Quinchos del Lunes 24 de Noviembre de 2008

Mucho más que postales de viaje: el regreso de la Presidente trajo aparejados muchos efectos (incluyendo, por partida doble, la lejana maldición de una momia egipcia) y varias novedades, como que se reunirá con el electo presidente Obama (en cuyo gabinete dice tener más amigos que en el suyo propio) tres veces en el próximo medio año. De allí nos trasladamos a un concurrido restorán opositor y nos anticipamos a una inminente cena en otro, donde nos enteramos, por caso, de que Felipe Solá declarará que Martín Lousteau no era hombre suyo, sino de Florencio Randazzo. Y no podía faltar, va de suyo, la cuota de elegancia dada por dos fiestas top, una de vanguardia y la otra más burbujeante. Veamos.

En Proa, de izq. a der., Anabelle, esposa del embajador en EE.UU., Héctor Timerman (en el centro); Adriana Rosenberg, presidente de Proa; la condesa Lili Sielecki, suegra de Timerman, y la hija de éste, Amanda (arriba). Dos expertos en obras y servicios públicos, Mauricio Macri y Hernán Lombardi, ante el famoso mingitorio de Duchamp en la Fundación Proa (abajo). Como para otros regresos de Cristina de viaje, Néstor Kirchner cerró Olivos por el fin de semana. Suspendió un conato de fútbol, entretenimiento sin atractivo con las miradas puestas en Mar del Plata. Pese a que la orden no escrita para los funcionarios era no aparecer por aquella ciudad, los aficionados al deporte de fin de semana celebraron la suspensión del fútbol presidencial para aferrarse a los televisores para ver la Copa Davis. Pocos quebraron la orden: José Pampuro puso a prueba su fluido de la suerte para sentarse a tiro de las cámaras de TV, que lo exhibieron junto a Daniel Scioli, Alberto Balestrini, Guillermo Francos (del Banco Provincia), la diputada María Laura Leguizamón y otros pocos representantes del oficialismo bonaerense girando la cabeza de un lado a otro, siguiendo la pelotita como única misión. Daniel Cameron, secretario de Energía, no pudo resistir su pasión tenística y apareció en las plateas del polideportivo de Mar del Plata, embozado con un gran sombrero y detrás de una columna desde donde vio las finales, sin traerle tampoco suerte alguna al team local. Otro que se animó fue Enrique Albistur, que no tuvo problemas en mostrarse en Mar del Plata; después de todo, es un poder en sí mismo que preexiste al kirchnerismo y tiene agenda y fueros propios como hombre de la publicidad pública y privada. (Macri no impuso vetos, por eso se los vio a Horacio Rodríguez Larreta y al legislador Diego Santilli.) Pero eso no fue suficiente: pareció imponerse la leyenda nefasta de Tutankamón (¿fue el mejor aporte a la fortuna criolla la mención de Cristina de Kirchner a esta otra momia fatídica, justo antes de una final?). Al regreso, Cristina rindió a su marido un inesperado informe, que poco tuvo que ver con los viajes a Medio Oriente, sino con su agenda del año que viene con los Estados Unidos, asunto que armó a la distancia mientras se veía con gobernantes de los que, en realidad, poco pudo aprender. Esta Cristina se escandalizó porque los diplomáticos (y algunos petroleros oficiales) le organizaron una visita a Buenos Aires del dictador de Guinea Ecuatorial, Teodoro Obiang, sin advertirle quién era, lo retó en público y casi lo echó de la Casa de Gobierno, pero no tuvo empacho en mostrarse con Muhamar El-Gadhaffi, dictador libio que tiene un récord de atrocidades que supera en mucho a Obiang. ¿La obligó la necesidad? Seguramente, pero esta vez cruzaron flores y elogios y hasta llegó a inspirarse en Plutarco para hablar de «Vidas paralelas». Olvidable todo, y quizás es mejor que mire Cristina hacia adelante.

Especialmente, porque recibió informes que le preocupan mucho sobre el efecto que en otros países, como Estados Unidos y España, han tenido las últimas proezas de su gobierno, como la estatización de las pensiones y el avance sobre la expropiación de Aerolíneas. Todo para aferrar apoyos internos en aliados políticos que festejan esas medidas y que cree el gobierno pueden compensar el rechazo que tienen en los sectores medios, que no confían en esta inflación estatista.

