Quinchos del Lunes 17 de Noviembre de 2008

Casi como es de rigor, en días de tanto viaje presidencial, empezamos esta semana con quinchos aéreos: además de intimidades en ágapes de alto vuelo, también le contamos al lector algunas infidencias recogidas en otro viaje, esta vez de un ex presidente. Dos cumpleaños notables, a continuación, unieron empresarios, artistas y políticos de todo signo, muchas veces contrapuesto: hubo choques, por supuesto, de los que también hacemos fiel transcripción. Cerramos con convites internacionales, entre galeristas, coleccionistas y plásticos, que hoy observan, no sin temor, los sacudones de Wall Street. Veamos.
De elegante sport, tres funcionarios porteños se disponen a recorrer la noche mirando cuadros por los museos de Buenos Aires: Horacio Rodríguez Larreta, Hernán Lombardi y Mauricio Macri (arriba). Guillermo Coppola y Horacio Fernández estuvieron en Ambito Financiero para contar su proyecto de fútbol con los Emiratos Arabes. River, Boca y Estudiantes podrían ir de gira a Dubai (abajo). Quizás porque se han pasado la vida viajando entre Santa Cruz y Buenos Aires, los Kirchner parecen producir más cuando están por encima de los 10 mil metros de altura, como les ocurrió en el fin de semana, con Cristina orbitando entre Washington y Argelia, y Néstor entre Santiago de Chile y Buenos Aires. La Presidente dio más porque se franqueó en la noche del sábado, rumbo al Magreb, ante los pocos acompañantes, la mayoría del sector aburrido del gabinete (Jorge Taiana, Elio Barañao, algunos periodistas adictos) ya que Julio De Vido viajó directamente desde Buenos Aires, y Carlos Fernández regresó al país no bien terminó la cumbre del G-20 en Washington. Apenas vio las primeras repercusiones del viaje, Cristina montó en cólera.

«¿Por qué ponen que yo no sabía hablar inglés y que por eso en la Casa Blanca no pude hablar con nadie?».

Extrajo una hojita que le habían dado cuando ingresó el viernes a la cena final con George W. Bush, en donde consignaban, para saber cómo moverse, qué idioma hablaba cada uno de los mandatarios invitados al comedor de la Casa Blanca. Riendo, enumeró a todos los que, como ella, no saben hablar inglés: ni Lula da Silva, ni su ministro de Finanzas, Guido Mantega; tampoco Nicolas Sarkozy (aunque sí su ministra de Finanzas), ni Angela Merkel, ni Silvio Berlusconi, ni los presidentes de Rusia, Japón y Corea, ni el de Turquía, ni menos José Luis Rodríguez Zapatero. Y agregó: «Y Bush sólo hablainglés». ¿Cómo hizo Cristina?Pidió, como todos, un audífono para la traducción simultánea. Bush la sentó en esa cena exclusivísima (sin acceso a los «whisperers» o susurradores, como llaman a los traductores) entre el presidente Dmitri Medvedev, de Rusia, y Felipe Calderón, de México, con quien concentró la charla, cuyo contenido Cristina no quiso revelar. «Hay un acuerdo de secreto total, como lo que hablamos con

Margaret Albright cuando me visitó en nombre de Obama en el hotel». Como su marido, Cristina tiene sobre la crisis financiera el mismo entusiasmo del cual presumían los reaganianos que creían haber producido ellos la implosión del comunismo, que se cayó por inanición más que por la pelea con Occidente. Por eso, celebró el recorte que le acercaron de «The Wall Street Journal» del viernes, que habla de que algunos diputados demócratas quieren llevar al Capitolio una « peronist solution» para el sistema jubilatorio de los EE.UU. que se parece bastante a la estatización criolla de las jubilaciones privadas. Tuvo tiempo para relatar detalles nimios de esa cena, como que se entregó al menú de la casa, con plato principal de codornices, y no pidió la dieta, algo que le habrían ofrecido respetar; sí pidió menú vegetariano el embajador Héctor Timerman, que estuvo en la Casa Blanca, en el turno del cóctel, junto con Carlos Fernández, Hernán Lorenzino y Jorge Taiana, hasta que pasaron los mandatarios solos al comedor. A esos entornistas los llevaron a un salón en el Departamento del Tesoro, cerca de la Casa Blanca, donde les dieron una cena en un lugar emblemático, el Cash Room, un salón que sirvió durante décadas como hermético lugar para contar los billetes del Tesoro norteamericano. Un santuario.

