos. Como compensación, la voz que desde los parlantes cantaba el himno era la de la Negra Sosa, y entonces el aire se llenó de nostalgia y calidez.

El primero en subir a la plataforma de salida fue Alejandro Patronelli, que debuta en este Dakar como compañero de equipo de su hermano Alejandro, el piloto de Las Flores que hace un año se trepó al segundo lugar del podio.

Después de la presentación del locutor, Patronelli recibió los apretones de mano del ministro de Economía Amado Boudou, del al jefe de Gobierno de la Ciudad Mauricio Macri, y del secretario de Turismo Enrique Meyer (la tentación de estar frente a una multitud entusiasmada es un imán para políticos de distintos colores), se paró sobre su cuatriciclo y bajó la plataforma para recorrer lentamente el caminito entre las vallas mientras saludaba al público agitando una bandera argentina en su mano izquierda y llevaba otra colgada del pecho.

Fue el primero de muchos pilotos, argentinos y extranjeros, que mostraron su bandera en ese desfile inaugural. Por supuesto, los locales fueron los que más exclamaciones de simpatía recogieron, pero también hubo aplausos para los forasteros que, en general con una sonrisa muy ancha, empezaban el largo peregrinaje mecánico de más de dos semanas y nueve mil kilómetros.

De los extranjeros, la ovación más admirada se la llevó Robby Gordon, un especialista en eso de ganarse la simpatía del público con un poco de show. El estadounidense, que en 2009 fue tercero, detuvo su Hummer unos metros detrás de la plataforma -en realidad, una suerte de buggy con carrocería de Hummer- unos metros detrás de la plataforma, aceleró a fondo e hizo que el auto diera un corto y muy espectacular salto antes de caer otra vez sobre sus cuatro ruedas.

Los Patronelli se juntaron e hicieron buena parte del recorrido lado a lado, sosteniendo entre los dos una bandera argentina. Ellos y el resto de los corredores siguieron encontrado gente a lo largo del Acceso Oeste, Panamericana y ruta 8, en cada puente, en cada cruce, hasta llegar al vivac de Colón. En muchos lugares la gente desbordó peligrosamente los controles e invadió el asfalto; obligó a los pilotos a marchar a paso de hombre para evitar accidentes y provocó embotellamientos.

¿Qué es lo que hace al público argentino le atraiga tanto esta carrera? Se pueden aventurar explicaciones, pero seguramente todas serán aproximaciones. Lo cierto es que este año el Dakar tiene menos competidores -la crisis mundial se hace sentir- pero tanto o más público que en 2009, y con un entusiasmo que parece inagotable.

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