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Según conversó el matrimonio ayer apenas la Presidente puso un pie en Olivos, la tarea es ahora mejorar cuanto se pueda la relación con los Estados Unidos, aprovechando el efecto Obama, mandatario con quien Cristina tiene previsto verse tres veces en el primer semestre del año próximo. A diferencia de su esposo, no piensa defraudar ninguna de las reuniones de presidentes que tiene en 2009 y a las que irá Obama, con quien está dispuesta a sobreactuar hasta la amistad. La primera reunión la tendrá en marzo en la Cumbre de las Américas, que se hará en Trinidad-Tobago; ese mismo mes se volverán a ver en Chile, cuando se reúna la cumbre de gobiernos progresistas, una liga de países que lanzó en 2003 la « tercera vía» con Tony Blair y Bill Clinton, y que ahora maneja una ONG internacional que parece convencida de que este kirchnerismo (una especie de conservadorismo popular) tiene algo que aportar a la « progressive governance».

Cristina estaba ayer eufórica porque en abril tendrá la tercera reunión con Obama; será en Londres en la nueva cumbre del grupo de los 20. Ninguna de estas tres conferencias supone citas a solas, pero ¿a quién le importa? Son oportunidades para ganar imagen de pertenencia a un mundo con el cual el kirchnerismo -más allá de los alardes de tercerismo- se ha querido siempre llevar bien. Más ahora cuando Cristina puede presumir de que tiene conocimiento personal de buena parte del gabinete que asumirá con el nuevo gobierno de los EE.UU.

El más notable es Timothy Geichner, que viene del bando de la Reserva Federal de Nueva York. Se reunió en setiembre con Cristina y, más importante, fue testigo a favor de la Argentina en el juicio de los bonistas que atiende Thomas Griesa. Fue a declarar que los fondos del Estado argentino en los Estados Unidos están protegidos contra todo embargo privado posible. Lo que se dice, un amigo. El futuro secretario de Justicia Erich L. Holder Jr. (que fue viceministro en esa cartera con Bill Clinton) pertenece a un estudio de abogados que tiene la mejor relación con la embajada argentina en Washington. Esta se pondrá a prueba en casos judiciales: hasta ahora los Kirchner dicen que los fiscales que investigan valijeros en Miami responden al Ministerio de Justicia de los EE.UU. -en donde el ministro es el procurador o jefe de los fiscalesen operaciones « basura». Desde allá dicen que no. ¿Le creerán ahora a este «amigo» nuevo? En la nómina también están Bill Richardson, nominado para secretario de Comercio, que viene de ser gobernador de Nuevo México y se ha reunido con Cristina y han departido en español (es hijo de una mexicana); y Christopher Dodds, con quien se reunió la Presidente en el último viaje a Washington (cuando acudió al llamado de Bush) y que desde el Senado de los EE.UU. va a ser el hombre clave porque maneja la Comisión de Presupuesto, la que propondrá la ingeniería para salir del marasmo financiero.

Mientras leía la minuta que le acercaron los asesores que trabajaron en su ausencia, se ufanó Cristina de que Hillary Clinton, que puede ser secretaria de Estado, es ya una amiga.

Difícil imaginar que los Kirchner no aprovechen estos lazos tenues, como todos los de la política, para mejorar el perfil externo en los Estados Unidos; más aún cuando declina día a día -a medida de que baja el precio del barril de petróleo- el poder de Hugo Chávez y ya Evo Morales encontró la forma de achicar las diferencias con el gobierno de Washington. «Ya no sabe con quién reunirse; los ha visto a todos», ilustró uno de los encargados de la agenda estadounidense de Cristina. Con este panorama, es esperable que el matrimonio presidencial se permita una sobredosis de kunkelismo, que creen pueden compensar con tanto amigo americano.