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¿Qué le llamó la atención a la Presidente en la cumbre?, querían saber los viajeros hacia el Magreb. El estilo de Sarkozy, no el que atrajo a una Carla Bruni, sino su interés en transformarse en el líder del conjunto, ante un Bush devaluado y convertido en un ordenanza de la reunión (estuvo en la puerta de la Casa Blanca recibiendo a los invitados hasta que entró el último, contra su costumbre de hacerlo en el salón comedor). El presidente francés puso énfasis en todo momento en que él podía ser el líder del grupo europeo ( forzó el ingreso, por ejemplo, de Zapatero a un lugar al que Bush lo tenía vetado) y mandó a sus delegados a impedir que en el documento final se incluyese un reclamo para que se acelere una acuerdo de libre comercio. «La ronda Doha no se trata acá, tiene que ser tema de otra reunión de presidentes», fue el mensaje, y terminó doblegando la posición de los EE.UU., país que poco puede promover hoy cuando lo culpan de la crisis financiera internacional. Cristina también se alarmó porque se publicase que habían decidido que el G-20 iba a monitorear a 30 bancos centrales. Ni se habló de eso, les dijo a los compañeros de viaje hacia Argelia, «no se pronunció la palabra 30». Festejó como triunfo propio que en la cumbre de Washington ni se hubiera tratado el proyecto de reducción del grupo de los 20 países, operación en la cual podría ser castigada la Argentina. Otra de las rarezas que advirtió fue cómo la delegación de Francia repartía entre los delegados unas cajitas con petit fours que iban devorando como postre en la cena del Cash Room, pero no en la Casa Blanca, donde esas vituallas chocaron con el «senasa» de Bush, que impidió que entrasen alimentos no controlados por el Servicio Secreto.

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El viaje levantó más malestar que estas nimiedades, que preocuparon a tanta altura, en el público que usa -pagando de su bolsillo- los aviones de Aerolíneas Argentinas. La Presidente utilizó para esta gira de 10 días uno de los cinco Airbus 340 con que la línea de bandera cubre las rutas más importantes. Los vuelos tuvieron que ser reprogramados en varios tramos. El más afectado fue el que debía salir de Roma hacia Buenos Aires, que tuvo que ser suspendido por falta de aeronaves. En esa delegación hubo casi un conato de rebelión de pasajeros que habían comprado sus billetes en contingente y que, por la reprogramación, perdieron dos noches de hotel al menos. A esta situación, que es la más irritante, se le sumaron algunos detalles también perturbadores. El primero es el volumen de tareas logísticas que demandó embarcar a la Presidente. Los empleados del aeropuerto de Washington se quejaron de que debieron cargar casi «un camión» sólo de ropa para Cristina. ¿Será que tenía que elegir entre tanta ropa, que la mandataria llegó tarde a la foto? El otro detalle no es menor. Uno de los pasajeros del Airbus 340 era Jorge Pérez Tamayo, uno de los más firmes estatizadores, sindicalista de los pilotos y chaperón de los Kirchner cuando vuelan (y a veces, comandante en persona del avión). Claro que de los 54 millones de dólares mensuales que pierde la compañía administrada ahora por el gobierno no se hablaría en el vuelo.

