¿Quién representa el Encuentro Rosario?

El debate de las fuerzas de centroizquierda que no quieren quedar pegadas al kirchnerismo ni ser funcionales a la derecha está abierto.
"Ni oficialismo ni oposición". Ése fue el espíritu de la creación del Encuentro Nacional por la Soberanía Popular. Ocurrió hace cinco años, en el sindicato de canillitas de Rosario, y por eso se lo conoció masivamente como Encuentro de Rosario.

El banquero Carlos Heller, el comunista Patricio Echegaray y el ex comunista Martín Sabbatella, los socialistas Jorge Rivas y Ariel Basteiro, los radicales Margarita Stolbizer y Daniel Katz, el peronista Mario Cafiero, el economista Claudio Lozano, el sindicalista Víctor De Gennaro, el ruralista Eduardo Buzzi y hasta la religiosa Martha Pelloni, entre tantos otros, lograron amalgamar un discurso a favor de un "shock redistributivo".

Todos, a pesar de sus diversos orígenes y experiencias, destacaban el marketing de Néstor Kirchner pero dudaban de su real intención de cambiar el modelo económico.

El tiempo, el zigzagueante derrotero del matrimonio presidencial y las aspiraciones personales pusieron fin a esa reunión de voluntades de la centroizquierda.

Sin embargo, todos, desde sus nuevos lugares de batalla, se arrogan las banderas del Encuentro de Rosario. Heller, Sabbatella, Basteiro, Rivas y Vilma Ibarra lo hicieron el último viernes en la cena de Atlanta. El quinteto hasta armó un bloque en el Congreso que llamará Nuevo Encuentro Nacional y Solidario.

La pregunta se torna inevitable: ¿podrán ostentar autonomía quienes por años navegaron en la flota K y en algunos casos directamente fueron parte de la nave insignia? Para los desmemoriados: Rivas tuvo despacho en la Casa Rosada y ejerció como vicejefe de Gabinete de la Nación; Basteiro fue el representante del Estado en Aerolíneas Argentinas; y Heller se convirtió en candidato tras una venia de Kirchner en Olivos.

¿Haber rechazado la reforma política, el blanqueo de capitales y la emergencia económica –como hizo Basteiro– respeta la consigna del Encuentro de Rosario de acompañar lo bueno y rechazar lo malo o son gestos pour la galerie?

Si este sector genera dudas por su evidente cercanía a la Casa Rosada, otros la suscitan por su distancia con los K. Es el caso de Eduardo Buzzi, asociado con la derecha agraria en la "guerra gaucha", o de Margarita Stolbizer, quien de la mano de Elisa Carrió ya no encuentra aspectos positivos a la gestión de los Kirchner, y ni hablar de Daniel Katz y su mala consideración de las políticas del gobierno de Cristina.

Al lote se suman De Gennaro y Lozano, quienes desde la Constituyente Social proponen una alternativa al oficialismo. Al economista –quien ingresó al Parlamento de la mano de Pino Solanas–, como a otros referentes del progresismo, le achacan funcionalidad con la derecha en algunas posturas contra el Gobierno. Obviamente, éste lo niega.

En su acta fundacional, el Encuentro de Rosario fijó postura en varios párrafos. Los dos centrales decían:

* "Nos revela la decadencia a la que nos llevaron los grandes grupos económicos locales, el capital transnacional, los dirigentes corruptos y todos los que por acción u omisión fueron gestores y beneficiarios del modelo neoliberal".

* "No queremos más chicos desnutridos ni ancianos postergados. Nos duele la injusticia y la inseguridad de la falta de techo y de salud. Nos conmueve la falta de trabajo, y la negación del futuro para millones de mujeres y varones de nuestro pueblo".

El debate sobre quién incumplió estas premisas está más vigente que nunca. Por eso, más allá de las palabras, no hay nada mejor que el voto soberano, atento a la historia del último lustro, para saldar la polémica.