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No está mal que se preocupen de mejorar los Kirchner su perfil hacia adelante después de tanta astracanada si ven que enfrente, en la oposición,otros festejan como si ya hubieran ganado las próximas elecciones. Esa euforia opositora ganó un centenar de peronistas en estado de migración que logró reunir Elisa Carrió el jueves en un restorán de Palermo, emblemático para la petite histoire del oficialismo -actúa allí con aire de dueño de casa un funcionario del COMFER, Alberto Baduán, encargado del área financiera, vinculado históricamente al albertismo. Por eso el restorán Quía, en Honduras y Carranza, fue en algún momento un santuario de esa ala del gobierno al que concurrían Alberto Fernández, Vilma Ibarra y otros espadones del primer kirchnerismo. Esta vez el asado se lo comieron los representantes de la creciente «pata peronista» de la Coalición Cívica, un sector-ambulancia que crece día a día sumando heridos y otras víctimas del oficialismo. La cena fue para recibir a un lote de nuevos adherentes encabezados por Pablo Unamuno, un emblemático del peronismo por varias razones. Es hijo de Miguel Unamuno, que fue ministro de Isabel y presidente del Concejo Deliberante de la Capital Federal, además de miembro insigne del GAP (Grupo de Acción Político o Grupo de Amigos del Petiso, según quien lo cuente) que armó Carlos Corach en el Ministerio del Interior en la era Menem para que lo asesorasen (campeaban allí hombres que después se reciclaron en el kirchnerismo, como Julio Bárbaro.) Unamuno hijo hizo fama en los años 80 porque armó la primera juventud peronista junto con Patricia Bullrich (quien ahora lo acerca a Carrió) y a Juan Carlos Dante Gullo, el «Canca». También fue vocero de Mario Firmenich en aquellos años. Ahora desembarca para pelearles espacio peronista bajo el ala de Carrió a otros «compañeros» como la propia Bullrich, Gerardo Conte Grand o Aníbal «Toti» Leguizamón, a quien le aprecia Carrió la persuasión que tiene sobre Margarita Stolbizer para que ésta acepte tal ingreso masivo de peronistas. Carrió tuvo un discurso largo y entretenido en el cual contó anécdotas de su vida y arrinconó a los nuevos socios peronistas con un dilema: «Acá -dijo- se juntan la legalidad y la acción. Nosotros, que venimos del radicalismo, somos la legalidad, pero a veces nos pasamos de largo y descuidamos la acción. Ustedes -los peronistas- son la acción, pero también a veces se pasan de largo y se van para el otro lado». ¿Qué lado?, se preguntaban algunos peronistas que se sentían señalados en lo peor de su leyenda. «Acá no sólo hay cargos, hay algo más, no se pasen de largo.» Quedaron todos muy inquietos con esta lección. Pero se divirtieron con frasecitas como ésta: «El gordito Alconada (Raúl Alconada Sempé, hoy acólito de Dante Caputo en la OEA) me decía siempre: 'Vos sos como un tren, pero manejado por un maquinista loco'. Yo le respondía: 'Sí soy el maquinista loco, pero mirá cómo me sigue la gente». A la hora de la sobremesa Carrió fue más entusiasta; dijo que el público en la Argentina ya está preparado para una alianza opositora y que si se cuidan las formas y no se repiten los errores de la Alianza de 1999, pueden llegar a sacar 45% de los votos el año que viene. «Y no se engañen: en 2011 somos gobierno». Copas que se alzan y amagos, frustrados, de cantar la marchita. El oído de la anfitriona no lo permitiría.

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Unamuno animó la velada con anécdotas propias, aunque oculta las más jugosas, como cuando intervino en las negociaciones entre ex montoneros y Carlos Menem para lograr el indulto que firmó el riojano a varios dirigentes de esa banda.

Sería a cambio de un aporte de campaña de u$s 1 millón que nadie nunca reconoció. Ocurrió en plena campaña de 1989 y algunos laderos de Menem -como Jorge Yoma y Julio Mera Figueroa- se oponían a ese compromiso. «¿Ustedes tienen un millón de dólares para campaña? ¿No? Entonces llámenlo a Pablito.» ¿Sería Unamuno?