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El mismo aire triunfal sobre la crisis financiera mostró Néstor Kirchner en Chile; cree, como su esposa, que el capitalismo entró en emergencia porque ellos lo anunciaron. Les dieron poco crédito los chilenos, que no consignaron una sola línea del rabioso discurso que dio ante un «Foro Progresista» al cual lo incitaron a Néstor en Santiago de Chile. En ese discurso, que se conoció por lo que contaron los diarios argentinos, Kirchner tomó una posición extrema como si no hubiera gobernado cinco años junto con los Díaz Bancalari, y sujetándose a la regla fiscal como el más ortodoxo de los capitalistas. Se enojó con la prensa que quiere gobernar, como si no hubiera gobernado cuatro años abrazado a algunos diarios amigos y a los « pergolinis» que él cree forman opinión. Ya retirado, desmarcó al resto de los asistentes a ese foro, unos moderados socialistas que buscan mantener sus gobiernos (Uruguay, Chile, especialmente) sin estridencias. Se rió abordándolo a Danilo Astori (ex ministro de Tabaré Vázquez), indagando sobre las razones de la creciente afición rioplatense de Michelle Bachelet (tiene una hija estudiando en Buenos Aires, pero agrega otras simpatías más personales aunque menos confesables para una presidente de un país tan pacato como Chile, que también le animan sus visitas familiares al país). Kirchner viaja poco y por eso se sorprendió por el boato que los anfitriones de Chile le dieron al viaje: escolta presidencial, custodia, como corresponde a un ex presidente latinoamericano. Pese a esto, se extrañaron mucho los chilenos de que Kirchner, que se resiste a los viajes, hubiera aceptado la invitación. Hubo dos razones para hacer este viaje que Kirchner no admitirá nunca en público: primero, presentarlo a Amado Boudou como el adalid de la estatización de la jubilaciones, pero no sólo de la Argentina. Al titular de la fundación Chile 12, Carlos Ominami (antes ministro de Aylwin, después senador, pero siempre amigo de los Kirchner) se le atribuye tener un proyecto para estatizar las jubilaciones en Chile con el argumento de que el sistema ha perdido u$s 35 mil millones desde que estalló la crisis financiera.

Kirchner lo puso a Boudou en la mesa de Ominami y, más aún, cuando debió ir a una conferencia de prensa el viernes por la mañana, mandó al jefe de la ANSeS a representarlo.

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La segunda razón del viaje a Chile ya se conoce: asegurar el voto chileno para el cargo que pretende Kirchner en la liga de países UNASUR. Lo habló el jueves a solas durante una hora con Michelle Bachelet, antes de una cena con todos los invitados al foro chileno. Mientras compartían una copa -el ex presidente se cuida mucho en esas oportunidades porque ciertas marcas de whisky, su bebida social predilecta, le producen acidez estomacal, algo serio para quien padece de colon irritable-, logró Kirchner que Bachelet desbaratase una conspiración uruguaya que consistía en lanzar el nombre del embajador de Chile en la Argentina, Luis Maira, para el mismo cargo que pretende el argentino en UNASUR. Cuando se inició la cena, Bachelet sentó a Kirchner junto a él -en el otro flanco se ubicó, oportuno, Chacho Alvarez, que debe escuchar todo porque tiene oficinas en la Secretaría del Mercosur en Montevideo, y cuando llegó el momento, ratificó el apoyo de su país a Kirchner en UNASUR.

Celebró Kirchner cuando sirvieron el plato principal, cordero. «Patagónico», dijo automatizado. «Patagónico -replica Bachelet-, pero de la Patagonia de acá». Cerca, sin entender mucho estas entrelíneas, escuchaba la nueva directora de la CEPAL, la mexicana Alicia Barcena, que reemplazó en ese cargo a José Luis Machinea. Miraba a los argentinos con recelo: sabe que Kirchner se peleó hace algunos años con Koffi Annan, cuando era secretario de la ONU, porque rechazó su oferta de que Chacho Alvarez fuera a la CEPAL. Annan le respondió que para ese cargo había que ser economista y que el ex vicepresidente era profesor de Historia. Igual se enojó Kirchner con Annan, de quien se vengó rechazando entrevistas con él hasta cuando visitó Buenos Aires. Rosquero empedernido, Kirchner no dejó de divertirse con la interna presidencial de Chile. Fue invitado por una fundación que anima Ricardo Lagos, que pretende suceder a Bachelet contra las aspiraciones de otros socialista, José Miguel Insulza (hoy secretario de la ONU, donde lo instruye Dante Caputo, un seguro contra todo éxito). Kirchner, que sabe de intrigas, sancionó rápido: en Chile gana el que le saque votos moderados a la derecha, es decir... Eduardo Frei, otro postulante que espera su momento para lanzar su candidatura. Los chilenos anotaron porque creen que en la política de área chica los argentinos son maestros.

