Era de Racing, empató Vélez y lo pudo ganar cualquiera

El equipo de Caruso jugó muy bien pero facilitó las jugadas de los dos goles del local, todavía invicto y líder.
La pluma queda a un lado, sin tinta. El final, se escribe solo en ese desenlace. Lucas Castromán inicia la carrera por la derecha cuando el sonido del estadio queda en pausa. Lo encara a Germán Montoya y desde una posición incómoda saca un remate que va al arco. Entonces, los ojos de la multitud se apagan... Sólo se encienden cuando ese grito que no es todo el grito desnuda timidez. Porque Jonathan Cristaldo vuela con la pelota y la cruza para Hernán Rodrigo López quien pone en posición de héroe a Leandro Velázquez... El cuento del ex que vuelve a casa para buscar algo de sus pertenencias no le cierra al autor. La novela del chiquilín que ingresa en el segundo tiempo y se queda con la gloria de la tarde tampoco lo convence. Así, la historia del Vélez-Racing queda abierta, en empate. ¿Quién merece un protagónico para este final?

Racing es el que juega. Este equipo de Ricardo Caruso Lombardi pone un pie en el agua de esta pileta sin saber nadar. Se moja, le agarra un escalofrío en un comienzo -cuando no se puede hacer cargo de la pelota-, pero, lentamente, entiende que la profundidad no es tal. Porque Vélez no es tal. Entonces se anima desde el fútbol de Claudio Yacob, el criterio de Franco Zuculini, la velocidad de Pablo Lugüercio y los movimientos de Braian Lluy. Le encuentra, Racing, el fondo a este asunto. Lo juega sin pegarle de punta para arriba. Lo juega porque empieza a sentir un cosquilleo distinto digno de anotar en el diario íntimo: nunca pensé que se podía tocar la pelota con un compañero. Una, dos, tres veces y que iba a volver redonda, y por el piso y que se podía dejar en posición de gol a un lateral izquierdo. Franco Sosa lo tiene pero define al medio, sencillo para la presencia de Montoya- y que la gente iba a cantar ooole. Sí, la gente cantó ooole...

El gol, ese que llega en el minuto final del primer tiempo, es la estocada ideal para un Racing que, a esa altura, argumenta la distancia con el líder e invicto del Clausura. El cabezazo de Yacob, la débil respuesta de Montoya, le dan el premio a un equipo que busca una idea de juego. Sin luces que encandilen, pero una idea de juego al fin que se sostiene un poco más luego del penal anotado por Rubén Ramírez. El 2 a 0, que se adapta a la realidad, le da a los de Caruso la pausa definitiva para ir camino al triunfo inevitable. Porque no se enciende la alarma por lo que pueda ofrecer el Vélez de Ricardo Gareca. Solo ese intento de romper con el corazón del partido donde laten Zuculini y Yacob -pone a Velázquez en esa zona, luego a Waldo Ponce- no alcanza para imaginar en otro destino que la fiesta en Avellaneda.

¿Por qué, entonces, Racing no gana este partido? Algún intento con pelota detenida es lo que puede alterar el orden de un equipo que llega a su pico de rendimiento en el torneo nada menos que en Liniers y ante un candidato. Eso lo sabe el entrenador, lo sabe el arquero, la defensa, el mediocampo y hasta sus atacantes. El único que no se entera es Franco Sosa. El defensor comete su primer error y le sirve, luego de un agarrón a Cristaldo, el tiro libre a Ponce, un chileno al que se lo conoce por su elegante pegada. Sin embargo, el remate sale apenas desviado, en el techo del arco de Migliore. Una señal que es advertida por todos, menos por Sosa. Porque a 15 minutos del final le comete una falta, otra vez a Cristaldo, sobre la línea del córner con el jugador de Vélez de espaldas y en el piso. Esta vez, la precisión del remate de Cristaldo y el cabezazo de Sebastián Domínguez no perdonan la ingenuidad.

¿Si eso es todo? No. En la tarde del lateral, queda una más. Una patada a Velázquez que se observa desde General Paz. Sí, otro tiro libre para Vélez. Y no solo eso. Es un tiro libre para un zurdo. Y Vélez tiene a un tal Víctor Zapata que, de vez en vez, suele embocar en el ángulo. Sosa mira, desde la barrera, sin tiempo para el arrepentimiento. Cuando el ex River le pega todos saben que es gol. Hasta Sosa, claro, esta vez se da cuenta. Entonces, es empate.

Castromán le pega, la pelota pega en el palo. Velázquez lo tiene, pero sale alto, lejos. La pluma sigue ahí, a un costado. Sin tinta.

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