La que sí recordó fue la inefable anécdota que vivió su padre cuando era titular del Concejo Deliberante y el cuerpo votó un repudio al golpe de Pinochet contra Salvador Allende. Era presidente Juan Perón y lo llamó a Unamuno y le explicó: «Mire Unamuno, yo como presidentetengo a mi cargo dos tareas principales. Son el gobierno del país y las relaciones exteriores. Ustedes, los concejales, tienen tres tareas indelegables, que son alumbrado, barrido y limpieza. ¡Por favor Unamuno, qué me andan votando ustedes sobre Allende o Pinochet! ¡De esas cosas me encargo yo!». En las horas que siguieron los peronistas buscaron desentrañar qué había querido decir esta profética Lilita con sus gestos y sus palabras. Algo concluyeron Unamuno (h) y Luis Juez, quien lo llamó para preguntarle cuánto tiempo había estado Carrió en la cena con los peronistas. «Se quedó tres horas y media», respondió Unamuno. Juez lo felicitó: «Entonces estás en la cocina-cocina, porque ahí lo que decide todo es cuánto tiempo te dispensa Lilita. ¡Sos un campeón!». Al parecer, Juez no ha llegado al récord de estos peronistas de estar tres horas y media con Carrió. De Juez debía hablar el cacique del radicalismo de Córdoba, Mario Negri, animador esta semana del almuerzo de la peña partidaria del grupo Progreso (nació en el club del mismo nombre, pero migró al histórico restorán Lalín porque les cobran más barato), pero hizo silencio ante un grupo importante de militantes. En Córdoba hay aroma de acuerdo entre Juez y la fuerza de Carrió, pero la UCR, que ganó las presidenciales del año pasado en esa provincia con Roberto Lavagna, no está cerca de aliarse con el ex intendente. Se pasaron años combatiéndolo, dicen los radicales de esa provincia, ¿es prudente que la UCR que pasa por su mejor momento en muchos años, se acerque a Juez, que pasa por uno de los peores porque su fuerza se disgregó? Otro enigma, de tantos que tienen, para los radicales.

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Los peronistas de la oposición no dejan puntada sin dar; quienes se reúnen los martes en el restorán Lola de la Recoleta esperan esta semana escucharlo a Felipe Solá, que viene con el envión de su partida del kirchnerismo y como dice que será candidato a presidente, encanta a tanto peronista que está en el desierto. Suma además que mantiene un romance secreto, pero que se cuenta a voces, con Mauricio Macri que tiene una sola cláusula: caminemos juntos y en 2011 va a ser candidato el que más mida en las encuestas. Simple y a lo peronista. Lo demás, a discutir. Los dos niegan haber nacido de un sueño de Eduardo Duhalde, hombre que paladea estos movimientos del peronismo opositor, pero sin aparecer. Cree que puede arruinar esta esperanza que, por ejemplo, lleva cada martes más comensales a Lola. Lo que Solá va a decir el martes es que él no es Duhalde y que le fastidia que le atribuyan ser su delegado cuando quien representa hoy al ex presidente es Francisco de Narváez (en realidad, un vocero de otro peronista en las sombras, Luis Barrionuevo, quien de paso es también Duhalde). Lo otro que va a aclarar es que, contra lo que dice Carlos Kunkel, Martín Lousteau nunca fue hombre de él. Kunkel le ha atribuido al ex gobernador haberlo llevado a Lousteau al Banco Provincia, pero Solá va a decir que quien lo sacó de la Fundación Sofía (que era del segundo de Macri, Rodríguez Larreta) no fue él, sino Florencio Randazzo, hoy en el gobierno como ministro del Interior. De paso, este Rodríguez Larreta, jefe de Gabinete de Macri, es el garante de la alianza con Solá, por más que Jorge Macri o Juan José Alvarez (que frecuenta el restorán predilecto de Solá estos días, José Luis, en la calle Quintana, en donde les toleran el consumo de sus Cohíbas) se atribuyan esa changa. También repetirá Felipe que va a renunciar a la banca que ganó el año pasado en listas kirchneristas (era nada menos que la cabeza) porque después de su partida la considera espuria, y que se va a presentar a una nueva elección por la misma banca y por el mismo distrito. Una singular concepción del uso de los recursos públicos con los cuales se pagan los gastos electorales.