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Con Boudou representándolo en la rueda de prensa, Kirchner se quedó esa mañana en el hotel tomando café junto a otro acompañante en el viaje a Chile, Chacho Alvarez, para despuntar su manía política actual, la estrategia electoral en la Capital Federal. Para los peronistas, el ex frepasista logró lo que nunca nadie en el partido: crear una fuerza dominante en el distrito. Duró poco, pero Kirchner quería escuchar en detalle cómo lo hizo. Simple, le respondió Chacho: ampliar la alianza, redoblar la transversalidad, no encerrarse en el partido. «¡Eso -gritó Kirchner-, siempre se encierran en el PJ.» ¿Alberto?, preguntó Chacho. Silencio de Kirchner. Hay que ampliar hacia fuera. Hacia fuera significa sentar a otros personajes, el primero, según Chacho, es el ex diputado Rafael Bielsa, que sueña con volver a ser candidato porteño después de su fracaso en la pelea por la gobernación de Santa Fe. Por ahora, su libido política la sacia Bielsa en una pelea por la presidencia de Newell's Old Boys, donde se elige nueva conducción y en donde domina desde hace 14 años Eduardo López. Bielsa quiere un lugar en la lista opositora, pero no le tiene demasiada fe porque en elecciones no ha tenido mucha suerte, salvo en la interna para la candidatura a gobernador de Santa Fe, pero sólo porque logró tener el apoyo de todos los sectores de peso en el peronismo, incluyendo a los del nivel nacional. Igual perdió. Sobre santafesinos, mientras tomaban café Kirchner y Chacho en el Sheraton chileno, pasó el intendente de Rosario, Miguel Lifschitz, socialista invitado al foro por el partido que hoy anda a los abrazos con los radicales y con Carrió, y Kirchner levantó las cejas en gesto de censura que festejó Chacho. Se cruzaron una primicia, que es también de estos quinchos: el intendente de Rosario ha echado a rodar un proyecto de candidatura a diputado nacional el año que viene. Si eso prospera, renunciará a la intendencia de Rosario, en la cual cree que puede fracasar porque el propio Binner le resta fondos desde la capital provincial. Por ahora no ve que pueda salir bien del cargo en el cual está, ni tampoco cree que pueda sostener una candidatura a gobernador de Santa Fe. Sabía a esa hora que en la cumbre que se inició ayer en Nueva Vallarta (México) de la Internacional Socialista los delegados de la UCR (Gerardo Morales y Jesús Rodríguez) llevaron el mandato de votarlo a Hermes Binner como nuevo vicepresidente para América latina en reemplazo de Raúl Alfonsín, que deja el cargo. Una herida difícil de cerrar para Kirchner, que soñó alguna ver con anotar al PJ en esa Internacional Socialista con cuyos jerarcas se lleva bien socialmente, pero que cuando hay que hacer algo institucional, miran para otro lado. Ese acuerdo radical-socialista le preocupa a Kirchner, quien además se sorprendió por otra noticia que charló con Chacho: la candidatura a diputado nacional que prepara Eduardo Duhalde por Santa Fe para Eduardo Buzzi, titular de Federación Agraria, después del acuerdo que cerró esta semana en un almuerzo que compartió el ex presidente en Rosario con su referente santafesino Norberto Nicotra, hoy diputado provincial, y el ex legislador Leales. Una división más para el peronismo del interior, que cuesta siempre juntar y al que aportó Kirchner cuando sentó a Carlos Reutemann.

