Lo que se quiere es confundir al pueblo

En estas elecciones más que escuchar la voz del pueblo, lo que se quiere es manipularlo mediante la confusión. Pero los pueblos suelen no ser tontos.
La capacidad de predicción de las encuestas frente al comicio de junio es muy relativa por dos razones: Primero, porque la gran mayoría de la sociedad no sabe con claridad qué se vota.

Segundo, porque la gran mayoría de los políticos no quieren que el pueblo sepa qué se vota.

Ambas razones se retroalimentan y generan el actual clima de indiferencia política ante un comicio que la sociedad siente como inmensamente alejado de ella.

En un comicio legislativo, de lo que se trata es que el oficialismo pida ayuda para concluir su gestión con más apoyo popular. O de que la oposición proponga cambio de rumbos al gobierno.

Sin embargo, el oficialismo nacional decidió plebiscitar su gestión como si se tratara de la batalla final. Por eso, en el distrito mayoritario y estratégico, la provincia de Buenos Aires, puso a jugar al gobernador y a casi todos los intendentes, con lo cual el pueblo no votará legisladores sino que aprobará o no las gestiones ejecutivas nacional y provincial.

Eso significa que si ganan Néstor Kirchner y Daniel Scioli, se fortalecerá el oficialismo, pero si pierden, la legitimidad de la Presidenta, del Gobernador y de muchos intendentes de la provincia de Buenos Aires será cuestionada de un modo que casi seguro afectará la gobernabilidad. Esto es porque los que perderán serán ellos, no los que efectivamente asumirán como legisladores.

Lo que no será bueno ni para los que pierdan porque deberán seguir gobernando con una debilidad manifiesta, ni para los que ganen porque no podrán reemplazarlos, al menos por dos años más.

Quizá tal juego a todo o nada le ofrezca más posibilidades de ganar a un kirchnerismo con más rechazos que en elecciones anteriores, pero la pregunta es si para ganar una elección se debe arriesgar la gobernabilidad a tal punto.

Una elección convencional en un sistema democrático implica dos pasos: el primero es el de las internas, mediante las cuales cada partido o coalición dirime entre sus dirigentes quien lo representará mejor para competir con las otras fuerzas políticas. Y el segundo es cuando los diferentes partidos postulan sus candidatos y propuestas para acceder al poder mediante el voto.

En la Argentina 2009, salvo excepciones locales, el primer paso ha sido dejado de lado: las internas brillaron por su ausencia, debido al adelantamiento electoral y a la escasísima propensión tanto de oficialistas como de opositores en revalidar sus títulos, ni siquiera ante sus propios partidarios.

Entonces, la única forma de elegir candidatos es mediante el dedo. O algo peor: las internas políticas reemplazadas por las "arquitecturas electorales", por la creación de engendros cuya intención no es la de hacer más fácil el acceso del pueblo al voto, sino de confundirlo lo más posible.

Así, las candidaturas testimoniales buscan confundir a la gente para que vote políticos conocidos que no asumirán, o actores conocidos que de política ignoran todo.

Así, las colectoras buscan que un mismo partido presente la mayor cantidad posible de boletas con los mismos candidatos suponiendo que al ser más las listas, más posibilidades tendrán que la gente se confunda y los elija.

Así, las alianzas electorales cuya motivación central es votar "en contra de", suelen ser bolsas de gatos donde sólo se suman políticos unidos por el espanto, los cuales, una vez finalizada la elección marchan cada uno por su lado como si jamás se hubieran juntado.

Como en 2003, cuando Kirchner llegó a poder con una arquitectura electoral confusa ("neolemas"), hoy de nuevo el arquitecto convocado por los K para hacerles ganar esta elección en un clima adverso a ellos, es el mendocino Juan Carlos "Chueco" Mazzón, máximo especialista argentino en operaciones políticas y manejo de aparatos partidarios.

La ventaja que ofrecen estas elecciones para la oposición es que el clima social -la sensación ambiente- es mayoritariamente negativa para el PJ nacional, a diferencia de 2005 y 2007. Pero la táctica con que el oficialismo intenta contrarrestar esta desventaja es generando un clima electoral propio donde todos deban obedecer reglas de juego que los favorecen.

El clima social es opositor pero el clima electoral es oficialista, porque se vota en las condiciones que -sin consenso- impuso el poder político nacional a su favor, haciendo valer mayorías y aparatos.

En síntesis, todo indica que el 28 de junio, más que una elección, lo que se propone es una arquitectura electoral para confundir lo más posible a la sociedad, para que el voto sea lo menos representativo posible de lo que en realidad piensan los ciudadanos.

Pero un país que ni siquiera puede lograr acuerdos acerca de las reglas de juego, es muy difícil que pueda jugar algún juego. O sí: lo jugará ampliando a niveles infinitos la indiferencia popular ante la política y la bronca social ante todos los políticos. Con lo cual, como profecía autocumplida, se puede hacer renacer el clima de 2001 cuando la gente quería lincharlos a todos. A buenos y malos.

Por ende, la difícil reconstrucción de la autoridad política que este mismo gobierno impulsó, podrá dar lugar a un resurgir del desprecio popular generalizado, que puede resultarles un bumerán. O sea, la jugada les puede resultar bien, pero es mucho lo que arriesgan para ganar una simple elección.

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