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A la espera de estas fintas, el lote de peronistas que pueblan la mesa cuadrada del primer piso de Lola se entretuvo con una evocación que hizo Alieto Guadagni de la saga de Braden vs. Perón, tema del último libro que escribió usando documentos del espionaje y la diplomacia de los EE.UU. a los que se levantó el secreto por haber pasado más de 50 años de los hechos que reseñan. Cerca de un centenar de asistentes (peronistas y no tanto, entre ellos, Eduardo Menem, Héctor Maya, Daniel Basile, Félix Borgonovo, Jorge Hugo Herrera Vegas, Fernando Petrella, Fernanda Ferrero). Lo que Alieto hizo fue tratar de probar que esa pelea no había sido sólo una campaña publicitaria para la elección de 1946 que llevó a Perón al gobierno y a quien hostigó todo lo que pudo Spruille Braden como embajador de los EE.UU. «Braden estuvo apenas 4 meses en Buenos Aires -explicó Alieto, quien investigó para este libro cuando era delegado de la Argentina y países de la región ante el Banco Mundial-, de mayo a setiembre del 45. Tenía órdenes de destruir a Perón, pero se extralimitó en su accionar por torpeza o por animosidad extrema hacia la Argentina. Odiaba a Perón, pero aún más a Carlos Saavedra Lamas, el canciller de Justo al que conoció por su participación como representante americano durante la guerra entre Paraguay y Bolivia en los 30. A Perón lo denuesta 32 veces en sus memorias, pero a Saavedra Lamas en 36 oportunidades. Según Alieto, ese odio antiargentino había nacido en 1942, en la Conferencia de Rio, apenas después del ataque a Pearl Harbor del 7 de diciembre del 41, donde la Argentina (canciller Enrique Ruiz Guiñazú, padre de la periodista) se negó a declarar la ruptura de relaciones con el Eje. Guadagni recordó que la Argentina puede ser poco relevante hoy, «pero no lo era en la década del 30 o del 40», y por ello en la dirigencia de los EE.UU. había un gran resentimiento contra la Argentina, especialmente cuando se la comparaba con Brasil, que participó en la guerra y hasta hubo bajas en Montecasino. Por eso ya en 1942 el Departamento de Estado califica a la Argentina como el chico malo del barrio y todo esto es anterior a Perón. En la conferencia de 1889 en Washington, los representantes argentinos se mostraron muy distantes de los EE.UU. y muchos conservadores eran neutralistas. No sólo los radicales eran neutralistas. Forja era neutralista, la corriente sabattinista de la UCR era neutralista, muchos intelectuales, etcétera. Contó que «en el fondo eran pro británicos» y que en la primera entrevista de Perón con un funcionario de la embajada americana, aquél le dijo: «Mi abuelo era británico».

Esta interesante charla histórica merecía un remate sobre la actualidad. Fue cuando el ex diputado Daniel Basile hizo escuchar la grabación de una entrevista radial en la cual el apoderadodel PJ oficial habla de lo que sus opositores creen son las trampas para una presunta afiliación masiva de 400 mil personas en un mismo día. «Les pusimos ese día porque la Carta Orgánica pide 180 días de antigüedad para poder votar en la interna y nosotros necesitamos que esa gente vaya a votar, si no, ¿para qué los afiliábamos?», diría la presunta voz de Landau a una radio. Final con risas más de comprensión que de condena; pocos de los presentes pueden arrojar la primera piedra.

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El corte de ruta protagonizado por la Villa 31 demoró el desembarco en la Fundación Proa de La Boca, y no sólo de los más de 300 invitados, sino también de los anfitriones, la presidente Adriana Rosenberg y sus patrocinantes de Techint. Sin embargo, para la puesta del sol casi todos estaban en la terraza; los más románticos, encandilados con la vista, bella aunque un tanto melancólica, del Riachuelo; otros, visiblemente interesados en la barra del champagne y las mesas de sabroso sushi; los arquitectos, atentos al remozado y ampliado edificio que lucía espléndido después de casi un año de trabajo del elegante estudio Caruso Torricella de Milán. Los menos, recorrían la enigmática y compleja muestra de Marcel Duchamp; entre ellos, sufridos y cumpliendo con un deber, Mauricio Macri y Hernán Lombardi, aunque que no pudieron ocultar una franca carcajada cuando se encontraron con un inesperado mingitorio. Sorpresa para dos ingenieros que además presumen de ser expertos en obras y servicios públicos. Se trata de la obra que cambió la historia del arte moderno, pero al intendente no le preocupan demasiado las cuestiones artísticas. Macri eludió saludar a su antecesor, Jorge Telerman, y conversó con Emiliano Filippi (Credit Suisse), según contó el bróker, no precisamente de política sino «de cuestiones privadas».