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Semana de hombres solos en dos festejos notables, en ejercicio de una misoginia que algunos atribuyen a la sobredosis de mujeres en la primera línea (Cristina, Bachelet, ahora la heredera mujer de Lula da Silva). Uno fue el cumpleaños que festejaron al alimón (suerte en la que dos toreros enfrentan a un solo toro) los empresarios Juan Carlos Bagó e Ignacio Gutiérrez Zaldívar (58 y 68, respectivamente), práctica que ejercen desde hace 20 años. Lo hicieron en un asado pantagruélico que les sirvieron los hermanos Guerrieri en el salón de Casa Castañón, una especie de santuario o museo personal que sus dueños reservan para los amigos y para celebraciones especiales en la calle Castañón del Bajo Flores, zona exótica para los habitués de sus fiestas, quienes llegan con autos blindados y custodios porque es una de las predilectas de los ladrones. Los invitados se repartieron en mesas para devorar la minuta de carnes de toda cocción y a escuchar los tangos que ofreció Alberto Podestá (h) y el crooner Carlos Pugliese, que festeja cuando lo comparan con Frank Sinatra, a quien emula sin llegar a la imitación -es uno de sus aciertos-. Las miradas se concentraron en dos asistentes notables: Mauricio Macri y Fernando de la Rúa. Los dos se saludaron con respeto y miradas de entendimiento: la gestión porteña de Macri se ha nutrido, en algunas áreas, de la juventud dorada del delarruismo que se identificó con el hijo del ex presidente, Antonio (especialmente en el área de Cultura y Turismo, con Hernán Lombardi, pero también en otras oficinas del Gobierno porteño, por donde se varean como en su mejor momento Lautaro García Batallán, Alejandro «Conejo» Gómez, Miguel de Godoy y otros). Más frío fue el saludo de Macri con el conservador Jorge Pereyra de Olazábal, quienes han mantenido distancia desde que el jefe porteño eligió al Partido Demócrata y no a la UCeDé como referente conservador en el distrito. De la Rúa se mantuvo en su mesa, donde recibió saludos y se concentró en diálogos con el periodista Enrique Llamas de Madariaga sobre su próximo libro, en el cual promete revelar detalles de lo que cree fue un golpe de Estado urdido por sus adversarios del alfonsinismo y del duhaldismo. Es curioso el indulto que le ha extendido el público a De la Rúa, al menos en estos encuentros, después de su salida del poder. Se lo trata sin reproches, con respeto y como intentando eludir que alguna vez gobernó. No ocurre lo mismo con otros ex presidentes, al menos en cenáculos como éste, donde dominan personalidades como las de Julio Werthein (quien se repone todavía de la caída que sufrió en el acto de unción del médico Jorge Aufiero en una universidad como Académico de Ciencias Empresariales), su sobrino Adrián, el embajador de Rusia, Yuri Korchagin (a quien Eduardo Menem intentaba convencer de que conozca alguna vez La Rioja), Carlos Avila, el escritor Jorge Asís, Jorge Lawson (Arcor), Guillermo Alchouron y el pintor de caballos Juan Lascano. Se rieron todos cuando Bagó lo trató de «abuelo» a Alchouron, chusco que enmendó Gutiérrez Zaldívar cuando bromeó con que era «hijo» de Llamas, otro hombre para quien no pasa el tiempo. Fernando de Santibañes, ex SIDE de De la Rúa, procesado por el affaire de las coimas en el Senado, se mantuvo lejos de su ex presidente, apenas un saludo cordial, en una entrelínea que advirtieron pocos. Más animados que nunca el presidente del Jockey Club y el ex embajador del Uruguay Alberto Volonté. También estaba el CEO de Aeropuertos, Ernesto Gutiérrez. El más saludado, después de los cumpleañeros, claro, fue el ex de La Rural Luciano Miguens, que después de dejar el cargo parece también rejuvenecer. Entre los más interrogados, Diego Mazer, en particular sobre la concurrencia de turismo a sus shows de tango en la esquina de Carlos Gardel y también en Porteño, frente al Obelisco. En diálogos con Carlos María Pinasco sobre el mercado del arte, Hugo Sigman, Luis Alberto Gold, Gerardo Serra, el catador de vinos Eduardo Andreu y el diputado conservador Omar de Marchi, llegado de Mendoza, se habló sobre inversiones en inmuebles que pueden tener una importante demanda en los próximos meses.