OPINIÓN

Sobre el veto y el voto y las circunstancias excepcionales

Ariel Basteiro (Ariel Basteiro, diputado de Encuentro Popular)

En primer lugar y para que no queden dudas, no parece lógico ni correcto que el Poder Ejecutivo haga del derecho constitucional de veto una regla. Esta herramienta fue pensada por los constituyentes para ser usada de manera excepcional, cuando razones de oportunidad, conveniencia o eficacia demostraran inconveniente la sanción de determinada norma. Es decir, salvo que hubiera alguna intimidación o coacción al Congreso para que apruebe alguna ley (valga recordar la Semana Santa del 87 y las leyes de impunidad) no existirían razones para que el Ejecutivo apele de manera sistemática a esa facultad que le concede el artículo 83 de la Carta Magna. Si ello no sucede, a bancársela, es el juego de la democracia. Y si el Legislativo trabaja un proyecto en las comisiones, lo discute en la sesión y lo aprueba, según lo estipulan las instituciones democráticas, no hay por qué permitir que luego el o la presidente tire todo por la borda.

Dicho esto, llama poderosamente la atención que recién ahora se levanten algunas voces opositoras –radicales, peronistas disidentes y algún cívico, integrantes del ahora llamado "grupo A"– denunciando que el veto es una práctica del Ejecutivo que altera el juego democrático, rasgándose vestiduras y llamando a las desestabilizadoras cacerolas, cuando ello ha sido habitual y de práctica reiterada durante todos estos años de democracia y, más aún, cuando justamente los que alzan esas voces fueron en algunos casos impulsores de muchos vetos que afectaron la vida del pueblo argentino y beneficiaron a los grupos del poder económico.

Un estudio sobre la cuestión del veto presidencial en la Argentina arroja que fue Eduardo Duhalde el presidente que –en términos relativos– más leyes vetó: el 20,4% en un solo año de gobierno. Sería interesante indagar qué pensaba entonces del tema su ministra de trabajo, Graciela Camaño, máxime cuando al menos 7 de esos vetos fueron sobre leyes vinculadas con su cartera.

Lo sigue de cerca Fernando de la Rúa, con 46 vetos en 2 años y 4 meses de gobierno (14,2% de las leyes sancionadas). Aun recuerdo el veto que permitió que Iberia siguiera manejando Aerolíneas Argentinas sin el control de los trabajadores y el Estado. ¿Qué habrán pensado entonces sus funcionarios y actuales diputados Oscar Aguad y Patricia Bullrich?

Los 195 vetos de Carlos Menen constituyen un récord absoluto. ¿Será que Francisco De Narváez desconocía este dato cuando decidió apoyar su candidatura presidencial en 2003?

Y ojo que quizá, con el mismo tiempo, otros se hubieran animado a dar batalla: en tan sólo 4 días hábiles de gobierno, 2 leyes fueron vetadas por Adolfo Rodríguez Saa y Ramón Puerta.

Ni siquiera "el padre de la democracia", Raúl Alfonsín, fue ajeno a esta práctica tan vituperada. Sus 37 vetos totales significan el 5.7% de las leyes sancionadas durante los seis años de su mandato. ¿Debemos imaginar que su hijo y actual diputado, Ricardo, protagonizó por aquel entonces fuertes debates en reuniones políticas y mesas familiares criticando esa práctica que su padre estaba llevando adelante?

En cuanto a Néstor Kirchner había utilizado en cualquiera de sus formas -parcial y absoluta- el veto en 35 de casi 500 leyes, el 7%. Nos permitimos dudar sobre las críticas vertidas en aquel entonces por Felipe Solá, fiel soldado de la causa kirchernerista (y de la duhaldista y la menemista), que hoy repudia y critica con vehemencia. A ninguno de ellos se los escuchó ni chistar ante eso que hoy denuncian como una violación flagrante de las instituciones democráticas.

Cabría preguntarse si se escandalizarían de igual modo si se vetan leyes que favorecen a los sectores más poderosos. ¿Por qué no se escandalizaron con el único veto que tiene el actual gobierno en su haber? ¿Por qué los partidos de derecha no le exigieron al gobierno esa institucionalidad que siempre reclaman cuando se vetó la ley de glaciares? .

Da escalofríos especular sobre la motivación real que pueden tener muchos de estos dirigentes para motorizar tales discursos. ¿No será que abrigan la esperanza de un gobierno desestabilizado, buscando así botar a quienes el voto de la ciudadanía les dio la responsabilidad de gobernar?

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