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Con visible orgullo, pero evasivo ante los fotógrafos que no le gustan, Paolo Rocca se divertía con los amigos que tiene en el mundillo del arte, el diplomático Sergio Baur, la escenógrafa Mini Zuccheri y el crítico Hugo Petruschansky. Claro, se elogiaba la arquitectura de «Bepo», los detalles exquisitos, como el color verde agua de los inmensos ventanales, o los pasamanos de las escaleras, parecidos a los del Museo Judío de Berlín, sabiamente incrustados en la pared. Estaban todos los que debían estar, entre ellos, el embajador Héctor Timerman, cuya hija Amanda trabaja en esa fundación (lo cual justificó que estuviera el resto de la familia, su madre Anabelle y su abuela, Lili Sielecky), coleccionistas como el conde Ferdinando Bocca, Mercedes Avellaneda, Gabriel Werthein, Inés y Edmundo Tonconogui, los galeristas Alberto Sendrós y Hernán Zavaleta, y los directores de varios museos del mundo que prestaron las obras para la muestra de Duchamp. Entretanto, el arquitecto José María Caula (jefe de asesores de Julio De Vido en el Ministerio de Planificación e Infraestructura) le mostraba al director del Museo de Bellas Artes, Guillermo Alonso (quien hoy por la tarde recibirá la visita del presidente mexicano Felipe Calderón) las imágenes del mural de Siqueiros que aparecieron en su teléfono de última generación. En la pantalla estaban partes de la pintura nunca vistas, y el restaurador mexicano Manuel Serrano en la tarea de salvataje, ya que le toca volver a armar el mural que cortó en pedazos. Hoy a mediodía, Cristina de Kirchner le demostrará a Calderón que hizo lo que el mexicano le pidió en su tierra: salvar el mural ( gracias a Caula, que consiguió lo que no logró la honorable Comisión de Rescate con sus viajes y otros gastos). Sin embargo, la novelesca historia del mural se extiende hasta el presente.

Nadie sabe si el Estado lo expropia -o no-, si la restauración la paga Carlos Slim o la Embajada de México, y si lo anclan en la Aduana Taylor para que quede en la Argentina para siempre, o si están intentando venderlo a los mexicanos.

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Varios de los asistentes a esta presentación de Proa, hasta los de bolsillos más profundos, se sorprendieron porque el estadounidense Alan Hassenfeld, dueño del gigante mundial de juguetes Hassbro, que factura 4 mil millones de dólares, decidió festejar su 60° cumpleaños en Buenos Aires y eligió el Roof Garden del Alvear. Con sus flamantes 60 años bien llevados, Alan y su mujer Vivien son fans de la Ciudad desde hace tiempo, y suelen comprar arte argentino, para felicidad de los galeristas Florencia Braga Menéndez, Ana Torrejón y Horacio Dabbah y el anticuario Miguel Borstein. Todos invitados a una fiesta que, confesaron, «hacía palpitar el corazón» con los dátiles envueltos en hojaldre, el mille feuille de langosta, las vieiras con sopa muselina, las codornices rellenas con morillas y el lomo trufado, servidos como joyas en platos esmaltados de diferentes colores. Para recibir los 30 invitados de otras latitudes (Singapur, Japón, Holanda, Francia, EE.UU.), los vinos, todos argentinos, de Salta y Mendoza; el suizo Michele Codoni ambientó el Roof Garden como un edén y tuvo la suerte de que en la terraza, los relámpagos desencadenaron a la hora de los postres un espectáculo natural de fuegos artificiales. En ese paraíso de una noche, Vivien Hassenfeld comentaba a sus amigos porteños (Dino Bruzone, Patricia Pearson, Giselle Werthein, Marie Piere Agardi, Luis Parenti, Dominique Biquard, Inés Bertón y Rodrigo Tosso) que acababa de hacer una oferta de 30 millones de dólares por una preciosa obra Chagall. Antes del café, el show de tango y el baile, llegó la torta y ¡había que verla!: llevaba un juguete gigante comestible marca Hasbro, que es la feroz competencia de Barbie.

La fiesta terminó con un romántico baile mientras las gotas de lluvia repicaban en el techo vidriado, casi acompañando el ritmo de la música.

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Un revival de los 40, que hizo olvidar por un momento la crisis, fue la fiesta de Baron B de Bodegas Chandon en el Alvear.