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Marcelo Rochetti, funcionario del área de seguridad en la Legislatura porteña y abogado penalista de un arco amplio de clientes, hizo otro alarde de misoginia cuando abrió el quincho que tiene en la terraza de su estudio en Puerto Madero para festejar con abogados, gente de la Justicia y algunos políticos, su cumpleaños. En semana agitada por noticias como el fallo de la Corte que desreguló la representación sindical, los comentarios corrieron exclusivamente por las especulaciones sobre lo que ahora puede hacer el alto tribunal. Nadie cree que haya seguido dictámenes del gobierno, porque el fallo le crea un problema con los gremios que no esperaba. Los sindicalistas aprovechan siempre los momentos de debilidad de los gobiernos para venderles su protección ante los ultrismos y los protestones que no tienen límites. La gran pregunta, que nadie se animaba a responder, es si es cierto que hay un voto mayoritario para hacer por lo menos una observación desde la Corte al proyecto de estatización de las AFJP. La catarata de juicios que van a llegar a los tribunales apenas esta semana se sancione la ley va a ser una oportunidad no sólo para que los abogados hagan dinero: también para que la Corte, que ya defendió la libertad de representación sindical como un principio constitucional, defienda también los derechos de los aportantes sobre su dinero. Por eso el gobierno ahora emprende el discurso de que lo que va a cambiar es el modo de administrar los fondos, pero que no es una estatización. La Corte ha sido principista en todos los temas que ha abordado. ¿Lo será también con las jubilaciones? Sobre esto opinaba el seleccionado de políticos, entre quienes estaban el ex gobernador Carlos Ruckauf, el ex diputado Miguel Toma, los legisladores porteños Cristian Ritondo, Daniel Amoroso, Alvaro González, Diego Santilli e Ignacio Ingaramo. Asediados por los presentes, el secretario de Seguridad de la provincia de Buenos Aires, Carlos Stornelli; y el jefe de Policía, Daniel Salcedo, explicaban que las dificultades para enfrentar el delito en Buenos Aires surgen de aspectos culturales que demandará años reformar. Igual, todos agregaban anécdotas sobre hechos de delincuencia que han sufrido sin mucha respuesta desde el gobierno provincial. Los funcionarios escapaban por la tangente de que han subido las incautaciones de drogas y de desarmaderos de autos, con lo cual trataban de dar alguna luz de esperanza. No bastaban las astracanadas del cómico contratado, el recordado Alacrán, de lo que fue la mejor troupe de Alfredo Casero en Cha-cha-cha, para consolarlos de su preocupación, aunque una mayoría de los presentes eran penalistas, es decir, abogados cuya minuta crece al ritmo del delito. Sobre la madrugada, después de los cantos por los 40 años de Rochetti, el dueño de casa condujo a una arquitecta a mostrarle el departamento que había comprado en el mismo edificio, lo que llevó a algunos a preguntar si cambiará de estado civil, algo que el cumpleañero negó terminantemente.

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Guillermo Coppola estuvo en Ambito Financiero y contó que viajó junto a un grupo de inversores a los Emiratos Arabes Unidos, donde arregló una serie de negocios vinculados al fútbol. El empresario se reunió con directivos del club Al Jazira y con el ministro de Turismo, Hamad Bin Merjen, con quienes inició las conversaciones para llevar a ese país a Boca, River y Estudiantes, y traer equipos árabes para que hagan la pretemporada en la Argentina. Antes de viajar a los Emiratos, Coppola mantuvo reuniones con el gobernador bonaerense, Daniel Scioli; y con el jefe de Gobierno de la Ciudad, Mauricio Macri. «Es una apertura a un mundo diferente y se pueden generar muchas posibilidades comerciales», les dijo para interesarlos en el proyecto. Acompañó a Coppola a Dubai un grupo de abogados, entre los que se encontraban Nicolás Mateo, Andrés Figueredo, Pablo Paladino, Walter Friedrichs y Horacio Fernández, el impulsor original del proyecto, que mantiene estrechos contactos con la realeza del emirato. Dubai es conocido en el mundo por la audacia de su arquitectura y por ser uno de los centros que más ha crecido en inversiones gracias a un plan de estímulos fiscales para que las empresas se radiquen allí. Es la capital de las compañías «punto com». Tiene el único hotel siete estrellas del mundo, el Burj Al Arab, un edificio en forma de vela. En estos momentos está construyendo el estadio que albergará la Copa Mundial de Clubes y la pista de Fórmula 1 donde se correrá la última fecha del campeonato de 2009. Y, como si no alcanzara con todos estos emprendimientos, está edificando la torre más alta del mundo que tendrá 160 pisos y un parque de diversiones que se llamará Duabailandia y duplicará en tamaño a Disneyworld.

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«¿Nos vamos a pasar toda la noche mirando cuadros?», le preguntó a su novia uno de los más de 140.000 espectadores que circulaban por Buenos Aires el sábado, durante la concurrida Noche de los Museos. Algo similar debe haber pensado Mauricio Macri cuando se llevó a Horacio Rodríguez Larreta, a Avelino Tamargo y al ideólogo del proyecto de abrir más de 100 espacios culturales esa noche, Hernán Lombardi, a un balcón de la Dirección General de Museos en la ex Cervecería Munich. Acaso se trataron otros temas que no eran precisamente los del arte. A pesar del interés de Lombardi por recorrer las instituciones colmadas de gente como no se había visto nunca, y a pesar también del frío polar de esa noche, Macri se quedó en el balcón. Tal vez hablaban a solas de la manifestación que llegó desde Villa Soldati y que, con sus aturdidores bombos, perturbó la calma de esa noche cultural para reclamar por el espacio que ocupa una escuela que -supuestamente- Macri, o su gobierno, decidió vender. Lo cierto es que el tronar de la percusión alcanzó su mayor volumen en la escalinata del Palais de Glace. Ignoraban sin duda los manifestantes que la institución depende del gobierno nacional y no de la Ciudad, y que la filiación política del director del Palais, Oscar Smoje, principal víctima del estruendo, es muy cercana a la de ellos.

Los invitados a la terraza de «la Munich», ateridos de frío, comentaban que «el estupendo edificio merece ser la sede de un museo, que no se condice con su destino actual: albergar las oficinas de algunos funcionarios de Cultura. Lombardi logró finalmente escaparse para hacer una gira de la mano de un experto en fugas, el funcionario Nicolás Vasiliadis, que ganó celebridad cuando le balearon el frente de su casa, en los tiempos en que, para disgusto de algunos, llegó como interventor al Teatro Alvear. Uno de los lugares con mayor convocatoria fue el Palacio San Martín de la Cancillería, dueña de la colección que compró Guido Di Tella y de otros tesoros que sacaron a relucir. Allí conjeturaban que Liliana Porter sería la artista que representará a nuestro país en la próxima Bienal de Venecia.

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Más lejos, en Nueva York, la extensa delegación de argentinos que viajó a Pinta, la Feria de Arte Latinoamericano, se reunió en la America's Society para la presentación oficial a cargo de la presidente de la institución, Susan Segal. Allí estaban el director de la feria, Diego Costa Peuser, Edmundo e Inés Tonconogui, Magdalena Cordero, Diego Herbstein, Gabriel Werthein, Isaac y Teresa Zaharyas, con las poderosas coleccionistas venezolanas Patricia Cisneros y Estrellita Brodsky, para escuchar los tangos del concertista Esteban Morgado, que llegó por iniciativa del Ministerio de Cultura porteño para posicionar el turismo. Entretanto, la casa de los coleccionistas Diego y Roberta Herbstein se abrió para mostrar sus obras, entre ellas, un estupendo «Bicho» de Berni, y para celebrar con una comida donde abundaron los vegetales. Pese a la crisis, la feria cerró las puertas del Metropolitan Pavillon con buenas ventas. José Bordón, Jorge Argüello, Daniel Saguier, Alejandro Corres, Fito Fiterman, Rafael Bueno, Javier Iturrioz, Alejandro y Rita Zaia, y Diego y Marcela Costa Peuser hablaron, por supuesto, de los compradores. El secreto del éxito parecía consistir en haber apuntado a los museos como clientes, ya que los amigos del Malba y el Blanton de Austin se adjudicaron las primeras ventas, junto a la coleccionista Claudia Caraballo. Luego del largo tour por la colección, entre copa y copa de champán, los directivos de Pinta hablaron de sus planes de expansión a Londres, para consolidar el mercado del arte argentino que esta semana se pondrá a prueba, también en Nueva York, en las subastas de Christie's y Sotheby's.

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Vamos a terminar con un chiste ultraterrenal: A las puertas del Paraíso llega un hombre y se presenta así a San Pedro: «Siempre sospeché que mi esposa me engañaba. Un día volví temprano a casa y la encontré desnuda en la cama. Empecé a buscar por todas partes al culpable y no lo encontré. Furioso, fui al pequeño balcón de nuestro piso 15: allí estaba, sujetándose de los barrotes, suspendido en el vacío. Le pisé los dedos para que cayera pero lo hizo sobre un árbol, que amortiguó el golpe. Entonces fui a la cocina, alcé con mis brazos la heladera, fui al balcón y desde allí se la arrojé, pero tuve un paro cardíaco por el esfuerzo y morí». San Pedro sacude la cabeza y le dice: «Está bien, pase». Luego llega un segundo hombre, y también se presenta: «Yo estaba pintando mi balcón, en el piso 17. Tropecé, caí, logré aferrarme de unos barrotes dos pisos más abajo, pero apareció un loco que en lugar de ayudarme me pisó los dedos. Aterricé sobre un árbol pero desde arriba me tiró una heladera que me aplastó». «Esa historia ya la conozco», dice San Pedro. «Pase.» De inmediato, llega un tercer hombre: «¿Cómo murió usted?». «No tengo la menor idea», le responde. «Me levanté de la cama a buscar una cerveza, me encerraron en la heladera y acá estoy.»

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