Había que asistir de etiqueta pero con un toque en la vestimenta que recordara aquella década. Enormes bandas, como Fernando Monsegur Orchestra, Funky Mode o Cinco Monedas by Julie Banner, tocaban para los casi 700 asistentes. Margareth Henriquez, presidente de Bodegas Chandon, le repetía a todo el mundo: «En 2001 nos arrancaron una Navidad con la crisis, no podemos permitir que nos arranquen otra. Burbujas y diversión van juntas». Y fue así porque estuvieron todos. «En medio de la crisis recreemos los años locos», dijo uno de los organizadores del evento que ambientó Gloria César. Estaban German Neuss y Gaby Flores Pirán; todos los Blaquier, Enrique Duhau, Teresa Calandra y Gonzalo Bergada, y la curadora de arte Paula Iorio. Guido y Mónica Parisier con un increíble vestido y collares, que la hacían parecer una dama de aquellos años, dialogaban con la artista plástica Silvia Romero que, a tono con la fiesta, comentaba la serie de cuadros de Betty Boop que está pintando y pronto va a exponer. En tanto, Victoria y Mónica Holmberg, junto a Gino Bogani, jugaban al póker en el casino que rememoraba el lujo de aquella década. El evento será el último de Margareth Henriquez como presidente de Chandon. La reemplazará Ramiro Otaño. Ella irá a París a un cargo muy alto: dirigirá la Casa Krug que hace el champagne más prestigioso del mundo.

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Uno de los asistentes al salón Versalles donde se hizo la fiesta relató que estuvo hablando con el egiptólogo más renombrado de la Argentina, Jorge Dulitzky, sobre la propuesta de Cristina de Kirchner de traer una exhibición sobre Tutankamón. «Esto es tan delirante como el tren bala», dijo, y apoyó su afirmación en lo que le comentó el egiptólogo. El año pasado, en Estados Unidos, hubo una muestra de Tutankamón que duró diez meses. Empezó en Fort Lauderdale y terminó en Chicago. Los egipcios les exigieron lo que a cualquier país del mundo: una garantía de público de 40 millones de personas. Las entradas costaban poco más de 100 dólares y se recaudaron 10 mil millones.

Hubo que pagar por adelantado a Egipto u$s 80 millones por las piezas originales que enviaron (todas menores, no había piezas grandes) más un seguro y flete por 20 millones. En la Argentina, le contó Dulitzky, se hizo una exposición en los 60 en el Teatro San Martín, pero sólo de paneles con fotos. Esa muestra fue la que atrapó a Dulitzky y le hizo abandonar tiempo después su carrera de empresario para dedicarse a esta pasión. La colección de Tutankamón consta de más de 3.500 piezas de las que en Egipto están en exhibición menos de mil. Por ejemplo, de los cien jarrones de alabastro se exhiben 10 (a veces se rotan) y prestan uno para exhibir en el exterior. Con los collares y pulseras sucede lo mismo. Lo que nunca dejarían salir es la máscara o el sarcófago del faraón. De hecho, en la Isla de Pérgamo en Berlín, donde está Nefertiti, nunca se permitió que saliera de allí. «¿Y por qué los egipcios no le dijeron eso a Cristina?», preguntó uno de los oyentes atrapados por el relato. « Porque ellos son educados y nunca van a responder negativamente. Lo tomaron como un sueño de grandeza de la Presidente».

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Vamos a terminar con dos chistes. El primero fue el que más se oyó el fin de semana en quinchos de economistas, y dice que, ante la posible venta de Citibank a Goldman Sachs, el mercado ya habla de «Sachs And The City». El otro es de un género clásico, conyugal:

Después de un grave accidente automovilístico, una mujer necesita con urgencia una cirugía plástica en su rostro, que ha quedado totalmente quemado. Llegado el momento de la operación, el médico le informa a su marido que, para reconstruir las mejillas de la mujer, deberá emplear piel de las nalgas del hombre. El marido, por supuesto, accede a que así se haga, y ambos ingresan juntos al quirófano. Un mes más tarde, el rostro de la mujer ha quedado espléndido, casi tan bello como era antes. Ella le dice entonces: « Querido, lo que hiciste por mí es algo extraordinario. ¿Qué podría hacer yo para recompensártelo?» «Nada, mi amor», le responde él. «No sabes el placer que me da cada vez que tu madre te besa una mejilla.»

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